jueves, octubre 15, 2015

Terror pánico a Verbitski

Buenos Aires, 4 de octubre de 2015

Señor Director:

Terror pánico a Verbitski

En estos tiempos de elecciones, en la Argentina modernista de la contracultura, ya es muy sabido que si alguien quiere descalificar a algún candidato, no hay nada más contundente que acusarlo de golpista, aunque si se quiere agregar algún agravante a semejante acusación bastaría decir que tuvo alguna relación con los “carapintadas” o con el golpista de Seineldín.

A pesar de que han pasado 24 años del juicio que nos condenó a largos años de cárcel que cumplimos inexorablemente, y que los mismos jueces que nos condenaron, en los fundamentos de la sentencia dejaron asentado que la figura de golpe de estado no existió ni siquiera en grado de tentativa y además agregaron como atenuantes que en esa jornada, el 3 de diciembre de 1990, actuamos movidos por sentimientos de elevado valor moral y social, todavía hoy, políticos y periodistas corruptos y cobardes insisten en calificar al coronel Seineldín y a los “carapintadas” de golpistas. (La calificación de corruptos y cobardes es porque saben la verdad y no la dicen).

Desde hace ya dos semanas circula por varias páginas y diarios de Internet, la descalificación del candidato a intendente de Mar del Plata por el PRO, el profesor Carlos Arroyo quien se impuso en las primarias con una importante cantidad de votos. Al respecto, para la prensa tendenciosa y mentirosa no interesa, en este caso la voluntad popular y, para atacar por elevación al candidato a presidente del mismo espacio político, Mauricio Macri, nada mejor que recurrir a la cobarde y falaz acusación de decir que Arroyo es un admirador del coronel golpista Seineldín y los “carapintadas”, por lo tanto Arroyo y los del PRO son golpistas.

Por otro lado, casi al mismo tiempo que circulaba esta mentira, en el canal Encuentro, Horacio Verbitsky se defendía durante toda una hora de programa de la acusación que sus camaradas de lucha, los montoneros, le hacen por su carácter de doble agente. Entre las cosas que este personaje dijo, contó que los montoneros en el año 1976 necesitaban del golpe de estado y lo provocaron con sus accionar terrorista, buscando con ello la intervención militar como finalmente ocurrió. De esta forma, los montoneros legitimaban su accionar ya que no era lo mismo ser terroristas y subversivos en un régimen democrático que en un gobierno militar dictatorial.

Ahora bien, por un lado tenemos a Seineldín y a los carapintadas acusados de golpistas cuando los jueces de la democracia dicen lo contrario, y por el otro un montonero confeso de golpista a quien nadie acusa de tal ni nadie nombra. Cuesta creerlo ¿no?...

Intentado encontrar una explicación a semejante actitud de la clase política y de los medios de comunicación, todos cómplices de la mentira, digo que la misma pasa por el terror pánico que se le tiene a Horacio Verbitsky, el hombre que, sin dudas, representa el poder en las sombras.

Si bien siempre tuve claro esta situación y la expresé en forma escrita en varias oportunidades, hoy con la aparición del libro “Doble Agente” de Gabriel Levinas, y con la respuesta que el autor diera a otro periodista sobre cómo continuaba la cosa después de semejante denuncia, confirman todas mis presunciones. Dijo Levinas: … “con mucha preocupación y cierto temor, todos sabemos del poder de Verbitsky que maneja a jueces y parte importante de la prensa y el poder político…andá a saber qué puede hacer este tipo…”

El temor indisimulado de Levinas es lo que ocurre también con los políticos, jueces y medios de comunicación que atacan con mentiras a un difunto que no se puede defender y no tienen agallas para defender la verdad.


¡Por Dios y por la Patria!


