Siempre se ha dicho que uno de los principales factores para alzarse con la victoria durante una batalla es la estrategia.
Sin embargo, en pocas ocasiones este proverbio ha guardado en su
interior tanta verdad como para los españoles, los cuales, durante el
reinado de Felipe III, protagonizaron tres batallas en las que hubieran sido aplastados por el enemigo si no hubieran utilizado su tradicional picaresca
Y es que, durante el Siglo XVII la situación de España,
aunque hegemónica en el mundo (pues su territorio se extendía desde las
colonias americanas hasta Asia pasando por Europa), era financieramente precaria. Por ello, Felipe III no tuvo más remedio que recurrir a una política pacifista y de alianzas para así no perder en batalla los territorios españoles.
Felipe III
Estas dificultades económicas, unidas a la amplitud del territorio español, provocaron que fuera en ocasiones muy dificultoso disponer de un contingente militar suficiente en todos los lugares colonizados.
Sin embargo, para suplir la inferioridad numérica ocasional, los
soldados se valieron de todo tipo de estratagemas más propias de una
película de ciencia ficción que de la realidad.
Así lo explica el escritor Eduardo Ruiz de Burgos Moreno en su libro «La difícil herencia» (editado por Edaf),
en el que analiza varias decenas de contiendas que se produjeron
durante el reinado de Felipe III. «A pesar de la mejor voluntad real,
las inmensas posesiones españolas se vieron una y otra vez atacadas y,
en sólo diez años, obligaron a sus ejércitos a mantener 162 batallas
repartidas por todos los confines terrestres», determina en el texto.
Jamaica, preparada contra piratas
La primera de estas curiosas batallas se sucedió cuando una flota inglesa trató de atacar la posición española situada en Jamaica (en esos momentos propiedad de la familia de Cristóbal Colón).
Sin embargo, se encontraron con unos aguerridos defensores
acostumbrados a combatir contra piratas, algo muy usual durante el
Siglo.XVI. «No es infundado el temor a los ataques de bandoleros
marítimos que roban y saquean ciudades y puertos, pues durante años
trataron de capturar especialmente las mercancías de los buques de transporte españoles en aguas americanas», establece Ruiz de Burgos
En aquellos años, los piratas suponían un auténtico
quebradero de cabeza para los enclaves españoles, a los que acosaban sin
tener ningún tipo de piedad. «Especialmente temidos eran los
filibusteros franceses, genoveses y portugueses, que hostigaban
profundamente a los colonos españoles, víctimas de sus asaltos, saqueos y
asesinatos», sentencia Ruiz de Burgos.
Además, en palabras del experto: «En el mar Caribe, un
lugar ideal por la abundancia de islas en las que pueden refugiarse, los
buques piratas atacaban por lo general desde los apostaderos que tenían
en el puerto del Manzanillo en el golfo cubano o desde los puertos de
Santa Ana y Guabayara en la Isla de Jamaica».
Ganado contra ingleses
En cambio, no fueron piratas los que atacaron aquel 24 de enero del año 1600 la actual ciudad de «Spanish Town», sino una flota con una bandera tradicionalmente enemiga de España. «Eran 16 buques ingleses al mando de Christopher Newport», explica el experto. Sin embargo, no distaban mucho de ser filibusteros, pues este capitán había sido formado por Francis Drake, un reconocido corsario anglosajón.
«Afortunadamente para los habitantes de la villa, su
llegada había sido apercibida con suficiente antelación (…), dando
tiempo a que su gobernador (…) organizara las defensas de la villa con
los apenas 200 hombres armados con los que podía contar», añade Ruiz de Burgos.
Para los ingleses, la batalla estaba ganada antes incluso
de comenzar. La superioridad de fuerzas era abrumadora, al igual que la
potencia de fuego de sus navíos. Sin embargo, había algo con lo que no
contaban: el ingenio que los españoles demostraron durante todo el combate.
Tan sencilla veían la conquista los ingleses que incluso
trataron de convencer a los defensores de que se rindieran antes de
comenzar la contienda. «Desembarcaron un emisario enarbolando bandera
blanca en una chalupa que se acercaba a la playa (…). Allí, a unos
centenares de metros (…), los defensores estaban atrincherados y habían
situado un cañón para impedir un posible desembarco (…). A estos
españoles, el mando inglés, a través del emisario, les exigió la
rendición formal bajo amenaza de pasar a cuchillo a todos los
defensores», explica el escritor en el libro
En ese momento, los españoles comenzaron a utilizar sus
estratagemas, como bien determina el escritor: «Aprovechándose del
entrecortado español que hablaba el enviado inglés, y fingiendo no
conocer ninguna otra lengua, los españoles (…) dilataron los tiempos de las respuestas y, así, ganaron un tiempo precioso para preparar mejor la defensa».
