viernes, abril 19, 2013

El oficialismo protege a Menem para que tenga fueros y no vaya preso

Por Ignacio Ortelli

El ex presidente sigue complicado por el contrabando de armas.
15/04/13
Por camaradería y el lema “hoy por ti, mañana por mí”; por los viejos “códigos” del Senado; por temor a que se enoje, prenda el ventilador y revele historias que se pretende -y conviene- mantener en el cajón de los recuerdos. Pese a que inicialmente, después que Carlos Menem fuera condenado por la Cámara Federal por contrabando agravado de armas a Ecuador y Croacia, habían amagado con empezar a debatir su desafuero, ahora tanto el oficialismo como un sector importante de la oposición parecen coincidir en la postura de dejar “stand by” el tema para mantener al ex presidente en su banca.
“No va a prosperar”, dijo una alta fuente del Frente para la Victoria al ser consultada por Clarín sobre la decisión que adoptó el 20 de marzo el kirchnerismo en el Senado, cuando dio curso a un pedido realizado por el bloque radical para formar una comisión que analice la situación del ex presidente. El asunto está pendiente de ser tratado en la Comisión de Asuntos Constitucionales, que preside Marcelo Fuentes y donde el oficialismo posee diez (sin contar a Menem) de los 17 miembros. “Como ex presidente, sabe mucho de muchos. La idea no es hacer algo para salvarlo. Pero tampoco es bueno darle el empujón final: que se caiga solo”, graficó otro miembro del bloque K. Y agregó: “Además, su eventual reemplazante sería Néstor Bosetti, un hombre del gobernador de La Rioja Beder Herrera, con quien ahora hay una relación tensa”.
Desde 2010, Menem dejó de pronunciar críticas al Gobierno y ocupó un rol clave para el oficialismo en el Senado. Todavía se recuerda el giro que dio al abstenerse en la votación que dirimió el pliego de Marcó del Pont en el Banco Central, algo que había rechazado en comisión.
Desde la oposición se apoyan en ese pacto implícito que hay entre el kirchnerismo y el riojano para dar por hecho que, salvo un giro de último momento que hoy parece poco probable y que sólo podría ser producto de un expreso pedido de la Presidenta, Menem va a seguir firme en su banca. “Veremos qué sucede si la Corte Suprema desestima el recurso extraordinario que presentó y el tribunal envía el pedido de desafuero para que pueda cumplir con su condena”, se esperanzó un senador radical que todavía mantiene la expectativa de que sea aprobado por la comisión. “Sería un gesto de dignidad del oficialismo”, completó. Aunque en el caso de que llegue al recinto, se precisaría más que la voluntad del kirchnerismo: tal como establece el artículo 66 de la Constitución, se requieren dos tercios de los votos para remover a un senador.
En este hipotético panorama, las noticias tampoco son demasiado alentadoras para quienes impulsan la iniciativa. Según pudo corroborar Clarín, tanto en el Peronismo Federal como incluso dentro del propio radicalismo, hay legisladores que prefieren “bajarle el tono” al tema Menem, y evitar llegar esa instancia porque “no es el estilo de esta cámara”. En cambio, el FAP aparece firme en su conjunto para insistir con la destitución.
Más allá de lo que decida la Justicia, Menem no podrá ser detenido mientras ocupe una banca en el Senado, ya que los fueros lo protegen. Su mandato termina en diciembre de 2017, fecha en la que tendrá 87 años.

sábado, abril 13, 2013

18A




Carta Abierta a Margaret Thatcher 

abril 11, 2013
By María Delicia Rearte de Giachino
Delicia Giachino Mendoza 13 de Julio de 1982.-
Sra. Margaret Thatcher
10 Downing Street
Londres – Inglaterra
Distinguida Señora:
Soy María Delicia Rearte de Giachino, de 59 años de edad, argentina, madre de cinco hijos, esposa de mi maravilloso hombre y abuela de seis nietos.
Uno de mis hijos es el Capitán de Fragata de Infantería de Marina, Pedro Edgardo Giachino, muerto el 2 de abril en la Gesta de Recuperación de las Islas Malvinas. Mi hijo tenía al morir 34 años de edad. Deja una joven viuda y dos hijas de nueve y ocho años.
Además de todo esto, tan frío y donde está condensada la vida física de un hombre, hay algo superior, algo intangible, pero real, que nos sofoca. ¿No es cierto? Algo a lo que no nos podemos sustraer, cuando la muerte, abate una vida joven.
Las que somos madres, como lo es usted, como lo soy yo, sabemos que un hijo, es un ser que al nacer, sigue unido a nuestro vientre con hilos invisibles, de tal consistencia, que todos sus movimientos, a través de su vida, nos arrastran tras él, corriendo, tropezando, cayendo, cruzando mares y fronteras, dolores y alegrías.
Pero estar ante su cadáver, vivir después de su muerte, es el más brutal tormento que puede soportar una mujer. ¿Puede comprenderlo? Yo la acompañé cuando su hijo se perdió en el desierto. La vi desesperada, supe de su angustia, me alegré con su retorno, vivo.
Señora: ¿qué piensa usted, de nosotras, las madres argentinas, que vagamos ahora por el mundo, con esos hilos invisibles, de tal consistencia, colgando de nuestros vientres vacíos? ¿Qué siente usted, por las madres inglesas, que lloran con lágrimas, que hablan todas un mismo idioma? ¿Llora con nosotras? ¿Son sus noches blancas rondadas por fantasmas de juventudes mutiladas? ¿Se hizo alguna vez preguntas como éstas? Ese suelo de Malvinas empapado por la sangre de nuestros hijos, ¿podrá ser pisado por usted, sin que ella le salpique el corazón? ¿Cree que podrá soportar mucho tiempo el peso del dolor de tantas madres? ¿No buscará desesperadamente, en cualquier momento, que alguno de cuantos la rodean, la considere mujer? ¿Se avergüenza de serlo?
Mi hijo fue el primero que cayó. ¿Por qué siguió matando? ¡Basta! Esas islas son nuestras y ahora por siempre jamás. Usted lo sabe. Déjelas. Déjenos a los argentinos que vivamos con lo nuestro. Permita a este dolor, convertirse en sonrisa. Que las madres argentinas podamos ir a besar la tierra donde cayeron nuestros hijos. Le prometo, que también lo haremos con los suyos, solos, ahora, en suelo argentino.
Señora, mi hijo ha muerto. Pero su valor, su entrega, su hombría viven. Yo sufro, pero miro de frente a quienes lo mataron. Usted, tiene poder, pero estoy segura de que, ante mí, bajaría la vista. Todavía está a tiempo, para que las dos, nos estrechemos en un abrazo. No lo olvide. Seamos ahora, sólo dos madres.
Respetuosamente,
María Delicia Rearte de Giachino

NUEVA CARTA ABIERTA A LA SRA. MARGARET THATCHER 

Mendoza, 9 de enero de 1983
Señora Thatcher:
El 13 de julio de 1982, hice llegar a usted una carta. Era la carta de una mujer sufriente, en representación de todas las que llevan sobre sus hombros, con orgullo, la pesada Cruz del dolor, que trajo como consecuencia la heroica gesta argentina de recuperación de las Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Esa carta era misericordiosa, cristiana. Me dijeron que usted no podría entenderla. Que sus sentimientos son incapaces de captar los matices de amor. Hoy usted, desafiando las más elementales leyes de la caridad, puso sus pies en nuestras Islas.
¿Son el poder y la fuerza las únicas armas que sabe esgrimir? ¿No le importa el desprecio de todas las mujeres el mundo? ¿Sabe que en cada argentina que llora, tiene una enemiga? ¿Sabe que las inglesas que lloran, la detestan? ¡No le importa! Su bello césped en Puerto Argentino, tiene ahora hojitas celestes y blancas. ¿No las ve? La comprendo. Usted sólo ve las hojitas rojas, tintas en sangre, que estoy segura le salpican el corazón.
Nosotras, sí vemos las celestes y blancas, desde acá, de tan lejos y tan cerca: celestes y blancas como nuestra bandera, que quedó impresa en la retina de los que murieron, cuando flameaba, allí, frente a esa casa adonde usted, ahora, intenta dormir.
En esa casa, cayó mi hijo. En esa calle que transita, en ese mar que contempla, en ese aire que respira, en ese bocado que lleva a su boca, allí están y por siempre, los dedos acusadores, los ojos implacables de los jóvenes argentinos, que, llenos sus pechos de amor a su Patria, en cumplimiento de un deber Superior, los ofrecieron heroicamente a la metralla, de las fuerzas más poderosas de la tierra.
Usted ganó, señora. Triste victoria la suya. Su vanidad está satisfecha. No hacía falta tal demostración de poder. Las Malvinas son Argentinas. Usted lo sabe y ahora más que nunca porque sus tierras fueron holladas por la Dama de Hierro.
María Delicia Rearte de Giachino


www.argentinosalerta.org
 
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miércoles, abril 10, 2013


Frente a los «Herodes» que traman planes de muerte, Francisco custodiará la vida, como San Jos é

El papa Francisco ha pronunciado la homilía de la Misa de Inicio de pontificado en la que ha invitado a todos a ser “custodios de la Creación” como San José fue custodio de la Sagrada Familia.

TEXTO OFICIAL DE LA HOMILÍA EN ESPAÑOL: 

Queridos hermanos y hermanas

Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.

Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. 

Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. 

Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.
Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).

¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. 

Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. 

En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación.

Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. 

Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos.

Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. 

Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.

Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.

Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. 

Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos.Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. 

Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder.Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? 

A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación:Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.

En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. 

También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza.

Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.

Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.

Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amen