Hugo Reinaldo Abete
Ex Mayor E.A

Hoy hace 315 años el Rey Carlos II firmó su testamento en el lecho de muerte y nombró Heredero al nieto de su hermana, Felipe V, el primer Borbón

Cuando se extinguió la Dinastía de la Monarquía más vasta del planeta
Lo peor que le puede pasar a un Rey no es morir; es morir sin dejar Heredero, porque el objetivo de toda Dinastía es perpetuarse. Sólo un Monarca español ha pasado por tan doloroso trance: Carlos II, que murió a los 38 años sin descendencia tras una desdichada vida.
A medida que la vida de Carlos II languidecía, arreciaba el acecho de las Casas Reales europeas, que aspiraban a repartirse en pedazos las posesiones de la Monarquía más extensa del planeta. Emparentadas durante siglos entre ellas, eran varios los aspirantes que descendían de Reyes españoles y tenían derecho a la Sucesión.
El Rey optó por nombrar Heredero a su sobrino-nieto, el Príncipe José Fernando de Baviera, pero cuando el problema parecía resuelto, el niño murió a los siete años de edad. Urgía buscar un nuevo sucesor, o las potencias europeas podrían desguazar España. Francia defendía a Felipe de Anjou, y Austria al Archiduque Carlos, hijo del Emperador Leopoldo I.
A pesar de las presiones, Carlos II se negaba a nombrar Heredero a su sobrino-nieto Felipe de Anjou, que era nieto de Luis XIV y de su hermana, la Infanta María Teresa. Pero un día como hoy, el 3 de octubre de 1700, en su lecho de muerte, el Rey cedió a las presiones y acabó firmando el testamento en el que declaraba Heredero a Felipe de Anjou, que reinaría como Felipe V y sería el primer Monarca de España de la dinastía Borbón. Con esa firma, quedó extinguida la Dinastía de los Austrias, que había reinado en España desde 1516, cuando llegó Carlos I, hijo de Juana la Loca.
Antes de abandonar Versalles, el Rey de Francia dirigió unas palabras a su nieto Felipe como nuevo Rey de España. Le habló del pueblo español y le dijo: «Os encargo que lo améis».

Misterios en el castillo de Loarre

Hace mil años se erigió en el Pirineo aragonés una colosal fortaleza que hoy presume de ser el castillo románico mejor conservado de Europa. Luis Zueco novela cómo se llevó a cabo esta proeza y da respuesta a algunos enigmas aún sin resolver

fabián simón

 

Cuentan que entre sus muros falleció el conde Don Julián y que enterraron al mayor traidor de la historia de España a la entrada de la iglesia, para que todos pisotearan sus restos por haber abierto las puertas de la Península a los musulmanes. Hasta alguno asegura haber visto a su fantasma o al de la abadesa doña Violante, sobrina del Papa Luna, cuya tumba tampoco ha sido aún hallada. Son algunas de las leyendas que circulan en torno al castillo de Loarre, pero esta colosal fortaleza encierra otros misterios, más reales, algunos a la vista de todos y aún sin respuesta.
¿Cómo construyeron en ese enclave montañoso del Pirineo aragonés una cúpula en la iglesia sin parangón alguno en la España de la época? ¿Cómo fueron a parar allí unas reliquias tan destacadas como las de San Demetrio? A estas y otras preguntas Luis Zueco da su particular solución en «El Castillo» (Ediciones B), su última novela en la que aborda la proeza que supuso hace mil años la construcción de Loarre.
«Loarre es el prototipo de los castillos de España», explica este novelista e historiador, vicepresidente de la Asociación de Amigos de los Castillos de Aragón. «Aquí no tenemos los castillos del Loira o el Rhin, más palaciegos. Los nuestros son castillos militares, que es para lo que realmente servía un castillo, y si se piensa en un castillo militar, Loarre cumple con todos los requisitos de lo que es un castillo español», añade el escritor que explica cuáles son estas características. La primera, «una ubicación que al verlo dices: ¡madre de Dios, cómo lo pudieron construir allí!», la cumple Loarre con creces. A mil metros, en la montaña pirenaica, es un nido de águilas, un lugar estratégico que podría defenderse hasta sin castillo como de hecho ocurre en la novela.
Es una fortaleza militar, que no está pensada para vivir sino para albergar a una guarnición, sin fosos de agua, sino defensa en altura. «Los españoles son castillos con muchas torres, algunas de ellas albarranas (que se quedaban independizadas en caso de ataque)...todo pensado para la guerra», describe Zueco.
Sancho III el Mayor mandó construir este castillo como parte de la línea defensiva que protegía los dominios del reino de Pamplona, en su máximo esplendor en aquellos inicios del s.XI. A esa función militar, Loarre añadía un destacado simbolismo, según este historiador, ya que «se construyó justo donde acaba la montaña y empieza el llano, la hoya de Huesca». Los cristianos de Loarre veían desde allí las huertas y las ricas ciudades musulmanas, «lo que no tenían ellos, que malvivían en las montañas, y eso incrementaba su deseo de conquista, algo muy importante para un reino que quería crecer». Veinte años después, se había conquistado Huesca y se estaba en camino de Zaragoza. «Ya se había llegado al llano, que era el gran objetivo», señala Zueco.
Maestros lombardos construyeron el castillo primitivo con sillarejo, utilizando la piedra a modo de ladrillo, como aún puede verse en la parte más alta de Loarre. El autor de «El Castillo» relata cómo «en el año 1000 los lombardos eran los que sabían construir esas iglesias y castillos, pero en un momento dado desaparecen, no se sabe bien por qué, dejando edificios a medio terminar. Algo pasó para que se fueran todos, pero no se sabe a ciencia cierta».