Cuando los ingleses se dieron cuenta del engaño, ya era tarde, las
defensas estaban listas. Sin embargo, esto no detendría a los
asaltantes: «Decidieron atacar y desembarcaron unos 1.500 soldados.
Tras reunirse en la playa, donde ya no había españoles, se organizaron
en cinco columnas y empezaron a avanzar hacia la villa con la firme
intención de conquistarla», añade el experto.
Pero los dos centenares de españoles ya habían planeado su
siguiente movimiento. Para defenderse, usaron una táctica cuanto menos
original. Concretamente, ataron antorchas encendidas a los cuernos de todo el ganado que había en la ciudad, lo que enloqueció a los animales. Posteriormente, los liberaron y los lanzaron contra sus desprevenidos enemigos.
«Los ingleses primero oyeron un terrible estruendo, después, vieron
ante sí una inmensa polvareda que no llegaban a entender y, finalmente,
sufrieron una imprevista embestida de toros y vacas», explica el
escritor.
Confundidos y desorientados por las aterrorizadoras
bestias, los soldados de la vanguardia inglesa que no fueron arrollados
retrocedieron desorganizadamente y se abalanzaron sobre sus camaradas de
las filas posteriores. «Como consecuencia se generó una cascada de
fugitivos que terminó en una gran huida en desbandada que dejó tras de sí una cincuentena de muertos ingleses por aplastamiento», determina Ruiz de Burgos.
Tras reunirse junto a la costa, descubrieron que sus planes
habían dado un giro inesperado. «Para el cuerpo expedicionario del
almirante Newport era más que suficiente. Los soldados desistieron de
avanzar hacia el interior y sólo querían ser embarcados en sus buques.
Sin haber logrado disparar un solo tiro, las pérdidas se les antojaron
excesivas. No sabían bien lo que había sucedido, pero convencidos de que
a los defensores no se les podía derrotar, (…) se hicieron a la mar y abandonaron definitivamente la isla», finaliza el experto.
Una victoria «disfrazada»
Otra de las contiendas en la que los españoles demostraron su capacidad de improvisación se sucedió el 18 de julio de 1602, en Túnez. Ese día, una flota católica asaltó por sorpresa el puerto de «Hammamet», regentado por piratas turcos. «El ataque corrió a cargo de 350 infantes españoles y caballeros
a las órdenes de Malta y de la toscana (…) embarcados en 5 galeras de
la escuadra española de Sicilia y 5 fragatas de tres mástiles», añade
Ruiz de Burgos.
Sin embargo, los españoles necesitaban tomar la plaza cuanto
antes, pues sabían gracias a sus espías que en un breve período de
tiempo los turcos recibirían unos considerables refuerzos. En cambio, en
lugar de desesperar, decidieron utilizar esa información a su favor en
una estratagema más propia de una novela de fantasía que de la realidad.
«La vanguardia española llegó al puerto en 5 ligeras falúas
(pequeña embarcación destinada al transporte de infantería), de dos
velas triangulares y un mástil ligeramente inclinado hacia la proa, como
las falúas musulmanas», determina el experto.
En cada una de las embarcaciones el engaño estaba listo. Los españoles cambiaron sus banderas por las turcas y se disfrazaron con turbantes para hacerse pasar por los refuerzos que los defensores esperaban. Además, y para asegurarse de que no se descubriera su trampa, se ordenó a varios soldados que tocasen bendires, crótalos y laúdes,
instrumentos usados en la música tradicional árabe. «Así, disfrazados,
les resultó sencillo ser confundidos con los turcos que estaban
esperando», comenta el escritor.
Una trampa que valió una batalla
La mascarada salió a la perfección, y los defensores se
creyeron el engaño. «La estrategia española permitió a la escuadra
anclar muy cerca de tierra (…) Incluso la guarnición de “Hammamet” salió
a recibirlos a la playa acompañada por una gran multitud que se
agolpaba sobre el muelle del puerto.», explica Ruiz de Burgos.
Lamentablemente para todos ellos no eran los refuerzos que esperaban,
sino los barcos cristianos. Fue demasiado tarde cuando se dieron cuenta del grave error que habían cometido.
«Sorprendida la multitud al descubrir el engaño apenas pusieron pie en el muelle los atacantes, huyeron a refugiarse hacia las murallas de la villa.
