El franco-tunecino Mohamed Lahouaiej
Bouhlel, que embistió a bordo de un camión a una multitud en Niza, fue
abatido por la policía minutos después de la masacre, cuando aún estaba
sobre el vehículo. Mirá también: Una familia de Niza encuentra a su bebé sano y salvo gracias a Facebook
El
momento fue grabado por un testigo, y en las imágenes se cómo el
terrorista resite atrincherado mientras las fuerzas de seguridad lo
rodean hasta abatirlo.
Bouhlel estaba "deprimido e inestable" tras comenzar el divorcio de
su mujer, con quien estaba casado, afirmaron otras fuentes locales,
precisando que la pareja tenía tres hijos. Mirá también: Quién es el autor del atentado en Niza
Según
la policía, en el vehículo se halló una granada que no funcionaba,
réplicas de armas largas, un celular, una tarjeta de cajero automático
bancario y una patente. Según las pericias, sólo servía la pistola que
tenía y con la que le disparó a la policía. El camión había sido
alquilado hace unos días en la región de Niza. Mirá también: Los videos del momento en que el camión atropella la multitud
Encuentran US$ 4.664.000 en las cajas de seguridad de Florencia Kirchner
Varios de los fajos provienen de bancos de Atlanta y Nueva York, en Estados Unidos.
La Justicia abrió ayer las dos cajas de
seguridad de Florencia Kirchner en el Banco Galicia y encontró un total
de 4.664.000 dólares, la misma cifra que había trascendido a partir de
un documento secuestrado en Santa Cruz. La única sorpresa fue que el dinero estaba concentrado en una de las cajas. "La segunda caja estaba vacía", confirmaron anoche dos fuentes judiciales.
El operativo
tuvo lugar en la casa central del Galicia, en Perón 407, con la
presencia del abogado de los Kirchner, Carlos Beraldi, quien pidió la
mayor reserva posible, y el contador de la familia, Víctor Manzanares.
También participaron representantes de la fiscalía de Gerardo Pollicita y
del juzgado de Julián Ercolini.
El martes, la Justicia ya había
resuelto fajar las cajas para resguardar el contenido. Florencia
Kirchner denunció "un show mediático" en su contra y aceleró los
tiempos. Ayer, bien temprano, el fiscal Pollicita pidió la apertura de
las cajas. El operativo comenzó cerca de las 16 y duró varias horas.
Ercolini ordenó abrir las cajas 5783-9-9 y 5873-3-5, operativas desde el 3 de marzo pasado. Adentro, solo se encontró dinero. El monto supera ampliamente los fondos que recibió Florencia por la herencia de su padre. Otro
dato que sorprendió a los investigadores es que varios de los fajos
provienen de bancos de Atlanta y Nueva York, en Estados Unidos. En
ese país, la Justicia investiga cuentas y transacciones del empresario
Lázaro Báez y de Ernesto Clarens, dos personas muy cercanas a Néstor
Kirchner.
Los movimientos de las cajas de seguridad y de las
cuentas de Florencia Kirchner quedaron en la mira a partir de una
presentación de Margarita Stolbizer en una causa anexada al expediente
Hotesur. La Justicia primero allanó el Banco de Santa Cruz para obtener
datos sobre el origen de los plazos fijos que heredaron los Kirchner. Y
ayer abrió las cajas del Galicia. Mirá también: Detectan movimientos millonarios en las cuentas de Florencia Kirchner
Según
la presentación de Stolbizer, en las cajas había un total de
US$ 4.664.000, distribuido en partes casi iguales: 2.250.000 y
2.414.000. Esos montos constan en un documento obtenido por la Justicia
durante un allanamiento al contador Manzanares. Sin embargo, el
operativo determinó que todo el dinero estaba en una de las cajas.
Así consta en el acta oficial.
Ercolini también ordenó ayer que
las autoridades del banco Galicia entreguen todas las constancias de
apertura de las cuentas de Florencia, "con la delimitación de todas las
personas autorizadas para operarlas, y todas las constancias históricas
de extracción de dinero en efectivo". Según pudo saber Clarín, hay pocos
movimientos en las cajas, casi todos concentrados en el mes de marzo,
en los días posteriores a su apertura. Mirá también: Dinero, inmuebles y empresas: cómo es la fortuna de Florencia Kirchner
La
Justicia también investiga los registros de dos cuentas a nombre de
Florencia, que todavía no está imputada en las causas judiciales. Clarín
reveló ayer que el 3 de marzo, en la caja de ahorro en dólares,
identificada con el número 4004-168-198-1, se produjo una extracción en
efectivo de US$ 1.125.000. Ese dinero seguramente fue llevado a
las cajas. Los registros que obtuvo este diario marcan que el último
movimiento en esa cuenta se produjo el jueves pasado, antes del feriado
largo. Retiraron 40 mil dólares.
Clauzel, el pintor de la guardia legionaria al Cristo de la Buena Muerte
Publicado por Esteban Villarejo el jul 13, 2016
Entrevistamos al pintor franco-español Ferre Clauzel (Toulouse, 1961), otro de los exponentes de la pintura histórica militar
de nuestro país. De padre español y madre portuguesa, sintió especial
vocación por este arte desde temprana edad. Expone sus obras en museos
militares como el Museo de la Academia de Caballería (Valladolid), el
Museo de la Legión (Almería), o también en Córdoba, Melilla y Madrid.
Entre sus obras más impactantes, la guardia legionaria al Cristo de la Buena Muerte (pintura de cabecera). - ¿Qué elementos debe tener cualquier cuadro que se adentre en la Historia Militar?
