jueves, abril 12, 2007

¡CRISTO SURGIÓ VICTORIOSO DEL ABISMO!

AICA Documentos - Monseñor Héctor Aguer

¡CRISTO SURGIÓ VICTORIOSO DEL ABISMO!

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata,
en la celebración de la Vigilia Pascual
(Iglesia catedral, 7-8 de abril de 2007)

Nuestra celebración pascual comenzó en tinieblas. La noche exterior, y la oscuridad que dominaba en el templo, tenían un valor simbólico: representaban el abismo tenebroso de cuya profundidad surge Cristo, la luz del mundo, para iluminar todas las cosas en la aurora de su resurrección. Poco a poco todo el recinto se llenó de claridad. La liturgia incluye esa módica “puesta en escena”, que quiere evocar el sentido dramático del triunfo de la Vida sobre la muerte. De la Vida con mayúsculas, la Vida de Dios. La impresión visual que recibimos permite entender rápidamente y en bloque el significado del misterio pascual. Sin embargo, conviene que ahora, después de haber sido instruidos por la catequesis bíblica desarrollada en la serie de lecturas y oraciones, nos detengamos a elaborar el contenido de los símbolos. Descubriremos en ellos la proclamación del mensaje central de la fe cristiana: Jesucristo resucitó de entre los muertos y subió a los cielos.

Son éstas fórmulas del Credo. Resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, son dos artículos inseparables que van en contrapunto, en concordancia armoniosa, con el que los precede: descendió a los infiernos. Éste es también un artículo de la fe. La Vigilia que estamos celebrando es una prolongación del Sábado Santo; es un lapso o transcurso: en ella el sábado se convierte en domingo, en el Domingo por excelencia, el máximo del año.

No es fácil comprender qué pasó el Sábado Santo; no es fácil porque en realidad no pasó nada. Es el día en que Dios estuvo muerto. La muerte le aconteció a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, fue sufrida personalmente por él. No se disolvió por la muerte la unión de las dos naturalezas –divina y humana- en la única persona del Hijo eterno de Dios, el Verbo encarnado. Se disolvió sí el compuesto humano de cuerpo de carne y alma espiritual y a los dos elementos separados quedó unida la divinidad. Por eso podemos afirmar de Cristo, que es Dios: fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos. No pasa nada, al parecer, litúrgicamente hablando, el Sábado Santo. El Misal trae para ese día esta indicación: la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte... hasta que, después de la Solemne Vigilia o espera nocturna de la resurrección, dé lugar a la alegría pascual.

El descenso a los infiernos expresa la eficacia de la pasión y muerte del Redentor; él llevó la Vida hasta la extrema habitación de la muerte. Su comunión con los muertos, su solidaridad con ellos, es la última prueba de su encarnación. Descendió del cielo –es otra fórmula del símbolo de la fe- significa que se hizo hombre; descendió a los infiernos muestra que se hizo en todo semejante a sus hermanos, que asumió la agonía y la muerte para llevar a los muertos resurrección y vida eterna. El silencioso Sábado que concluye en esta Vigilia nos recuerda que Cristo, manifestado en la plenitud de los tiempos, libera por su muerte a los que le habían precedido en la muerte aguardando la redención, e inaugura una nueva edad para todos los hombres, destinados a morir; desde la mañana de Pascua se les ofrece la gracia de morir con él para resucitar con él.

Descendió a los infiernos. En esta frase, infierno es una traducción inadecuada, porque la afirmación de la fe no se refiere al infierno en su sentido dogmático, que equivale a la condenación, a la frustración definitiva de la esperanza. En esa frase, infierno significa las regiones inferiores, la morada de los muertos, el estado de ultratumba, el hades de los griegos, o más exactamente el sheol de la literatura bíblica.

Sesenta y cinco veces se emplea esta palabra de origen incierto en el Antiguo Testamento. El pensamiento hebreo imaginó el sheol como un lugar bajo tierra, mejor dicho, bajo el gran océano sobre el cual creían los antiguos que flotaba la tierra como un disco plano. Bajar al sheol, significa, en la Biblia hebrea, morirse, caer en esa región de oscuridad cuyos pobladores, en una especie de letargo, nunca ven la luz; allí reina la soledad más absoluta, el completo abandono, en contradicción con la esencia misma de la condición humana que implica la relación vital con Dios y con los hombres.

Esta representación imaginaria describe una realidad existencial que asoma en la experiencia de la angustia, de la enfermedad mortal, del hastío de la vida, de la negrura del pecado. En las lamentaciones bíblicas, el peligro mayor es encontrarse al borde del sheol, ir a sumarse al número de los que bajaron a la tumba. Me has puesto en lo más hondo de la fosa, en las regiones oscuras y profundas –así se queja el autor del Salmo 87, el más triste del Salterio- Tengo mi lecho entre los muertos, como aquellos en los que tú ya ni piensas, porque fueron arrancados de tu mano. Una vida saturada de infortunios es como hallarse en el sheol, el abbadón, el hades, es la muerte en vida. Sin embargo, desde esa hondura del alma, el orante eleva su plegaria. Nosotros recitamos ese Salmo 87 los viernes en el Oficio de Completas, y en la oración conclusiva pedimos la gracia de unirnos con fidelidad al Hijo de Dios en el misterio de su sepultura, para que merezcamos resucitar con él a una vida nueva. Cristo “descendió”, condescendió con los muertos sin redención y asumió la suerte de los que buscan en las tinieblas, para ofrecerles la segura y luminosa esperanza de la resurrección. Hemos escuchado, en efecto, pregonar: ¡Esta es la noche en que Cristo rompió los lazos de la muerte y surgió victorioso del abismo!.