(…) Los despavoridos civiles arrollaron a los soldados de la
guarnición, mezclándose entre ellos, lo que produjo caídas y
agolpamientos que generaron una mayor confusión», explica el escritor.
Para entonces los españoles ya habían descargado una salva de disparos sobre los turcos y les atacaban furiosos espada en mano.
La victoria fue aplastante, concretamente, murió casi medio millar de turcos.
«Los atacantes, una vez saqueada y destruida completamente la ciudad,
se embarcaron de regreso en dirección a Malta, poco después de avistar
que se aproximaban por tierra más de 3.000 jinetes e infantes moros que,
a toda prisa pero demasiado tarde, llegaban para auxiliar a los
defensores de la villa», sentencia Ruiz de Burgos.
20 españoles contra cientos de indios
Finalmente, la última parada de este viaje debe hacerse en Colombia,
donde la dificultad para transportar tropas españolas provocó que los
soldados tuvieran que agudizar el ingenio para sobrevivir. Por aquellos
años, los habitantes del lugar (los indios pijaos)
trataban de combatir a los españoles usando la guerra de guerrillas,
pues sabían que un enfrentamiento en campo abierto contra ellos
supondría una estrepitosa derrota.
Representación de un soldado español del S.XVI
Por su parte, la táctica de los españoles para defenderse
de los continuos ataques de los indios se basaba en edificar pequeñas
fortificaciones para reducir al máximo el número de bajas. Uno de estos
puestos, el de San Lorenzo de Maitó, defendido por apenas 20 españoles al mando de Diego de Ospina, era de los más castigados de la zona.
Por ello, los defensores decidieron un 16 de mayo de 1607 urdir una curiosa treta para atraer a sus enemigos hacia una trampa. En primer lugar, hicieron correr el falso rumor entre los posibles espías indios de que la mayor parte de la guarnición estaba enferma. A continuación, y una vez cumplida esta parte del plan, alentaron a los enemigos para que les atacasen.
«El capitán Pedro Marcham penetró en el páramo de Bulica (…) y encendió
una falsa fogata para engañar a los guerreros pijaos, ya que era su
señal de convocatoria para el ataque», determina Ruiz de Burgos.
Todo estaba dispuesto, y los indios cayeron en la trampa.
Confiados por la falsa información y la señal de ataque, centenares de
pijaos acudieron a la batalla al mando de uno de sus reconocidos jefes, Kalar-cá. «Cuando llegaron a la empalizada, los españoles les estaban esperando con sus arcabuces y pistolas cargadas y sus picas en ristre», añade el experto.
«Fue el propio capitán Marcham, junto al soldado Juan Bioho, el que consiguió de un certero arcabuzazo acertar en el pecho de Kalar-cá, que cayó muerto,
al igual que muchos de sus guerreros, antes de que los sorprendidos
supervivientes indios se dieran a la fuga», explica el escritor. Con
esta ingeniosa treta, 20 españoles consiguieron resistir el asalto de
centenares de indios.
5 Preguntas a Eduardo Ruiz de Burgos Moreno
E.V/M.P.V MADRID
-¿Cómo era la situación militar de España durante el reinado de Felipe III?
En la época de Felipe III no habrá un solo año sin algún
conflicto bélico. Este reinado merece ser revisado con una mirada más
generosa por la historiografía: Los años de reinado de este monarca,
como pasa con todos los mandatarios, tuvo claros y oscuros pero no fue
su época la que nos terminó quitando a los españoles el mundo que
poseíamos y con el bolsillo roto tras haber gastado nuestra buena
hacienda. Eso lo hicieron otros después.
Durante su reinado la todopoderosa España de entonces
siguió extendiendo su poder y hegemonía por todo el mundo conocido, pese
a lo que dice la historiografía de los últimos cuatro siglos que ha
desdibujado su época y la ha llenado de críticas que, todavía, perduran
sin ser cuestionadas.
De forma simplificada, el imperio global español abarcaba
territorios en todos los continentes desde los actuales Estados Unidos
hasta la Tierra de Fuego austral, islas y costas desde África hasta el
Mar de la China Meridional, territorios en los Mares del Sur y
posesiones por toda Europa. Tan vasto era el imperio español que no sólo
nunca se ponía el sol en sus territorios, sino que sus diferentes
culturas en Europa, América, África, Asia, y Oceanía no se comunicaban
entre sí.
Propiciado por el cansancio general de las continuas
guerras anteriores en suelo europeo, uno de los logros de Felipe III es
que mantuvo la hegemonía imperial española en el mundo durante todo su
reinado y, al mismo tiempo, consiguió una relativa paz con todos los
antiguos enemigos europeos de España (básicamente, Francia, Inglaterra y
Holanda).