- Principalmente los elementos imprescindibles serían en primer
lugar el rigor histórico de la escena que se quiere representar, la
correcta uniformidad que hay que tener muy en cuenta, puesto que los que
te siguen son en la mayoría grandes entendidos en la materia, y no
dudan en remarcar cualquier error. - ¿Cuál es el periodo de la Historia Militar que más le atrae?
- Toda en general pero tengo mis preferencias, la División Azul uno
de mis temas predilectos a la hora de pintar, luego por los Tercios,
aparte de su grandiosidad histórica como el mejor ejército que haya
existido, si no también por la belleza y la tonalidad de sus uniformes
que una vez llevado al lienzo, se logra alcanzar una armonía en el
colorido consiguiendo una ambientación peculiar en comparación con otros
temas.
El pintor Ferre Clauzel, en el momento de pintar la obra sobre el Cristo de Mena de la Legión - ¿Cuál es su técnica para representar una escena?
- Empiezo a trabajar una escena en mi imaginación, visualizando en mi
cabeza varias formas de determinar una composición hasta que encuentre
la que mejor me parece, el siguiente paso hacerme fotos de mi mismo en
la posición convenida, me resulta muy útil a la hora de crear una escena
con realismo. - ¿Cómo se documenta?
- En cuanto a la documentación fui acumulando con los años una enorme
cantidad de archivos, y si acaso tengo alguna duda dispongo de
amistades especializados en uniformidad militar.
«F-18 Hornet Español, Ala 15», de José Ferre Clauzel - ¿Técnicas plásticas empleadas?
- La técnica que empleo es exclusivamente pintura al óleo, sobre
tabla para medidas reducidas y en lienzo para obras de más envergadura,
sin descuidar la calidad de los pigmentos a lo cual curiosamente no
se suele dar ninguna importancia, sin embargo es primordial en la
buena conservación de una obra, por este motivo empleo el mejor pigmento
elaborado con métodos tradicionales del siglo XVII. - Cree que la temática militar está olvidada dentro del Arte, algo que en los siglos XVII o XVIII resultaba fundamental…
- Los siglos XVII o XVIII para mí nunca volverán, olvidada tampoco, a
nivel mundial hay bastantes pintores que se dedican únicamente a la
temática militar. Aun siendo un género menor, cada vez cuenta
con más adeptos incondicionales. - ¿Cuáles son sus pintores de referencia?
- Velázquez, Goya, Pradilla, José Casado del Alisal , Messoniers, Detalle, y claro está el excepcional Josep Cusachs y Cusachs. - ¿Cómo se adentró en el mundo de la pintura militar-bélica?
- En el ejército por la década de los 70, estuve destinado en Lérida y
fue en el cuartel donde tuve el privilegio de elaborar una serie de
retratos militares para oficiales y algunos temas bélicos, de vuelta a
la vida civil pude darme cuenta que esta temática en
aquella época no tenía salida, fue un camino truncado al
cual quería seguir, que por fortuna he vuelto a emprender hace unos
cuantos años consiguiendo desarrollar mi verdadera pasión.
«División Azul», de José Ferre Clauzel - ¿Un cuadro que le asombre?
- La obra titulada «Abnegación»
(1895 de Cusachs). Es un óleo de 136×241 cm, aunque sea con una
composición relativamente sencilla esta pintura me tiene cautivo por
su genialidad, podría pasarme horas admirándola sin cansarme. - ¿Pintarías al soldado español actual en sus misiones internacionales?
- Realmente cuando me pongo a pintar un cuadro me pregunto, qué puedo
aportar yo que no haga una fotografía. ¿Qué puede transmitir un cuadro
para adentrarnos en el peso que lleva el soldado? He pintado varios
cuadros contemporáneos sobre soldados españoles. Casi todos son rostros.
Casi siempre intento que sus ojos cuenten la historia. ¿Qué hay detrás
de los ojos de mi último cuadro? Es un boina verde español. ¿Seguro que
no está en una misión internacional? Hay que pintar y hay que hacer
pensar al que contempla tu obra, ahí está el arte… Cualquier arte. Sobre
la pregunta si pintaría algún soldado español en misiones
internacionales, puedo decir que ya lo hecho porque he intentado
reflejar el peso de un conflicto en cada uno de los ojos de los soldados
que he pintado.
Clauzel pintando «Rostro de un Guerrillero Español – C.O.E/G.O.E»
«Tercios de Albuch, batalla de Nordlingen, 1634» de José Ferre Clauzel
«Carga de Igán, Regimiento de Alcántara», de José Ferre Clauzel
«Guardia legionaria al Cristo de la Buena Muerte. (Mena) Málaga», José Ferre Clauzel
475 aniversario de su muerteEl salvaje asesinato de Francisco Pizarro y el misterio de su tumba
Como recuerda la historiadora Carmen Martín
Rubio, el Cabildo de Lima identificó en 1881 de forma errónea los restos
del conquistador. Tuvo que pasar un siglo y una controversia a nivel
científico hasta que se recuperó su auténtica tumba
Retrato moderno de Francisco Pizarro basado en las descripciones físicas de los textos - WikimediaEn su último año de vida, Francisco Pizarro
parecía que iba a gozar al fin de los dulces frutos de sus conquistas. A
pesar de los fantasmas que le perseguían a sus 63 años, el extremeño
vivía feliz en su recién construido palacio de Los Reyes junto a la bella Angélica Yupanqui.