Para los cristianos de oriente, la representación visual de la resurrección del Señor se encuentra en el ícono del descenso a los infiernos: Jesús, vestido de un blanco resplandeciente –el color de la gloria- pisa las puertas derribadas del hades y tiende la mano a Adán, epónimo del género humano. La misma imagen se repite incansablemente en los textos litúrgicos bizantinos, como en los Encomios del Sábado Santo, en los que el coro, en nombre del pueblo, expresa su piedad y compasión. ¿Cómo vemos muerto al Tesorero de la vida? Los ángeles, estupefactos, exclamaban: ¿Cómo puede quedar Dios encerrado en una tumba?... Obedeciendo, oh Verbo, a tu Padre, has bajado hasta el hades tremendo, y has hecho resurgir al género humano... Hoy, el hades grita gimiendo: ¡Ha sido destruida mi potencia! He recibido a un muerto como uno más de los mortales, pero no puedo en absoluto retenerlo, y con él perderé a los muertos sobre los cuales reinaba; poseía a los muertos desde siglos, pero ahora él los hace resurgir a todos. ¡Gloria, Señor, a tu cruz y a tu resurrección!

Las expresiones citadas parecen ficciones alegóricas, pero contienen una realidad teológica, proclaman la verdad central de nuestra fe; producen impresiones que se imponen a nuestros sentidos y más que inducirnos a un razonamiento lógico nos invitan a la adhesión ferviente, a la afirmación entusiasta, para ratificar la verdad con un rotundo amén. La resurrección del Señor es la fuente de una gracia que puede transformar la vida terrena para que sea vida según el Espíritu, por la que discurran las energías sobrenaturales que hacen posible verificar con decisiones y en los hechos, con neta coherencia entre el pensamiento y la conducta, nuestra condición de cristianos, discípulos del Resucitado. Las energías de la gracia pascual -¡hay que creerlo!- poseen un poder de transformación. Con ellas, que son fuerzas de libertad y liberación, se puede superar la fragilidad congénita que nos habita, vencer los tintes amargos, siniestros, que asaltan el alma cuando nos agobian la incertidumbre, las vicisitudes a las que no nos conformamos, o el peso de nuestras culpas. Como reza el salmista: Si dijera: ¡que me cubran las tinieblas y la luz se haga noche en torno a mí! Las tinieblas no serían oscuras para ti y la noche sería clara como el día (Sal. 138,11).

La cultura contemporánea –llámese moderna o posmoderna- hace saborear al hombre y la mujer de nuestro tiempo la experiencia del infierno. Experiencia de hechos exteriores, de terribles calamidades colectivas, y de horrores íntimos, intransferiblemente personales. La historia del siglo XX, tan cercana, es elocuente; en la literatura de esos años se refleja la obsesión de la muerte, el silencio de Dios, la abolición de los signos de su presencia, la rotura de los vínculos solidarios. Algo habían intuido los “poetas malditos” de la centuria anterior. Pero luego sobrevino lo peor, escenas de apocalipsis en Auschwitz y en el vastísimo archipiélago Gulag, en guerras y hambrunas inacabables, y en una nueva concepción del hombre, que parece acomodarse a la experiencia del infierno, como se lee en las obras de Sartre o en las interpretaciones cautivantes y terribles de Freud. El infierno de la falta de amor. Una poesía de Hermann Hesse señala una vertiente bien sensible: Extraño, caminar en la niebla; la vida es soledad. Los hombres no se conocen: todos están solos.

Estos antecedentes se precipitan al siglo XXI, que, según se dice, habría comenzado en 1989. ¿Cuál será su rumbo? Por ahora el horizonte aparece poblado de amenazas, el talante colectivo minado por fatigas prematuras, el hombre buscando en vano un fragmento de sentido en medio de la sinrazón. Se ha llamado a esta época poscristiana. Tal vez existe una poderosa voluntad, un Gran Hermano, que procura tenazmente que lo sea. Llama la atención que se difundan con tanta frecuencia ataques a la verdad del cristianismo, como las fábulas pseudocientíficas que presentan con desparpajo los canales Discovery, History o National Geographic. Sin embargo, las multitudes reclaman, de modo clamoroso o silente, esa verdad. Más aún, reclaman a Cristo, gritan su necesidad de él, de su luz, de su amor, de su resurrección.

Los argentinos también tenemos nuestra experiencia del infierno. De un infierno que se repite cíclicamente, con brevísimos, casi imperceptibles intervalos de alivio. Más que infierno es una especie de infiernillo nacional; uso el diminutivo porque no parece serio, pero lo es: arruina la vida de tantísimos compatriotas, frustra sucesivamente los atisbos de esperanza, especialmente la esperanza de los jóvenes; se suceden los ciclos de gobierno, pero todo sigue igual, es decir cada vez peor; el tejido social se desagarra y es sometida a pruebas cada vez más recias la paciencia de los pobres –de los de siempre y de los nuevos pobres. Para un pueblo hay un infierno más hondo, compatible con las ilusiones de una momentánea bonanza económica: la decadencia de su cultura y de su religión.

Cristo desciende a los infiernos del mundo contemporáneo, llevando el trofeo victorioso de la cruz. Desciende por los caminos secretos que sigue su gracia, y por la presencia, la lucha y el testimonio de sus discípulos, de nosotros, que creemos y celebramos su resurrección.


Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata