domingo, marzo 01, 2015

ALDO RICO, jefe de la Compañía 602 de Comandos y unánimemente reconocido como un gran soldado en Malvinas, explica de un modo certero el accionar de nuestros soldados conscriptos. Al final, le gana la emoción...

Fuerza Aérea Argentina en Malvinas (video no oficial)

Mons. Héctor Aguer

El derecho a blasfemar
Artículo de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, publicado en el diario "El Día" el 17 de febrero de 2015

El espantoso crimen cuyas víctimas fueron los redactores del semanario Charlie Hebdo ha pasado a un segundo plano, o más bien digamos que el periodismo local ha tenido que ocuparse de la enigmática muerte del fiscal Nisman. Sin embargo, me parece oportuno sumarme al debate suscitado hace algunas semanas sobre lo sucedido en París: el asesinato de los autores del periódico, bien conocido por sus punzantes sátiras. ¿Es legítimo burlarse de todo? ¿Es absoluta la libertad de expresión o debe reconocer fronteras a respetar?

La discusión que se ha entablado sobre los límites que sería posible marcar a la libertad de expresión, conlleva asimismo una consideración sobre la blasfemia, ya que éste ha sido el pretexto del crimen. De la blasfemia, en ese caso, según el islamismo. En el ámbito de la fe cristiana, la enseñanza de la Iglesia es, en este punto, bien clara; se trata de un pecado grave. El Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por San Juan Pablo II, expresa en el número 2.148: “La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento (del Decálogo). Consiste en proferir contra Dios -interior o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltar el respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios… la prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas”. Es oportuno señalar que en el mismo parágrafo se califica de blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, para torturar o dar muerte. Según esta extensión del concepto, el atentado contra Charlie Hebdo, cometido en nombre de Alá, configura un caso de blasfemia. Notemos de paso que la primera acepción de este sustantivo en el Diccionario de la Real Academia coincide con la definición del Catecismo.

Dos derechos
Volvamos al debate sobre la libertad de expresión, que es un derecho humano fundamental. Pero esta condición, no sólo jurídica sino también ética, no puede extenderse indefinidamente sin avanzar sobre otro derecho de idéntica entidad: aquel del que goza toda persona a que se respeten sus convicciones religiosas. El reconocimiento de este derecho, que debe ser asumido en el ordenamiento legal, es imprescindible para asegurar la convivencia democrática. No se la puede vulnerar impunemente. Digo impunemente refiriéndome a la necesidad de que lo castiguen las leyes. El Papa Francisco lo ha expresado gráficamente durante el vuelo a Filipinas con una analogía que no tenía por qué despertar las reacciones que se hicieron oír; era fácil entender que se trataba de una comparación. Piña, si usó esta palabra, es un argentinismo; el Santo Padre quiso rubricar, diría yo, con un espontáneo escape de porteñismo, con una boutade bien nuestra, lo que él mismo estaba enseñando sobre la libertad de expresión y sus fronteras éticas. Tal derecho no puede erigirse en un absoluto. Lo que dijo Francisco es pura doctrina católica: la libertad de expresión tiene límite, que no constituyen un menoscabo, sino que le otorgan su pleno sentido en una recta concepción del hombre, de su naturaleza y sus derechos.

Cualquiera puede atribuirse la libertad de blasfemar pero no tiene derecho a hacerlo; no puede ofender la libertad y el derecho de los demás. Tiene que atenerse a las consecuencias; en un régimen democrático ese límite deben marcarlo las leyes con las penas correspondientes a quienes lo violen. Proclamar la blasfemia como un derecho implica la seguridad de hacer lo que a uno le venga en ganas, de reírse de todo, de denostar las convicciones religiosas de una porción o aun de la mayoría de los ciudadanos, cualquiera sea la religión que profesen.

El caso de Charlie Hebdo representa un malogro de la famosa laicité, de la cual Francia se enorgullece, y asimismo la crisis de la cultura iluminista. Sin negar sus posibles valores, me parece que la laicidad -en castellano se llama laicismo- desconoce el carácter natural del hecho religioso. El hombre es, por naturaleza, un ser religioso; la fenomenología de la religión lo ha demostrado abundantemente. Cito a G. van der Leeuw: “El sentido religioso de las cosas es aquel al que no puede seguir otro más amplio o más profundo… la religión implica que el hombre no toma sin más la vida que se le ha dado”.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

Destituyente; golpista; palos en la rueda; mentirosa; etc.


Los tercios de Flandes La batalla de Gembloux: Don Juan de Austria y Farnesio aplastan a 25.000 rebeldes

Una arriesgada carga de caballería encabezada por Farnesio sirvió la victoria española: «Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja en un hoyo para sacar de él una cierta y grande victoria hoy»

La batalla de Gembloux: Don Juan de Austria y Farnesio aplastan a 25.000 rebeldes
La Guerra de Flandes, también conocida como Guerra de los 80 años, vivió el momento más comprometido para los intereses hispánicos en el año 1576. Lo que había comenzado como una rebelión de carácter religioso contra Felipe II, sobre todo en la zona norte de los Países Bajos –las provincias Zelanda y Holanda–, evolucionó en una desobediencia general tras la repentina muerte del gobernador Luis de Requesens y el motín de las tropas en 1576. A la llegada del nuevo gobernador designado por el Rey, Don Juan de Austria, la posición española era crítica, casi irreversible. Un día después de que el hermanastro del Rey pusiera tierra en Luxemburgo, el Saqueo español de Amberes predispuso a todas las provincias en contra de «los extranjeros». La labor del héroe de Lepanto se presumía hercúlea y, aunque el Monarca no estaba todavía dispuesto a aceptarlo, iba a requerir hasta el último hombre de los temidos tercios.
Para recuperar la fidelidad de los nobles moderados y bajo las instrucciones del Rey, Don Juan de Austria retiró a los tercios españoles del país en abril de 1577. Pagó los atrasos a los soldados con el dinero que el Papa Gregorio XIII le había entregado tras la batalla de Lepanto y pidiendo varios préstamos personales. Además, firmó el Edicto Perpetuo, un documento que eliminaba la Inquisición y reconocía las libertades flamencas a cambio del reconocimiento de la soberanía de la Corona española y la restauración de la fe católica en el país. Pero lejos de respetar lo firmado, Guillermo de Orange insistió en su rebelión y buscó la forma de eliminar a Don Juan de Austria, cuya estrategia de pacificación amenazaba con echar al traste sus planes.
La batalla de Gembloux: Don Juan de Austria y Farnesio aplastan a 25.000 rebeldes
Don Juan de Austria
Con solo una veintena de soldados bajo su cargo y reducido a ser un títere político, Don Juan de Austria abandonó Bruselas apresuradamente y se refugió por sorpresa, abusando de la invitación de su castellano, en la fortaleza de Namur (hoy en la región belga de Valonia), desde donde pidió sin éxito ayuda a Felipe II. «Los españoles están marchándose y se llevan mi alma consigo, pues preferiría estar encantado de que esto no suceda. Ellos (la nobleza local) me tienen y me consideran una persona colérica y yo los aborrezco y los tengo por bravísimos bribones», escribió Don Juan de Austria a su amigo Rodrigo de Mendoza sobre la situación desesperada que estaba viviendo. Después de suplicar por el envío de tropas, el Rey autorizó el regreso de los tercios españoles a finales de 1577.
El hijo bastardo de Carlos I de España celebró el regreso de los tercios con gruesas palabras: «A los magníficos Señores, amados y amigos míos, los capitanes de la mi infantería que salió de los Estados de Flandes. [...] A todos ruego vengáis con la menor ropa y bagaje que pudiéredes, que llegados acá no os faltará de vuestros enemigos».

El regreso a Flandes quedó empañado por la muerte del maestre de campo Julián Romero

Alejandro Farnesio –sobrino de Don Juan de Austria pero de la misma edad y también combatiente en Lepanto– guió un ejército de 6.000 soldados de élite en dirección a Flandes. Para alcanzar su objetivo, los tercios recorrieron el conocido como Camino español, un logro logístico que abría un corredor de Milán hasta Bruselas, en poco más de un mes. No obstante, la celeridad y fervor desplegado para acudir en ayuda de Don Juan de Austria, una figura muy apreciada por los soldados, quedó empañada por la muerte de un monumento del ejército español: el maestre de campo Julián Romero, que falleció en las vísperas de la campaña. Cerca de la ciudad de Cremona cayó fulminado de repente. Tenía cincuenta y nueve años –llevaba combatiendo desde los 16 años– y le faltaba un brazo, un ojo y una pierna.

En Namur comienza la reconquista de Flandes

A principios de 1578, el año de la venganza española por las afrentas contra el gobernador de Flandes, Don Juan de Austria se trasladó de Namur a Luxemburgo, donde los tercios españoles se congregaban junto a tropas locales y mercenarios extranjeros. En total, las fuerzas hispánicas sumaban 17.000 hombres, lo cual inspiró cierto temor en los rebeldes, que comenzaron a pedir ayuda a Francia, Inglaterra, Alemania y a cualquier país que quisiera «quemar las barbas del Rey español». Pero era tarde, la maquinaria de los tercios ya estaba en marcha.
La batalla de Gembloux: Don Juan de Austria y Farnesio aplastan a 25.000 rebeldes
Alejandro Farnesio
Un ejército reclutado a toda prisa por los Estados Generales de los Países Bajos se amparó en su superioridad numérica, 25.000 hombres, para dirigirse a Namur, donde Don Juan de Austria había regresado acompañado por los 17.000 soldados. Guillermo de Orange, que mantenía el control político de prácticamente la totalidad de los Países Bajos –incluidas las provincias católicas–, consideraba que la mejor oportunidad para atacar a los españoles era ahora, después de una larga travesía y un periodo de inactividad. No en vano, quizá calculando sobre el terreno que el número daba igual frente a la calidad de las tropas allí congregadas por los españoles, los rebeldes decidieron finalmente retroceder en dirección a Gembloux. Allí tuvo lugar la batalla, un 31 de enero de 1578. No sin antes, en la noche previa al combate, añadir Don Juan de Austria al estandarte real que portó en la batalla de Lepanto la frase: «Con esta señal vencí a los turcos, con esta venceré a los herejes». La confianza del español en la capacidad de sus tropas rozaba la arrogancia.
La confrontación comenzó con una escaramuza encabezada por Octavio Gonzaga, otro de los hombres de confianza de Don Juan de Austria, a la cabeza de 2.000 soldados con el fin de entretener al grueso del ejército enemigo. Con tan mala suerte para los rebeldes que, yendo más lejos de sus instrucciones, las tropas de Gonzaga empezaron a hacer retroceder la línea enemiga. Temiéndose que el enemigo se abalanzara de golpe como respuesta, Don Juan de Austria ordenó a un capitán llamado Perote, cuya compañía se situaba en la vanguardia y seguía avanzando, que retrocediera. Indignado, pues pensó que le trataban por un cobarde, Perote contestó de malas maneras, sin retroceder un palmo, «que él nunca había vuelto las espaldas al enemigo, y aunque quisiera no podía».

«Alejandro se arroja en un hoyo para sacar de él una cierta y grande victoria»

Al contrario, el ejército rebelde no solo no contraatacó sino que fue retrocediendo aún más hasta quedar encajonado en lo bajo y angosto de un paso en pendiente. Una vez más, la baja disciplina de las tropas rebeldes, reclutadas a toda prisa con el oro como única razón de ser, cedía frente al oficio de los tercios españoles. Y viendo que la victoria estaba al alcance de la mano, Alejandro Farnesio –al que Don Juan de Austria había pedido que no se alejara de su lado– le arrebató a un paje de lanza la que llevaba y montó en el primer caballo que encontró libre para dirigir en persona una carga de caballería. «Id a Juan de Austria y decidle que Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja en un hoyo para sacar de él, con el favor de Dios y con la fortuna de la Casa de Austria, una cierta y grande victoria hoy», afirmó Farnesio según citan las crónicas de Faminiano Estrada. El ataque del sobrino de Felipe II, Duque de Parma, fue secundado por algunos de los más importantes hombres del ejército: Bernardino de Mendoza –que sería nombrado posteriormente embajador en Inglaterra–, Juan Bautista de Monte, Enrique Vienni, Fernando de Toledo –el hijo ilegitimo de el Gran Duque de Alba–, Martinengo, y Cristóbal de Mondragón, entre otros.