Había sido un solterón empedernido, pero, empeñado en que los españoles
entroncaran con la población local, se casó al final de su vida con
mujeres indígenas a modo de ejemplo. Disfrutaba de cierta calma,
aplastada la rebelión de su viejo aliado, Diego de Almagro, hasta que una brutal muerte le sorprendió en su palacio. Escena de la llegada de Pizarro a PerúEl conquistador casi sobrevivió a todo. A la ingrata tierra extremeña, al duro viaje a través del Atlántico y a una lucha contra millares de guerreros incas,
pero no pudo hacer nada contra la ira de sus propios compatriotas.
Cuando Pizarro pensaba que moriría de viejo rodeado de sus hijos, su
esposa y sus fieles hermanos, junto a los cuales había dado muerte al
traicionero de Almagro, irrumpieron los almagristas el 26 de junio de
1541, hace 475 años, en el palacio del extremeño para
darle «tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar
con una de ellas en la garganta», según la descripción de un cronista.
Terminaba con puñaladas una vida marcada por las armas y las aventura. Nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), Francisco Pizarro era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. En 1502, se trasladó a América
en busca de fortuna y fama, donde oyó historias sobre un rico
territorio al sur del continente que los nativos llamaban «Birú»
(transformado en «Pirú» por los europeos). Francisco Pizarro, de 50 años
de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro,
de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo
Hernando de Luque para internarse en el sur del continente.
Los almagristas vengan a su líder
Una vez finalizada la
conquista de esa tierra mítica, las riñas internas entre los partidarios
de Almagro y los de Pizarro, que luchaban por delimitar los territorios
que pertenecían a cada uno de los bandos, entraron en conflicto armado
en 1535. Tras un choque entre facciones, conocido como la batalla de Las Salinas,
Pizarro cogió prisionero a Almagro y lo condenó a muerte. El
conquistador suplicó por su vida, a lo cual respondió uno de los
hermanos de Pizarro, Hernando, diciendo: «Sois caballero y tenéis un
nombre ilustre; no mostréis flaqueza; me maravillo de que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte.
Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio». Finalmente, fue
ejecutado el 8 de julio de 1538 en la cárcel por estrangulamiento de
torniquete y su cadáver decapitado en la Plaza Mayor de Cuzco.
En
medio de la relativa calma que siguió a la muerte de Almagro, Francisco
Pizarro seguía conservando su vitalidad, jugaba a los bolos y a la
pelota a diario, así como sus hábitos y vestimentas austeras.
«Usaba un sayo de paño negro con los faldamentos hasta el tobillo y el
talle a los medios pechos y unos zapatos de venado blancos y un sombrero
blanco y su espada y su puñal a la antigua», describe Agustín de Zárate
sobre la despreocupada ropa de Pizarro, que vestía a la antigua, esto
es, como en otro tiempo. A sus 63 años, el extremeño ya era un anciano,
un hombre de otro tiempo que disfrutaba mezclándose con el pueblo y
observando cómo la ciudad de Lima crecía un poco más cada día.
Asesinato de Francisco Pizarro a manos de los almagristas, según un grabado del siglo XIX.- WikimediaLo cual no significa que Pizarro esperara ocioso el final de sus días. Como explica la historiadora Carmen Martín Rubio –autora de «Francisco Pizarro: el hombre desconocido» (Ediciones Nobel)–: «El decreto dado al teniente de Arequipa
el 7 de mayo de 1541, sobre mes y medio antes de su muerte, atestigua
fehacientemente la fuerza física y mental que Pizarro poseía en esos
momentos. (…) tenía determinado comenzar en el próximo verano otra
guerra contra el Inca (Manco Inca); es decir, unos seis o siete meses más tarde...».
Y entonces le llegó la muerte. Ante las amenazas de muerte que le llegaban de los partidarios de Diego de Almagro el Joven,
hijo de su antiguo compañero de armas, Pizarro aumentó la seguridad en
su palacio y, tal vez por estos temores, el día de su muerte pidió que
se oficiara misa en su residencia. No se equivocaba el extremeño, puesto
que los almagristas le esperaban junto a la iglesia para coserle a
cuchilladas. No obstante, al ver que permanecía en su palacio, el grupo
armado se dirigió allí al grito de «Viva el rey, muera el traidor», provocando una enorme espantada entre los acompañantes del conquistador del Perú.
Relata Pedro Pizarro que «todos los que se hallaban en la sala salieron corriendo, incluso el teniente gobernador Juan Velázquez con su vara de mando en la boca, y que se tiraron por las ventanas que daban al río Rimac... dejando solos al gobernador, a su hermano y a dos pajes».
Un error con la tumba durante un homenaje
Francisco
Pizarro y su hermano Martín murieron a manos del grupo de almagristas.
El extremeño se defendió «bravamente» y fueron necesarias al menos 20
heridas de espada para acabar con su vida. Tras uno de lo mayores
magnicidios de la historia de la Edad Moderna, los
agresores obligaron a las autoridades de Lima a nombrar gobernador al
joven Diego Almagro y forzaron que Francisco Pizarro fuera enterrado de
forma casi clandestina, según señala Henry Kamen, en un
patio de la catedral de la ciudad. Y precisamente aquí empieza la otra
parte del desgraciado ocaso de Pizarro. Las tumbas y diretes.