-¿Podríamos
decir que durante el reinado de Felipe III España trataba de mantener
un territorio demasiado extenso para sus posibilidades?
Demasiado extenso el imperio español no era porque se
pudo mantener durante más de 3 siglos con escasas pérdidas
territoriales, salvedad hecha de lo que supuso en 1640 (ya bajo Felipe
IV) la sublevación de Portugal, que contó con la ayuda indirecta de una
parte de la oligarquía barcelonesa y su peregrina idea independentista.
El imperio español era realmente extenso porque en
aquella época se necesitaban más de ocho meses para que llegara un
mensaje desde España al Perú y había guarniciones españolas en fuertes,
todavía hoy tan lejanos entre sí, como el de Santa Teresa en Uruguay o
el de Santo Domingo en Taiwán.
-¿Qué coste humano tuvo el reinado de Felipe III?
El coste en términos humanos fue muy alto. Por ejemplo,
en las dos últimas décadas del XVI el promedio de las bajas anuales del
ejército español era de unos 1.500 soldados, totalizando para comienzos
del siglo XVII el equivalente a 18 tercios. Unas cifras extraordinarias
para la época.
Fueron muchos héroes españoles anónimos los que
participaron y murieron durante esta gesta. Sin ellos nuestra lengua y
cultura no sería ni grande ni universal. Ellos extendieron la señal de
identidad de lo español por el mundo. Por estos muertos la España de hoy
significa algo en nuestro mundo actual. Lamentablemente, estos héroes
ya no reciben alabanzas, si acaso al contrario.
Esto es lo que trato de reivindicar con este libro
(primer tomo de los tres que abarca el reinado de Felipe III), que forma
parte de una serie que va desde el descubrimiento de América hasta la
llamada Guerra de Independencia. Quiero recordar que están ahora
cumpliéndose los 400 años de reinado de Felipe III (1599-1621) sin que
se celebren como se merecen.
-¿Cómo
es posible que 20 soldados españoles resistieran contra centenares de
indios?¿Qué diferencias tecnológicas existían entre ambos bandos?
Primero y por encima de todo, muchos de los españoles que
estaban en América habían nacido en Europa y habían cruzado el
Atlántico en uno de los buques de la época. Sólo haber hecho esto
implicaba un valor inusual. Un español de entonces era un señor curtido
con el que era mejor evitar problemas. Ahora nos puede asustar la imagen
de indios caníbales con huesos en sus narices, pero el valor, arrojo y
las armas de un español de entonces les asustaban más a ellos.
En cuanto a las diferencias tecnológicas, además de las
obvias entre armamento de fuego y el que no lo es, adicionalmente algo
que no debemos olvidar es que nuestra cultura permitía a los españoles
conocer, bien oralmente o en libros, tácticas, tretas o movimientos de
combate que los indios ignoraban.
-¿Por qué llamó a su libro «La difícil herencia»?
En una España de hace cuatrocientos años, que hoy ya está
desaparecida, y que extendía su dominio por todos los continentes, la
compleja maquinaria de la Monarquía Hispánica que hereda Felipe III
tuvo, algunas veces no sin improvisación, que enfrentarse a ingentes y
necesarias reformas. Empezó con un paulatino saneamiento y restauración
del país, aunque el proceso en su conjunto no estuvo falto de
incoherencias y desaciertos como lo son sus insuficientes y lentas
medidas para recuperar los recursos nacionales. Además, los problemas
financieros que se arrastran desde el reinado anterior tampoco dejarán
gran margen de actuación política, como se constatará con la quiebra de
1607.
Como ejemplo de la dificultad de manejar esta herencia,
cabe señalar que en el año 1599 la situación con la que tuvo que lidiar
Felipe III se caracterizaba en Europa porque la eterna enemiga Francia
todavía seguía persiguiendo su sueño de romper el cerco territorial al
que le tenían sometida los Habsburgo, porque Inglaterra dedicaba cada
vez más recursos militares para su control militar de Irlanda en
detrimento de sus hasta entonces protegidos holandeses y porque éstos, o
sea la República de las Siete Provincias Unidas de los Países Bajos
(erróneamente llamada simplemente Holanda), intentaban salvar su
independencia contra los deseos de someterla de España.
La estrategia española durante la primera mitad del
reinado (básicamente los años que cubren este primer tomo) se basó en
que franceses, ingleses y holandeses siguieran obligados a destinar sus
principales energías a la conflictiva zona del norte centroeuropeo, lo
que así les impedía poder actuar más intensamente en otras áreas. Es la
misma política que había seguido Felipe II.