El rito romano

Trabajadores locales que habían aprendido de los lombardos quedaron al frente de la obra, apenas manteniendo lo construido. Fue con el segundo rey de Aragón, Sancho Ramírez, cuando Loarre experimentaría su impulso definitivo y cobraría gran importancia religiosa. «El reino de Aragón era en aquella época vasallo del reino de Pamplona, pero Sancho Ramírez hace una jugada maestra al ir a Roma y convertir el reino en vasallo directo de Roma de forma que nadie podía dudar ya de su legitimidad», explica Zueco. A cambio, Aragón adoptó el rito romano que Roma había intentado sin éxito introducir en los reinos y condados de la Península, donde el clero español seguía fiel al rito mozárabe. «La primera misa en rito romano fue en el monasterio de San Juan de la Peña, próximo a Loarre, y la segunda o tercera sería en el castillo», afirma el historiador.
A su vuelta de Roma, Sancho Ramírez ordenó construir en Loarre una gran iglesia, para la que no había espacio. Hubo que ganar terreno a la montaña, se hizo un falso crucero, se habilitó el acceso al castillo por debajo de la nave de la iglesia... «tuvieron que pensar en mil soluciones arquitectónicas para encajar una iglesia inmensa en un castillo militar».
Misterios en el castillo de Loarre
Interior de la iglesia que ordenó construir Sancho Ramírez
El rey aragonés llevó a Loarre a una congregación de monjes agustinos con los que llegó el arte románico. Se trajo a escultores de Toulouse para realizar los 82 capiteles con que cuenta la iglesia, con sus monos, grifos, basiliscos... hasta una sirena que no deja de resultar chocante en el Pirineo.

Una bóveda sin parangón

Otro de los misterios de Loarre reside en la bóveda de la iglesia, «sin parangón» en la Península en aquella época. «La bóveda es el círculo que simboliza a Dios y cuando el rey se colocaba debajo quedaba simbólicamente legitimado por Él», anota Zueco.
«No hay otra igual, pero quien construyó esa cúpula tuvo que ver otra en algún sitio. En el año 1000, en el Pirineo, no se iban a ir a Constantinopla a ver cómo está hecha Santa Sofía... ¿Cómo supieron construirla? De esas dimensiones y en el Románico, es la más antigua», destaca el investigador, que en su novela ofrece su solución.
En Loarre se vivió una dualidad religioso-militar, según explica Zueco. Los soldados y los religiosos no se cruzaban. Sus dependencias estaban separadas, con accesos diferentes a la iglesia para unos y otros. «Es de las primeras veces en que conviven monjes y soldados dentro de un conjunto religioso-militar, algo curioso en una época anterior a las cruzadas y las órdenes militares», subraya.

¿Una portada oculta en la cripta?