Los
investigadores, sin embargo, hallaron en el lugar una momia que
creyeron la de Pizarro y la colocaron en un mausoleo, situado en la
parte derecha de la catedral
Como narra la historiadora Carmen Martín Rubio en su obra, Pizarro había dejado escrita su voluntad de ser enterrado «en la iglesia mayor de esta Ciudad de los Reyes,
en la capilla mayor de la dicha iglesia». Con el paso de las décadas
los restos de Pizarro sufrieron distintos traslados hasta que, en 1623,
se decidió su definitivo emplazamiento: en la bóveda sepulcral debajo de
la capilla mayor de la Catedral de Lima. Allí permanecieron hasta que,
en 1881, el cabildo de la ciudad estableció una comisión para exhumar e
investigar sus restos como conmemoración del 340 aniversario de su
muerte.
Sin excesivo rigor, los investigadores hallaron en el
lugar una momia que creyeron la de Pizarro y la colocaron en un mausoleo
para la ocasión, situado en la parte derecha de la catedral. La
comisión defendió que se trataba del extremeño porque, según su informe,
el cadáver mostraba marcas de derrames sanguíneos producidos por heridas en la cabeza, cuello y extremidades.
Tumba de Pizarro en una capilla ubicada en la nave derecha de la Catedral de LimaDurante
más de un siglo esa momia representó al conquistador del Perú y fue el
objeto de sus actos de homenaje, sin que nadie sospechara que no se
trataba de los restos de Pizarro.
El 18 de julio de 1977, unos operarios encontraron durante unos
trabajos de remodelación en la catedral una caja de plomo y otra de
madera. En la de madera se hallaron huesos. Por su parte, en el interior
de la de plomo había un cráneo y una inscripción inequívoca: «Aquí está
la cabeza del señor marqués Don Francisco Pizarro que descubrió y ganó
los reinos de Perú y puso en la real Corona de Castilla». Se abría el misterio: ¿cuáles eran los auténticos restos de Pizarro?
El final al misterio y a la polémica
Los
sucesivos análisis arqueológicos no terminar de despejar el misterio
sobre los restos de Pizarro. En un principio se dijo que los huesos de
la caja pertenecían a un adulto, una mujer y dos niños, pero, incluso
cuando el arqueólogo Hugo Ludeña aseguró que se trataba
de Pizarro, la polémica siguió abierta. Al no alcanzarse un acuerdo en
la comunidad científica, los investigadores decidieron abrir también la
urna donde reposaba la momia del supuesto Pizarro. Dos antropólogos forenses procedentes de EE.UU.
confirmaron las sospechas: aquella momia pertenecía a cualquier persona
menos a un soldado del siglo XVI; en tanto, se procedió a trasladar los
restos de las cajas a una capilla ubicada en la parte derecha de la
catedral.
Se confirmó que se trataba de Pizarro en base a las 16 heridas punzo cortantes y de la huella de otras cicatrices en los hueso
El
solemne traslado no significó el final de la polémica. Distintos
historiadores continuaron desconfiando de los procedimientos empleados y
exigieron nuevos estudios. Tras una investigación radiológico sobre el esqueleto, a cargo de la doctora Ladis Delpino (Universidad Cayetano Heredia),
se confirmó que se trataba de Pizarro en base a las 16 heridas punzo
cortantes y de la huella de otras cicatrices en los huesos, que
correspondría con la forma en la que murió el extremeño y con heridas
documentadas a lo largo de su vida.
Y por si aún cabía alguna duda, entre el año 2006 y el 2008 el arqueólogo forense Edwin Raúl Grenwich, de la Universidad de San Marcos,
realizó análisis bio-arquiométricos que parecen haber dado al fin
carpetazo al misterio. No en vano, Grenwich identificó los restos como
los de un hombre diestro, robusto, de 1,74 centímetros, y que al
fallecer tenía entre 50 y 68 años en el momento de su muerte.
Balduino IV, el rey «cara cerdo» y «maldito» que humilló a un ejército musulmán con 500 cruzados
Recordado como uno de los grandes adalides
de la cristiandad en Tierra Santa, este monarca murió a los 24 años por
culpa de la lepra, una enfermedad que sufría desde su infancia
Balduino IV venció a Saladino gracias a una carga de caballería - Laura Albor Escaño (Infografía interactiva, en el interior del texto)Fue educado desde su infancia para ser rey y suceder a su padre como soberano de Jerusalén -la ciudad de mayor importancia para los cruzados en Tierra Santa en el siglo XII-. Sin embargo, Balduino IV no
pudo poner en práctica durante mucho tiempo las lecciones que sus
maestros tan sabiamente le habían impartido. Y es que, murió con apenas
24 años aquejado de lepra, una enfermedad que -por aquel entonces- era considerada una maldición divina que
caía sobre los pecadores que habían ofendido a los cielos. Con todo, y a
pesar de que solo pudo sentar sus reales posaderas en el trono durante
10 años, tuvo la oportunidad de librar grandes batallas en las que su mano llena de llagas empuñó la espada contra los musulmanes. La más famosa fue la de Montgisard, en la que -con apenas medio millar de jinetes y unos pocos miles de infantes- hizo huir al gigantesco ejército del sultán Saladino, formado por unos 30.000 hombres.
Esta victoria no le sirvió para librarse de la lepra ni de su apodo más conocido: el de «rey cerdo». Un mote que había sido extendido después de que su enfermedad le hiciese perder los dedos de los pies y las manos,
le deformase la cara y se «comiese» su nariz. Para entonces, además, su
cuerpo era incapaz de sentir el dolor provocado por un corte o el
contacto con el fuego, un síntoma clásico de su particular maldición.