Una victoria de la caballería: 10.000 bajas

Las repetidas cargas seleccionadas quirúrgicamente por Alejandro Farnesio pusieron en fuga a la caballería rebelde, superior en efectivos pero no en experiencia. En su desordenada huida, la caballería se estrelló con la infantería que permanecía encajonada a su espalda, de manera que «en parte la estropearon, y del todo la desampararon». Junto a la infantería española que fue en su apoyo, sobre todo los hombres de Gonzaga, la caballería arrebató al enemigo 34 banderas, la artillería y todo el bagaje. En su desesperada fuga, unos en dirección a Bruselas y otros hacia la fortificación de Gembloux, se produjeron la mayoría de las bajas enemigas: más de 10.000 entre muertos y capturados. Como demostración de la enorme distancia que separaba a ambos ejércitos, la mejor infantería de su tiempo, la española, solo contó una veintena de bajas en aquella jornada.
La batalla de Gembloux: Don Juan de Austria y Farnesio aplastan a 25.000 rebeldes
Detalle del cuadro «El Camino español»
Al finalizar la batalla, Don Juan de Austria reprochó a Alejandro Farnesio que había arriesgado su vida «como si fuera un soldado y no un general». El Rayo de la Guerra replicó a su tío que «él había pensado que no podía llenar el cargo de capitán quien valerosamente no hubiera hecho primero el oficio de soldado». Un incidente que, sin embargo, no afectó a la amistad entre ambos familiares, quienes enviaron a Felipe II dos cartas por separado atribuyéndole enteramente la victoria el uno al otro.
La batalla de Gembloux sorprendió a Guillermo de Orange y al resto de cabecillas de la rebelión festejando en Bruselas que el poder del Imperio español había quedado reducido a controlar Luxemburgo y la ciudad de Namur. No imaginaban que su ejército pudiera mostrarse tan frágil frente a los españoles. Cuando llegaron los rumores de lo que había ocurrido, abandonaron Bruselas y se refugiaron en Amberes sin esperar a que se confirmara la derrota. Don Juan de Austria continuó hasta su extraña y fatídica muerte en octubre de ese mismo año con la ofensiva, avanzando de victoria en victoria por la provincia de Brabante, y posteriormente cedió el testigo a Alejandro Farnesio, que valiéndose de una mezcla de fuerza y dialogo fue el general español que más cerca tuvo la victoria final. Solo Felipe II y su mesiánico empeño por inmiscuirse en todos los frentes posibles (Flandes, Portugal, Inglaterra, Francia…) pudieron diluir la obra que Farnesio inició en Gembloux.

Cuatro preguntas a Santiago Cubas Roig

/ mADRID
Como redactor jefe de la Revista de Historia Militar, el coronel Santiago Cubas Roig conoce mejor que nadie la importancia de divulgar la superdotada historia militar de España. La Guerra de Flandes, un teatro de operaciones donde el Imperio español se jugó su supervivencia, es uno de los focos que más interés está concentrando en el Instituto de Historia y Cultura Militar –responsable de la edición de la citada publicación– en los últimos tiempos. El coronel responde a ABC sobre las cuestiones más controvertidas en torno a la batalla de Gembloux.
–Una vez ordenado el regreso de los tercios desde Italia, la marcha fue especialmente briosa pero también vivió un momento trágico con la muerte de Julián Romero, un personaje muy importante para el ejército
Efectivamente, fue brillante, un héroe querido por los suyos y respetados por el enemigo. Sin embargo, para el momento histórico en que nos encontramos, no resultó un inconveniente fatal su muerte, el trabajo ya estaba hecho, la reorganización de los tercios para su vuelta. Los españoles estaban indignados porque se les había hecho salir como criminales de Flandes, en el vano intento del Rey Prudente de pacificar los ánimos. Sin duda tener a Romero a su frente, habría animado a los soldados, pero, ésta era una ocasión especial. Les llamó Juan de Austria, el héroe, a ellos, les necesitaba, volaron en su ayuda. El Tercio de Lope de Figueroa dejó instaurado un record de velocidad, al recorrer los 1.000 Km en treinta días. La carta en la que les llamó, escrita en tono personal, a ellos, a cada uno de ellos, les decía que fueran ligeros de equipaje, para ir más deprisa, que ya tomarían lo que necesitaran de sus enemigos.
–¿Qué hace pensar al ejército rebelde que puede imponerse en batalla campal a los españoles, después de tantas derrotas en el pasado?
Recordemos la situación. Todo Flandes estaba en poder del Príncipe de Orange, hasta las mismas regiones católicas. Solo Luxemburgo, más alejado, permanecía fiel a su señor natural, el Rey de España. Al norte del Rin, Alemania era protestante. Los Países Bajos actuales eran Germania inferioris, o sea los alemanes bajos. No era difícil conseguir tropas protestantes en la inmensidad de los estados protestantes alemanes del interior, los alemanes altos, de la Germania superioris. El mismo Príncipe, que intentó dos sublevaciones sucesivas en pocos meses, con dos ejércitos de mercenarios alemanes, fue derrotado en sendas ocasiones por el Duque de Alba. En el caso que nos ocupa, el de Orange pensaba dar un golpe de gracia a la autoridad del Rey. No esperaba una reacción tan rápida de los españoles, ni creía que pudieran oponérsele después de tan largo viaje a pie. Además, estos ejércitos reclutados con prisas, no estaban nunca cohesionados, acudían a la llamada del dinero y el posible botín y no tenían, en esa época, la consistencia que llegaría a alcanzar décadas más tarde el bando protestante, sobre todo el ejército de las Provincias Unidas.
–Gembloux es una de las pocas victorias españolas del periodo donde la caballería resulta determinante. ¿Por qué en esta batalla sí es protagonista la caballería española?
A los rebeldes les sorprendió la llegada, finalmente, de los tercios desde Italia, entre ellos como ya he citado, el de Lope de Figueroa. Lope, diez años antes, había sido con su intervención al mando de una compañía del Tercio de Sicilia, el originador de la victoria de Gemmingen, una de las dos victorias del Duque de Alba citadas anteriormente. Cuando llegaron, Don Juan se preparó para la batalla. Según el capitán Alonso Vázquez, Juan de Austria no dejó de reconocer constantemente los movimientos del enemigo ni intentar obtener información. Relata la captura de un mozalbete, enemigo, que le confiesa que todos sus compañeros están pensando abandonar el campo, al saber de la llegada de las tropas españolas desde Italia. La edad y calidad bisoña del joven prisionero y su voluntad de colaboración, hacen reconocer a Juan de Austria la ocasión de la victoria. Siempre convocando consejos de guerra, decide atacar, animado por Alejandro Farnesio. Porque, además, ven, por los constantes reconocimientos, que efectivamente el enemigo hace movimientos que podrían significar la toma de la iniciativa por su parte o su huida.
Para evitar que tome la iniciativa o huya, Don Juan emplea la caballería, para fijarles, sin esperar a que la infantería llegue primero, atacando los dos flancos del enemigo, con italianos y españoles. La caballería consigue, no solo fijarles, sino romper sus flancos. La infantería, a paso largo, llega, se arrodilla, reza a la Virgen Santísima, se levanta y al grito de ¡Santiago!¡España!¡Cierra!, cierra sobre el centro, aún fuerte, del enemigo y lo destroza.
–El propio Alejandro Farnesio encabezó la carga de la caballería exponiendo su vida. ¿Cuánto era costumbre que se expusieran al combate directo los generales del periodo?
No estaba nunca aceptado ni era costumbre, como es lógico, en enfrentamientos de miles de hombres, donde acciones de ese tipo podían dejar descabezado al Ejército, cosa en ningún caso buena. Don Juan lo expresa claramente cuando le reprende: «No os he traido para que muráis como soldado sino para que me auxilieis como general», aunque, según el relato de Alonso Vázquez, el mismo Juan de Austria comenta que comprende que un caballero de su edad no podía haber hecho otra cosa. Motiva mucho a un soldado que su general entre en batalla con él, o que se ponga a cavar una trinchera con él, o que le visite en el lugar más expuesto, aunque, probablemente, fueron pocos los que se enteraron en el momento. El hecho daría gran popularidad y fama a Alejandro, lo cual, sin duda, le sirvió posteriormente.

«22 derrotas navales británicas», el libro que desmonta la invencibilidad inglesa

Víctor San Juan ha seleccionado los más representativos fracasos de la Royal Navy para trazar una obra donde la intervención de la Armada española es crucial. De las incursiones castellanas en la Guerra de los Cien años al punto final que supuso Singapur, 570 años de victorias y tropiezos

 


¿Eran los británicos invencibles en la mar? Si hiciéramos caso a Hollywood eso parecería, salvo porque es completamente falso. Víctor San Juan, uno de los autores más prolíferos de historia naval en España, presentó este jueves en el Salón de Actos del Cuartel General de la Armada el libro «22 derrotas navales británicas», que amenaza con terminar con el mito de la invencibilidad inglesa, al menos en nuestro país.
«Si le pedimos a un inglés o a un español que cite tres derrotas de la Armada española, si es mínimamente conocedor de la historia, lo hará sin muchas dificultades: la Armada invencible, Trafalgar y la Guerra de Cuba, dirá probablemente. No obstante, si le pidiéramos que hiciera lo mismo con la Royal Navy le sería casi imposible mencionar siquiera tres», explica Víctor San Juan. Según el trabajo realizado por este autor para la editorial Navalmil, que originalmente empezó con una lista de 30 derrotas, los fracasos británicos son muy frecuentes: en el periodo de máxima efervescencia de su flota ocurrieron uno cada 20 años.
Frente a los falsos mitos y la dejadez española, nació la idea de crear un libro para cubrir «las piezas que faltan en nuestra historia». «Muchas derrotas las causó España, pero aquí permanecemos anclados a la cultura de la derrota», sostiene Alejandro Klecker, editor de Navalmil. Con el mismo propósito de «22 derrotas navales británicas», Klecker y su familia comprometieron hace pocos años su patrimonio personal y todo su entusiasmo en la creación de una editorial que ayudara en la divulgación de la cultura naval y a arrojar luz sobre episodios olvidados de un país que se empeña, una y otra vez, en vivir de espaldas al mar. «A nivel de colegios e institutos no se aborda apenas la historia naval, pero es que en la universidad hasta hace poco era una total desconocida», señala el editor del libro, que recuerda que la Cátedra de Historia Naval fue creada recientemente.
«22 derrotas navales británicas», el libro que desmonta la invencibilidad inglesa
Presentación del libro «22 derrotas navales británicas». El editor, Pedro Giner de Lara, el autor y el Almirante J. Antonio González Carrión
A lo largo de los 570 años de Historia que recorre el libro, Víctor San Juan repasa desde derrotas inglesas que hoy día parecen estar recuperándose del olvido, como Cartagena de Indias, la Contraarmada o Tenerife, hasta otras confrontaciones desconocidas para el gran público como Veracruz, Atacames, Cádiz o el Raid del Medway. Entre las más ignoradas por el tiempo, el autor madrileño se detiene en la Incursión Castellana de 1380, cuando Fernando Sánchez de Tovar logró penetrar por el Támesis y asolar Gravesend.
No en vano, pese a lo que pudiera parecer por el título, el libro no busca la revancha contra un país que «hoy está unido a España por fuertes lazos militares a través de la OTAN y por la lucha común contra la barbarie que representan amenazas como el Estado Islámico», precisa Klecker. Así, la obra «22 derrotas navales británicas» también sirve para poner en liza el intercambio tecnológico y táctico entre las escuadras de ambos países. Si bien es cierto que España copió las nuevas técnicas de construcción naval a mediados del siglo XVIII a través de figuras como el espía y científico Jorge Juan, también lo es que la aparición del primer Destructor español influyó enormemente en los diseños de la Royal Navy. Asimismo, el sistema de convoyes usado por la Flota de Indias desde tiempos de Felipe II para trasladar los metales preciosos desde el Nuevo Continente fue posteriormente imitado –aunque resulte complicado encontrar a algún autor inglés que lo reconozca– por los británicos en la Primera y en la Segunda Guerra Mundial para esquivar a los buques y submarinos alemanes apostados en el Atlántico.

Cuatro preguntas a Víctor San Juan

Madrid
–¿Cómo surge la idea de escribir un libro sobre un tema tan específico como éste?
Desde hace años llevaba recopilando los temas de las derrotas inglesas en mis estudios de la historia naval española. En un momento dado me di cuenta de que faltaba algo en la historiografía. Si bien las victorias españolas han sido abordadas en profundidad por Agustín Ramón Rodríguez González en sus trabajos, creí que podía aportar algo sobre las poco documentadas derrotas inglesas. Ha sido un trabajo duro, pero ha merecido la pena. La gente está apoyando mucho este libro.
–¿Cuál es el error o vicio más frecuente en las derrotas británicas?
Los errores tácticos y humanos son los mismos que puedan tener españoles, franceses o cualquier escuadra. En el caso inglés, se viene a repetir mucho el despreciar o menospreciar al enemigo: la arrogancia. Pero si algo diferencia sus derrotas del resto es su tendencia a esconder estos fracasos, como ocurrió en Cartagena de Indias. Aunque también es cierto que muchas derrotas británicas han sido bien documentadas, sin caer en manipulación alguna, por los propios historiadores ingleses. Lo que ha faltado en España es el interés por leer y estudiar estos episodios. Hemos permitido durante demasiado tiempo que nuestros enemigos escondieran los méritos españoles. Eso es culpa nuestra.
–¿Cuál fue la derrota más desastrosa para las Islas Británicas?
Hay muchas. La Contaarmada que Isabel I mandó contra España en 1589, Cartagena de Indias –donde Blas De Lezo frenó a Edward Vernon– y especialmente el conflicto de las 13 Colonias –que terminó con la independencia de EE.UU– fueron las tres más onerosas. A nivel moral, la batalla de Singapur, donde los japoneses neutralizaron la Royal Navy durante la II Guerra Mundial, fue el golpe más duro y el que marcó el final del dominio británico en los mares.
–De entre todas las rivalidades protagonizadas, ¿Cuál ha sido el país que más problemas ha causado a los ingleses?
Eso depende mucho del siglo. Durante el siglo XVI, la rivalidad entre España e Inglaterra fue muy recurrente. En el XVII, ya entra en escena Francia, que siempre ha cosechado más derrotas que victorias contra Inglaterra. Mucha más que España, de hecho nuestro balance de derrotas y victorias respecto a Inglaterra está bastante parejo. El de Dinamarca y Holanda es incluso peor que el de Francia. Estamos acomplejados porque nos quedamos con verdades a medias, pero no podemos olvidar que somos de los países que mejor nos ha ido contra los británicos.

jueves, febrero 26, 2015

EL PAIS” – TRIBUNA-- ESPAÑA

Alberto Nisman, víctima y síntoma

El fiscal fue víctima de una sociedad anómica, un sistema político disfuncional y un gobierno perverso, corrupto y desconectado de la realidad

Para escapar del Laberinto, donde habían sido encerrados por Minos, Dédalo fabrico alas para él y su hijo, Ícaro, y así volar hacia la libertad. Dédalo instruyó a Ícaro no volar cerca del sol, porque las alas estaban adheridas a su cuerpo con cera. Desoyendo a su padre, sin embargo, y ante la fascinación de ser capaz de volar, Ícaro voló tan alto y tan cerca del sol que el calor derritió la cera que sostenían sus alas. Las perdió y cayó al mar, donde murió.
La alegoría es por Alberto Nisman, quien voló demasiado alto para una sociedad resignada a que los poderosos queden siempre impunes y la verdad, oculta. Todos estos años siguiendo su investigación sobre el caso AMIA, cada vez más cerca del fuego, siempre pensé en la analogía de Ícaro. Nisman fue un Quijote dispuesto a llegar a la verdad hasta sus últimas consecuencias. Descubrió que el gobierno que le encomendó esa tarea, ahora, en la figura de la viuda y heredera política de quien lo nombró, era cómplice de los criminales que él mismo había identificado y acusado. Y eso por petróleo, así de insignificante.
Nisman se propuso exponer la simulación de un gobierno corrupto y ahora también criminal. Su fingida retórica de derechos humanos, de igualdad de género, tan progre y tan moderna, se desvanecería para siempre ese lunes en el Congreso Nacional, ese lunes al que Nisman nunca llegó. Ese lunes habría sido el momento más dramático de la historia política argentina desde 1983. Y, al final, el día más dramático fue el anterior, el domingo de su muerte, una muerte solitaria. Tan cerca del fuego, el calor derritió sus alas.
Ahora mártir de la democracia argentina, no puedo dejar de pensar en Nisman muriendo en un departamento de Puerto Madero, ese lugar horrible, barrio irreal sin historia, ni afecto, ni identidad, burda imitación de Miami Beach, pero más caro y sin sentido estético alguno. En ese lugar, arquetipo del exceso y la ostentación, bunker del kirchnerismo y aguantadero de sus más corruptos funcionarios, allí murió Nisman, en soledad.
Nunca sabremos la verdad. Tal vez se suicidó. No puedo evitar recordar a Favaloro, quien se mató porque Argentina era demasiado corrupta para alguien que solo aspiraba a curar. ¿Qué menos haría quien solo buscaba justicia al darse cuenta que el mismo gobierno que iba a la AMIA cada año a honrar a las víctimas del terrorismo, era cómplice de los terroristas? O tal vez lo asesinaron cualquiera de las mafias a las que desnudó, la de Irán y sus trasnochados socios locales, la de los servicios de inteligencia politizados, o la de un gobierno hundido en el barro de una corrupción de inimaginables proporciones. O las tres mafias juntas conspirando contra la verdad y la justicia prometida a los familiares de la AMIA.
Ahora Nisman es la víctima número 86 de aquel ataque, solo que a él no lo mataron los terroristas, a él lo matamos entre todos, de a poco. En realidad no importa demasiado quien apretó ese gatillo, porque Nisman es nuestra víctima, seamos sinceros, asesinado también por una sociedad anómica, un sistema político disfuncional y un gobierno perverso, corrupto y desconectado de la realidad al que votamos no una, no dos, sino tres veces. ¿Acaso no ha sido una verdadera crónica de una muerte anunciada?
Al mismo tiempo Nisman es un síntoma. Su muerte y el acoso sufrido en vida—siendo además fiscal federal—son el síntoma más feroz de toda esa patología colectiva. Tal vez empezamos a matarlo cuando asesinaron a José Luis Cabezas en 1997, un reportero gráfico que seguía pistas de corrupción entre contratistas del Estado, o cuando desapareció Jorge Julio López en 2006, querellante en un juicio por violación de derechos humanos por quien la justicia no hizo demasiado.
Tal vez lo matamos cuando gritamos “que se vayan todos”, acelerando la descomposición de un sistema político que jamás se recuperó de aquella crisis. Tal vez lo matamos con la fragmentación del peronismo, nunca más evidente que en 2003 cuando tres peronistas se disputaron la presidencia. Aquello transformó lo que había sido el partido político más importante de la Argentina en una mera confederación de jefes territoriales sin cohesión alguna, obligados entonces a negociar el control de sus distritos con toda forma de ilegalidad imaginable: el juego, el tráfico y las barras bravas del fútbol.
Esto importa porque de las ruinas de ese partido político nació el kirchnerismo, un proyecto que entendió la conveniencia de la fragmentación y se abocó a profundizarla, haciendo política siempre con la chequera en la mano, intimidando al crítico, centralizando todo el poder en el Ejecutivo y financiándolo con los precios internacionales más favorables que Argentina tuvo en al menos dos generaciones.
A ese tren se subió más tarde la actual Presidente, decidida a exacerbar ese modo de hacer política instalado por su pragmático esposo, pero ahora con un barniz pseudo ideológico presentado como moralmente superior, barniz tal vez extraído de pretender ser una intelectual de izquierda. Una Presidente que sonaba como Mafalda pero cuyos zapatos de Prada siempre le recordaron al país que en realidad es Susanita. Y digo sonaba porque parece haberse curado repentinamente de su crónica verborragia: ahora está muda.
Tal vez allí también comenzó a morir Nisman. Toda esa hipocresía ha sido el sello de una época que hoy concluye en una muerte trágica, y que transformó ese estilo de hacer política en algo aún más perverso y autoritario. La viudez le puso en bandeja la reelección, y usó la empatía popular para hacerse impune y, con un cierto fundamentalismo, justificar el acoso a la prensa crítica, la intimidación a los jueces y fiscales independientes, la politización de la inteligencia, las platas mal habidas y la pretensión (fracasada) de perpetuarse en el poder. En definitiva, ha sido un gobierno autoritario pero también psicópata, tan psicópata que ya ni sorprende que hayan dicho que el principal culpable de la muerte de Nisman ha sido el propio Nisman. Y cuando dejaron de hablar de suicidio para decir que fue asesinato, lo hicieron por las encuestas, preocupados por la imagen presidencial.
Esta tragedia nos marcará. Por ahora nos toca hacer introspección, hacer el duelo y hacer tripas corazón frente a la peor crisis de los últimos treinta años. Aunque tal vez haya algo más que podamos hacer: en el próximo octubre electoral no olvidemos nada de esto y votemos por quien haya estado más lejos de esta manera de hacer política, por aquel que se haya situado en las antípodas del fenómeno más perverso que la Argentina democrática haya conocido.
Ese será el candidato que tendrá mi voto. Ojalá que gane y haga sucumbir cualquier intento neo kirchnerista. Recién entonces esta pesadilla podrá quedar definitivamente atrás y seremos capaces de honrar a Alberto Nisman y las restantes ochenta y cinco víctimas.
Twitter @hectorschamis