Sancho Ramírez también encargó la construcción de una cripta para albergar las reliquias de San Demetrio, que según la tradición llegaron milagrosamente hasta Loarre. «Era un santo importante, que además era soldado, lo que encaja a la perfección con que sus restos estén en un castillo y además da más fuerza al enclave», señala Zueco.
Se cree que la portada de entrada del castillo, que no se conserva actualmente, se reutilizó boca abajo en el suelo de esta cripta. «Si algún día alguien se atreviera a levantar el suelo y darle la vuelta igual nos aparecería la portada de entrada al castillo», aventura el historiador.
Hay cerca de 10.000 metros en Loarre, donde se cree que estuvo la aldea de quienes trabajaron en su construcción, que aún no ha sido objeto de ninguna excavación arqueológica. «Podría salir de todo», cree Zueco, porque «Loarre se quedó suspendido en el tiempo». La frontera avanzó y el castillo quedó solo como monasterio, pero no llegó a tener gran magnitud y acabó por ser abandonado hacia el s. XV-XVI.
«Si se hiciera una excavación se cree que saldría una necrópolis, otras construcciones, mucho material... pero es complicado porque no deja de ser un monumento turístico que visitan unas 100.000 personas al año», justifica.

Un homenaje a sus constructores

Los muros, pasadizos y salas de este castillo, donde se rodó parte de la película de «El reino de los cielos» de Ridley Scott, se mantienen hoy tal y como estaban en el siglo XI,sin luz eléctrica ni paneles informativos. Un lugar donde resulta fácil imaginar a Eneca, Fortún y la multitud de personajes de esta novela histórica de Zueco, que abarca el periodo en que se levantó la fortaleza, entre el año 1027 y el 1082.
«Se construyó en unos 60 años, lo que pone más en valor a la gente que llevó a cabo esta proeza, con los medios de entonces. La novela es un homenaje no a los reyes ni a los nobles que mandaron construirlo, sino a los constructores, carpinteros... y a las mujeres que lo hicieron posible», explica el autor. Aquellos cientos de personas de toda condición que se jugaron la vida en esta peligrosa zona de frontera con la esperanza de progresar.
Este domingo se presenta en el castillo este libro ambientado en Loarre en ese momento histórico tan apasionante como fueron los inicios de la Edad Media, con la desmembración del reino de Pamplona y el nacimiento del reino de Aragón frente a unas taifas aún poderosas y un complejo entramado de alianzas y conquistas.

jueves, octubre 01, 2015

Tras haber estado reunido con él en su despacho y escucharle hablar en el Congreso, John Boehner, no ha podido contener las lágrimas ante las últimas palabras de Francisco

«Buenos días a todos Ustedes. Les agradezco su acogida y su presencia. Agradezco los personajes más importantes que hay aquí: los niños. Quiero pedirle a Dios que los bendiga».
Esas fueron las primeras palabras que Francisco ha dedicado a la audiencia que se agolpaba frente al Congreso para escucharle. Junto a él, John Boehner, el presidente de la cámara, que le había recibido por la mañana en su despacho.
Después, tras escucharle pedir la abolición de la pena de muerte y pedir por los pobres, Boehner no ha podido más y ha tenido que utilizar un pañuelo para secarse las lágrimas. El presidente del Congreso fue quien presentó la invitación a Francisco para que interviniera.
«Señor, Padre nuestro de todos, bendice a este pueblo, bendice a cada uno de ellos, bendice a sus familias, dales lo que más necesiten» ha continuado diciendo el Pontífice.
«Y les pido, por favor, a Ustedes, que recen por mí. Y, si entre ustedes hay algunos que no creen, o no pueden rezar, les pido, por favor, que me deseen cosas buenas. Thank you. Thank you very much. And God bless America».

El Gran Capitán, el genio cordobés de la guerra que aplastó a Francia.