Con todo, fue un soberano sumamente querido por sus súbditos e, incluso, por el enemigo. Así queda claro cuando se leen los escritos árabes de la época: «A pesar de la enfermedad, los francos [los
musulmanes llamaban a todos los cruzados francos] le eran fieles, le
daban ánimos y contentos como estaban de tenerle como soberano trataban
por todos los medios de mantenerle en el trono, sin prestar atención a
su lepra». Estos primeros días de abril, durante el 735 aniversario de la toma de Acre (la última gran ciudad cruzada en caer en Tierra Santa) queremos recordarle como el gran líder que era.
Una maldición divina
En la Edad Media la enfermedad que padecía Balduino IV era considerada una maldición enviada por Dios para
castigar a los pecadores. Así queda claro en la misma Biblia, donde son
múltiples los ejemplos en los que el Señor escarmienta a algún ser
humano enviándole lepra. Uno de ellos fue Uzias, a quien se define en el libro sagrado como descendiente de Salomón. «Tuvo ira contra los Sacerdotes y le brotó la lepra en su frente, y al mirarlo el sumo Sacerdote vio la lepra en su frente, y así el rey Uzias fue leproso hasta su muerte.
Lo sepultaron con sus padres en el campo de los sepulcros reales pero
fuera de ellos porque dijeron: 'leproso es'», señala el libro sagrado. Balduino, según la película «El reino de los cielos»No obstante, estas venganzas divinas suelen aparecer en el Antiguo Testamento. En el caso del Nuevo Testamento, por el contrario, esta dolencia sirve como excusa para justificar los milagros de Jesús, a quien se le atribuye la capacidad de «limpiar» (literalmente) a varios afectados.
Pero...
¿Hasta qué punto la lepra era considerada una aberrante maldición? La
respuesta la ofrece la historiadora experta en la rama de salud Diana Obregón Torres, quien explica pormenorizadamente en su obra «Batallas contra la lepra: estado, medicina y ciencia en Colombia» el estigma que suponía para todo aquel que la padecía. «La lepra era una enfermedad tanto del alma como del cuerpo. Algunos padres de la Iglesia relacionaban pecados específicos con enfermedades específicas. La lepra se asociaba con la envidia, hipocresía, lujuria, malicia, orgullo, simonía y calumnia, entre otros vicios», explica la experta. A su vez, la lepra era sinónimo de inmoralidad, decadencia ética general y símbolo genuino de la maldad.
La lepra, una muerte en vida
Al
considerar que habían sido malditos (además de porque se creía que era
una enfermedad sumamente contagiosa) aquellos que padecían lepra durante
la Edad Media eran expulsados de sus hogares y
obligados a vivir lejos de los núcleos urbanos. Con todo, hasta llegar a
ese punto había que pasar por varias fases. La primera, como bien
señala el doctor Enrique Soto Pérez de Celis en su dossier «La lepra en la Europa Medieval», era estar seguro que de que el paciente padecía esta dolencia.
Esta decisión podía ser tomada por el médico de la región, por el sacerdote y hasta por el barbero. Usualmente, todos se basaban en un síntoma tan claro como era «la destrucción masiva de la cara del paciente», en palabras del experto. Al menos al principio pues, con el paso de los años, una denuncia absurda podía
llegar a costar el ingreso en una leprosería o el destierro a una
persona inocente. Una vez que el experto confirmaba que el paciente
sufría lepra, el sacerdote del pueblo hacía participar al afectado en un
oficio similar a los que se celebraban durante un funeral. Algo que no era de extrañar, pues se consideraba que el leproso era ya un muerto en vida al que solo le quedaba esperar pacientemente a que llegase su verdadero paso al otro mundo.
Un leproso en la Edad Media- Wikimedia«El sacerdote iba a su casa y lo llevaba a la iglesia entonando cánticos religiosos. Una vez en el templo, el sujeto se confesaba por última vez y se recostaba,
como si estuviera muerto, sobre una sábana negra a escuchar misa.
Terminada la homilía, se le llevaba a la puerta de la iglesia, donde el
sacerdote hacía una pausa para señalar “Ahora mueres para el mundo, pero
renaces para Dios”», explica el experto. Luego se llevaba al leproso a
las afueras de la ciudad, donde se le daba una capucha negra, unas
castañuelas para que avisara de su presencia al resto de los habitantes
de la región, y se le obligaba a vivir alejado de la civilización.
Además
de todo ello, los leprosos tenían una larga lista de prohibiciones
para, según las autoridades, evitar la propagación de la enfermedad. «Se
le prohibía la entrada a iglesias, mercados, molinos o cualquier
reunión de personas; lavar sus manos o su ropa en cualquier arroyo; salir de su casa sin usar su traje de leproso; tocar con las manos las cosas que quisiera comprar; entrar en tabernas en busca de vino; tener relaciones sexuales excepto con su propia esposa; conversar con personas en los caminos
a menos que se encontrara alejado de ellas; tocar las cuerdas y postes
de los puentes a menos que se colocara unos guantes; acercarse a los
niños y jóvenes; beber en cualquier compañía que no fuera aquella de los
leprosos y caminar en la misma dirección que el viento
por los caminos», añade el experto. Posteriormente, con el nacimiento
de las leproserías, se obligaba también a los enfermos a permanecer en
uno de estos edificios hasta la muerte.
La infancia del rey maldito
El futuro rey leproso, o rey maldito, nació allá por 1161. Su padre fue Amalarico I de Jerusalén, más conocido por enfrentarse a sangre y fuego contra Nur al-Din -uno de los líderes musulmanes más destacados del siglo XII en Tierra Santa- por el control de Egipto. Su madre fue Inés de Courtenay,
esposa y, a la vez, pariente lejana de Amalarico (un hecho que hizo que
tuvieran que separarse, pues la ley de la época no permitía a un hombre
ascender al trono si estaba casado con un pariente).
A pesar de que la separación de sus padres podría haberle dejado fuera de la carrera por el trono, a Balduino se le reconoció rápidamente su derecho a gobernar. Por ello, desde pequeño fue educado por Guillermo de Tiro para
ser rey. Este, en sus memorias, afirmó que el pequeño sentía gran
interés por la historia y por las letras. A su vez (y tal y como afirma
el historiador M. Michaud en su obra «Historia de las cruzadas») «amaba la gloria, la verdad y la justicia». Por su parte, el investigador germano experto en las cruzadas Hans Eberhard Mayer dijo de él que poseía una gran perseverancia, paciencia y sentía gran amor hacia sus caballos.
Guillermo de Tiro descubre la lepra en Balduino- WikimediaTodo
era felicidad en la vida de Balduino hasta que, con 9 años, su tutor se
percató de que el futuro rey no sentía dolor, un síntoma de que podía
padecer lepra. Así lo de dejó explicado en su diario, recogido por Ángel Luis Guerrero Peral en su obra «Manifestaciones neurológicas de la lepra del rey Balduino IV de Jerusalén»:
«Mientras jugaba con otros niños nobles, y mientras entre ellos se
pellizcaban en manos y brazos como suelen hacer a menudo cuando juegan,
los otros gritaban cuando eran heridos, mientras que Balduino lo soportaba con gran paciencia y sin muestras de dolor,
como alguien acostumbrado a este, pese a que sus amigos no respetaban
especialmente su condición principesca en juegos». En ese momento
Guillermo de Tiro supo que, aunque no fuera totalmente seguro, era muy
probable que el pequeño acabase siendo un leproso.
«Percibí que la mitad de su mano y brazo estaban muertas, de forma que no podía sentir en absoluto el pinchazo»
Algo
que, por cierto, extraña a día de hoy mucho a Guerrero Peral
(especializado en neurología). Y es que, este experto afirma que -tras
examinar las biografías de Amalarico y su esposa- no hay constancia de
que ninguno de ellos padeciese esta enfermedad. Por ello, supone que se
contagió de ella por culpa de alguien. «No hay evidencia alguna de que
Amalarico, Agnes o María Comnena, la segunda esposa de Amalarico,
padeciesen lepra. Posiblemente Balduino contrajo la enfermedad en sus
primeros años de vida de algún sirviente de la corte;
en cualquier caso, ya en el siglo XXI la mitad de los pacientes de lepra
no cuenta con una historia clara de exposición a la enfermedad»,
completa.
Independientemente de la causa, lo cierto es que -tanto
los doctores de la corte como el propio Tiro- esperaron hasta que
examinaron varias veces al pequeño antes de poner sobre aviso al reino,
pues sabían el estigma social que conllevaría a todo un
príncipe de Jerusalén aquella maldición. Esto es lo que escribió el
tutor tras una de estas exploraciones: «Percibí que la mitad de su mano y brazo estaban muertas,
de forma que no podía sentir en absoluto el pinchazo, o ni siquiera si
era mordido». Tras llevar hasta la corte a varios médicos musulmanes
para corroborar el diagnóstico, y después de que pasaran varios años, se
confirmaron los peores temores de Amalarico: el futuro rey era un leproso.
La dolencia se confirmó, todavía más, cuando Balduino ascendió hasta el
trono a la edad de 13 años tras la muerte de su padre.
Montgisard, el comienzo
El año 1177 sería toda una prueba de valía para el rey leproso. Y es que, fue entonces cuando Saladino (el
sultán de una cantidad incontable de regiones como Siria, Palestina,
Yemen, Libia y otras tantas más) armó un gigantesco ejército de entre 26.000 y 30.000 musulmanes
con los que invadir Jerusalén -entonces bajo dominio cruzado-. Por
suerte para el «rey cerdo», los cristianos habían organizado ya un
contingente que contaba con tropas de Bizancio y caballeros recién llegados de Europa con el que pensaban conquistar El Cairo.
Esto permitió al soberano reaccionar rápidamente a las amenazas de Saladino. «Balduino se enteró de los planes del musulmán y decidió ir personalmente en su búsqueda.
Fue así como [...] comandó a varios miles de infantes y 375 caballeros
[según otras fuentes, 500] en marcha fuera de Jerusalén», explica el
medievalista Michael Rank en su libro «Las cruzadas y los soldados de la cruz». Junto a ellos partió el obispo de Belén, quien portaba consigo la Vera Cruz.
Una reliquia que, según se decía, estaba elaborada con los restos de la
cruz en la que pasó sus últimos momentos de vida Jesucristo.
Los templarios reforzaron el ejército de Balduino tras escapar del bloqueo de Gaza
Balduino decidió dirigir a todo este contingente hasta Ascalón -una
fortaleza ubicada a 74 kilómetros de Jerusalén- para defenderse allí de
Saladino. El rey partió, a pesar de su debilidad, como un caballero
más, dirigiendo a sus tropas y lanzándol arengas a pesar de que la lepra
le acosaba. Por su parte, los caballeros templarios de
la zona decidieron tomar también las armas para unirse al contingente
cruzado. No obstante, los «Pobres caballeros de Cristo» se vieron
obligados finalmente a retrasar su llegada a Ascalón después de que los soldados de la media luna les sitiaron en Gaza.
Cuando
el «rey cerdo» llegó hasta el castillo de Ascalón, por tanto, se
encontró con que -para su desgracia- los poderosos caballeros templarios
no habían acudido en su ayuda. Así pues, prefirió refigurarse tras las murallas que
lanzarse de bruces contra el inmenso ejército musulmán. La situación se
puso de cara para el sultán, que -con el contingente cristiano
resguardado en el castillo y el paso franco hasta la ciudad santa-
ordenó a sus hombres dirigirse hacia Jerusalén para conquistarla. Su última decisión fue dejar un pequeño contingente para evitar que el leproso escapase.
«Saladino creyó que Balduino estaba atrapado en Ascalón y que, incluso si los cruzados lograban
huir, sus fuerzas eran demasiado reducidas como para representar una
amenaza a su ejército. A consecuencia de ello, Saladino permitió a sus
tropas dispersarse a medida que se dirigían lentamente hacia Jerusalén. Avanzó despreocupadamente, deteniéndose en ciertas ocasiones para saquear villas a su paso,
como Ramla, Lydda y la costa en dirección sur y formando un trayecto en
círculo de regreso para interceptar el paso de Saladino», explica Rank.
La batalla, en un gráfico interactivo
La
lógica de Saladino era innegable, pero lo que el musulmán no conocía
era el arrojo de Balduino. Y es que, a pesar de no poder tenerse en pie
por la lepra, el rey escapó con su ejército del bloqueo musulmán de Ascalón
y dirigió a sus huestes tras la retaguardia de los hombres de la media
luna. Su objetivo no era otro que atacar al gigantesco contingente
enemigo cuando estuviese desprevenido y causar el desconcierto entre sus combatientes.
La
idea no era mala, y aún fue considerada mejor cuando un centenar de
caballeros templarios se unieron al ejército de Balduino después de
haber logrado burlar a los enemigos ubicados en las fuerzas de Gaza.
«Este pequeño grupo de caballeros tenía un poder formidable. Iban bien acorazados y
eran expertos en el uso de sus armas», explica el divulgador histórico
Martin J Dougherty en su dossier «Montgisard» (ubicado en la obra coral
«Batallas de las cruzadas»). Con más tropas y una energía renovada, los
cristianos partieron decididos a arrasar a los musulmanes y evitar la
conquista de Jerusalén.
Balduino, en Montgisard- WikimediaA finales de noviembre, el ejército cruzado dio alcance a las tropas de Saladino a la altura del castillo de Montgisard (cerca de Ramala). La situación no podía ser mejor para los cruzados pues, motivados por el sultán, las tropas musulmanas se habían diseminado a lo largo de kilómetros para
saquear todo aquello que pudieran a los principales pueblos católicos.
Cuando se percató de que Balduino estaba a su espalda, el árabe trató de
reunir a sus combatientes y formar con ellos una línea de batalla aceptable.
Pero ya era demasiado tarde y solo pudo lograr que sus combatientes
crearan un desigual frente en el que reinaba la descoordinación.
Además, el ejército de la media luna estaba totalmente agotado por haber aprovechado hasta la última brizna de energía en robar.
«La mayoría de los soldados de Saladino estaban cansados a consecuencia
de la marcha desde Egipto y los posteriores saqueos, lo que los dejaba muy mal parados para
luchar contra los cruzados», determina Rank. El día 25, los cristianos
formaron filas para atacar a sus enemigos de la mejor forma que sabían:
lanzándose de bruces con sus caballeros totalmente acorazados (al
modo europeo) contra la formación contraria hasta que esta huyera. En
sus filas se sumaban entre 375 y 500 jinetes, 80 templarios y varios
miles de infantes. Por su parte, Saladino tenía desperdigado a su gran
ejército de entre 26.000 y 30.000 combatientes.
La gran victoria de Balduino
En
las cercanías de Montgisar, y bajo el sol abrasador de Tierra Santa,
Balduino hizo los preparativos para lanzarse sobre los musulmanes
mientras estos todavía trataban desesperadamente de organizarse. Apenas
podía tenerse en pie por lo avanzada que estaba su enfermedad, pero
sabía que su mera presencia inspiraba a los cristianos. Por ello, hizo
un esfuerzo para postrarse sobre la Vera Cruz y rezó
para que Dios le ayudase a expulsar de aquellas tierras sagradas a los
enemigos más odiados de los cruzados. Acabado el rezo y -según
Dougherty- con cierto temor ante la visión de un contingente tan grande
como el comandado por el sultán, el rey maldito dio la orden de atacar.
Así fue como el medio millar de jinetes que portaban sobre su armadura
la cruz de Cristo se lanzaron a voz en grito contra los invasores. Saladino- WikimediaLa primera carga fue devastadora, pues las lanzas de caballería
aplastaron las primeras líneas de la formación enemiga. Además, fue más
efectiva todavía gracias a que Saladino no pudo recurrir a una táctica
habitual entre los generales musulmanes. «Una razón por la cual los
cruzados muchas veces fracasaban cuando arremetían
contra las fuerzas enemigas era la inteligente forma en que maniobraban
estas últimas, de modo que los cruzados se encontraban con un espacio vacío en su embestida.
A continuación, cuando los caballeros salían en persecución de sus
objetivos, que se batían en retirada, se acercaban otras unidades y les
disparaban una lluvia de flechas para luego acabar con los agotados
supervivientes en un asalto final cuerpo a cuerpo», añade el anglosajón.
En este caso, sin embargo, no pudieron más que tratar de resistir la
embestida de los jinetes de la cruz. Fue una masacre.
Mientras la
carga se sucedía, Balduino rompió los esquemas de todos sus combatientes
al no apartarse de la lucha. Por el contrario, prefirió ponerse unos gruesos guantes sobre
sus manos llenas de llagas y, al poco, lanzarse también a la carga.
Renovados por el ímpetu del monarca de Jerusalén, los caballeros
siguieron combatiendo con gran valor hasta que, como si sus lanzas
hubiesen sido bendecidas por el mismísimo Dios, atravesaron la formación enemiga.
Según cuentan las crónicas, Saladino vio tan mal la situación que huyó a
lomos de su camello. Al parecer estuvo a punto de ser asesinado por los
cristianos, pero logró huir gracias a la intervención de su guardia personal.
«La victoria de Balduino fue total. Su ejército capturó a la mayor parte de sus fuerzas, incluido a su guardaespaldas mameluco , y mató a su sobrino, Taqi al-Din.
Solo el 10 por ciento de las fuerzas de Saladino regresó a Egipto
después de la aplastante derrota. Por el lado de Balduino, los registros
señalan que murieron alrededor de 1.100 hombres y 750 resultaron heridos», explica Rank. Aquella fue la gran victoria del rey. Una de las últimas, pues la lepra terminó con su vida allá por 1185.
Cuando España humilló en La Coruña a la «Invencible inglesa» del infame pirata Drake
El 4 de mayo de 1589 el corsario trató de
conquistar la ciudad española con una gigantesca flota. Sin embargo,
acabó retirándose ante el heroísmo de las defensas españolas
Este bucanero salió de Inglaterra con el objetivo de destruir los restos de la «Armada Invencible» - Marcus Gheeraerts the YoungerUnos
150 buques (entre 125 y 200, atendiendo a las diferentes fuentes) y más
de 23.000 hombres. Con ese número de bajeles y soldados partió el
pirata (corsario, que dirían los ingleses, muy finos ellos) Francis
Drake el 13 de abril de 1589 hacia España. Aquel día, y siempre bajo el
beneplácito de su graciosa majestad Isabel I, este bucanero salió de Inglaterra con el objetivo de destruir los restos de la «Armada Invencible» enviada por Felipe II un año atrás y, a continuación, dar también buena cuenta de Portugal. Sin embargo, lo que no sabía el almirante es que se iba a dar de bruces contra las defensas españolas.
En
mayo Drake y su armada llamaron a las puertas de La Coruña.
Oficialmente su objetivo era aniquilar a los buques que habían logrado
escapar de Gran Bretaña tras el desastre de la «Grande y Felicísima
Armada», los cuales se habían refugiado en este puerto. Para ello, el
pirata contaba con la ayuda de oficiales de la talla de John Norris
(líder de la infantería del ejército) y la presencia de nobles tan
ilustres como Don Antonio, prior de Crato. Este último sería el
encargado de, una vez que se hubiese tomado esta ciudad española, viajar
hasta Portugal y montar una sublevación de esas que hacen época contra
Felipe II, monarca también del territorio luso.
Las velas inglesas
se avistaron en La Coruña en la noche del 3 y el 4 de mayo. Con todo,
nadie podía suponer que venían con intenciones de arrasar la ciudad. Por
ello, Don Juan Pacheco (capitán general de Galicia) ordenó enviar dos galeras para averiguar las intenciones de
los «inglesuzos». Y es que, ver llegar esa ingente cantidad de navíos
desde el otro lado del mar no fue una imagen ni mucho menos
tranquilizadora. Para su desgracia, quedó claro que los «british» venían
buscando camorra cuando trataron de cañonear aquellos pequeños navíos.
Animado por el ingente número de combatientes que dirigía, Drake
ordenó desembarcar ese mismo día a 10.000 de sus hombres en 14 lanchones
para ir tomando posiciones. Su avance fue ralentizado por los cañonazos
de los buques españoles que defendían la ciudad (apenas una nao, dos
galeras y un galeón), pero finalmente lograron llegar a tierra. En las
horas posteriores los asaltantes tomaron el barrio de la Pescadería,
ubicado fuera de los muros de la ciudad, acabando con la vida de 70
defensores. La victoria fue de importancia, pues gracias a ella
capturaron la artillería del Galeón español San Bernardo, que estaba
siendo reparado al comenzar el asedio.
Apenas dos jornadas después
los ingleses solicitaron a los defensores (unos 1.500) que se
rindiesen. Por suerte, la respuesta española fue una negativa acompañada
de una salva de cañón. El día 12 los hombres de Drake volaron una parte
del muro de la ciudad, lo que les dejó un paso totalmente franco.
Pintaba difícil para los españoles. Con todo, hombres y mujeres
defendieron la zona de los continuos asedios del pirata. Así, hasta el
día 16. Aquella jornada empezó de forma sumamente aciaga para los
españoles, pues parecía que no podrían resistir otro envite de los
británicos. Estos, por cierto, sumamente motivados por un alférez que
agitaba la bandera de Gran Bretaña al viento.
Sin embargo, cuando la defensa empezaba a flaquear, María Pita (una de las combatientes, cuyo marido había muerto defendiendo los muros de La Coruña) acabó con el alférez de un lanzazo, robó su bandera, y animó a las tropas españolas,
que lograron resistir el asedio. Al final, los hombres de Drake se
retiraron a sus bajeles el día 18 tras perder dos barcos. Otra gran
victoria española.