A modo de conmemoración, EDAF reedita una meticulosa obra de Sánchez de Toca y Martínez Laínez sobre el general castellano

 

El prestigioso manual militar «Who's Who in Military History» (Quién es quién en la historia militar) dedica más espacio al Gran Capitán que a Nelsón, Patton o Rommel, mientras que aquí en España el general cordobés ha sido hasta hace pocos años más conocido por ser una marca de quesos que por sus campañas italianas. José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez quisieron remediar este desatino hace siete años cuando dedicaron una detallada obra a Gonzalo Fernández de Córdoba, el hombre que señaló a la infantería castellana el camino para convertirse en los legendarios tercios españoles. En el 500 aniversario de su muerte, la editorial EDAF reedita estos días su libro, «El Gran Capitán: Gonzalo Fernández de Córdoba», a modo de conmemoración.
Valiéndose de fuentes del periodo, Sánchez de Toca y Martínez Laínez pintan el retrato de un hombre mesurado, generoso y extremadamente inteligente, que se niega a aceptar su papel de segundón de una familia de la nobleza andaluza. Cortesano de Alfonso «El Inocente» y más tarde de su hermana Isabel «La Católica», Gonzalo Fernández de Córdoba consiguió ganarse la estima de los monarcas de Castilla y, durante la prolongada conquista de Granada, se destacó en importantes episodios militares, incluida la fase de negociaciones con Boabdil, al que unía una fuerte amistad. El Rey Fernando «El Católico» designó años después a Fernández de Córdoba para encabezar un cuerpo expedicionario, el primero que salía de España en mucho tiempo, y con el que expulsó a los franceses del Reino de Nápoles.
El Gran Capitán, el genio cordobés de la guerra que aplastó a Francia
Edición conmemorativa del Gran Capitán
El libro relata las sucesivas campañas italianas contra los galos donde se gestó la leyenda del Gran Capitán, quien gozó siempre del respeto de los propios enemigos debido a su cortesía más allá de la rivalidad. El cordobés estiró al extremo sus escuálidos recursos, como demostró en la victoria de Ceriñola (1503), y exhibió sus amplias dotes tácticas, siendo hoy su movimiento envolvente en Garellano (1503) materia de estudio en los grandes manuales bélicos. Un genio de la guerra al que Fernando «El Católico» terminó aislando al hacer caso de los rumores maliciosos que acusaban al cordobés de corrupto, pero no sin antes reclamarle cuentas de los gastos de su campaña. En un cuidado libro con fotografías y mapas en color, los autores incluyen varias de las cartas dirigidas por el Gran Capitán a los Reyes Católicos con las famosas cuentas, todavía célebres como ejemplo de meticulosidad y honradez en el lenguaje.

El Museo del Ejército rinde homenaje al Gran Capitán

mADRID
En el Alcázar de Toledo, sede del Museo del Ejército desde 2010, inaugura hoy, 24 de septiembre, la exposición temporal sobre el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, en el quinto centenario de su fallecimiento, que estará abierta al público hasta el 31 de enero de 2016.
La exposición se articula en torno a cinco grandes áreas, desde su nacimiento hasta sus servicios a los Reyes Católicos, las campañas que dirigió y el mito. Una parte destacada de la muestra serán los documentos, algunos inéditos, del archivo particular de la Casa Ducal de Maqueda, que desvelan la relación epistolar entre el Rey y su capitán.
Fernando «El Católico» marcaba al Gran Capitán las instrucciones sobre la política que tenía que ejercer en Napolés, desde medidas puramente administrativas hasta cómo administrar justicia, y daba detalles muy concretos de lo que debía hacer. Por ejemplo, estas cartas desvelan que el Rey hablaba de la conveniencia de que los soldados españoles se casaran con mujeres napolitanas para asentarse en la zona o establecía la forma concreta de ajusticiar a un traidor.
La exposición cuenta con unas 160 piezas, entre ellas la espada atribuida al Gran Capitán, procedente de la Real Armería, y un cañón en el que se han hallado, en el proceso de limpieza y restauración, las iniciales de Fernando «El Católico».
Al Alcázar de Toledo llegan piezas del Museo del Prado, el Archivo de la Nobleza y el Archivo de Simancas, el Museo del Generalife, el Cabildo de Valencia, la Casa de la Moneda y el Museo Arqueológico Nacional, además de la Casa Ducal de Maqueda y el propio Museo del Ejército que expondrá una parte de su valiosa colección de armas de la época.
Los organizadores pretenden que al menos una parte de la exposición viaje a Granada y Córdoba después de Toledo, teniendo en cuenta su gran relación con el personaje.

CIUDADES ANTIGUAS