Ni la evidente realidad parece golpearnos las entrañas, tal es el grado de acostumbramiento en el que nos movemos. Quizá por ello quiso este Papa alertarnos desde el principio: “rodeado en medio de lobos”. Así se sabía el Papa, rodeado en el timón de la barca de Pedro, por lobos hambrientos de su derrota.
Y pedía oraciones para no huir de ellos, para enfrentarlos, sabedor de
que el lobo no se impacienta, no se cansa, somete a la presa a presión
continua, agobiándola, desesperándola… desquiciándola. Porque la jauría
trabaja tenaz y en equipo. Sabe lo que quiere, la presa que codicia, el
festín que espera. Y cualquier medio es lícito para alcanzar la presa.
Porque el lobo, a diferencia de otras bestias, ha salido de entre los
corderos. Y ese es el peor enemigo, el que conociendo el escenario, los
protocolos de actuación, los personajes, actúa en lo oculto protegido
del disfraz que le evita todo enemigo -salvo su impaciencia-.
No es batalla grata, sino violenta y descarnada, hasta el punto que quiso el mismo Papa hacernos sabedores de su sufrimiento
en más de una ocasión, dolido no tanto porque el lobo maquine, sino
porque los que se dicen suyos le han dejado solo. Porque con preocupante
frecuencia se ha visto sólo en medio de ellos, de los lobos, sin nadie
que fuera en su rescate. Y es un Papa sereno, pero su serenidad ha
venido acompañada tantas veces de la sinceridad con la que ha gritado,
suavemente, que los suyos le han dejado sólo en medio de lobos.
Pero
ahora, cuando las noticias trascienden las fronteras de esa rara avis
de los vaticanistas italianos surge una extraña sensación de tarde
caída, de anochecer. ¿Está el Papa rumiando su renuncia, sospechando su pronta muerte? En esta línea quieren creerlo algunos y así nos lo ha trasladado nuestra apreciada cigüeña de Intereconomía.
¿Suenan las aguas de un rio con caudal cierto o simplemente estamos
ante sospechas, quereres o exclusivas vacías de realidad? Porque si ya
en su día Antonio Socci anticipó la idea de que el Papa preparaba su
renuncia para el pasado abril, ahora nuevos tambores suenan, pero
sabiendo que el tiempo juega a su favor, -porque el tiempo que pasa no
lo hace contra tal tesis, la de la renuncia, sino contra la ancianidad, a
la que gusta ir quebrando en vitalidad y salud-. Y el Papa da señales
de una ancianidad física que no quiere perdonarle sufrimientos. Por ello, desde esos sectores vaticanistas se quieren ver en los recientes pasos dados por el Papa,
con los nombramientos cardenalicios y el arzobispal -y otros que quizá
se intuyen próximos como un previsible anuncio de nuevo cónclave
cardenalicio- la senda trazada en preparación de su despedida.
Es tema recurrente, desde luego. Y de no difícil hechura cuando el
protagonista de las noticias por el mero transcurrir de los días se va
adentrando en la culminación de su vida. Pero si hubiera algo de verdad
en todo ello mal haríamos en negar de plano tal posibilidad dejando al
Papa sólo sin nuestras oraciones redobladas. Sólo él sabe su
estado de salud, su percepción del tiempo que le resta con la gracia de
Dios, su conocimiento de las cosas que están por suceder o que están
sucediendo. Y lo que todo esto le puede quebrar las fuerzas o
el ánimo. “Rezad por mi, para que no huya ante los lobos”, más aún
cuando las fuerzas con las que emprendió el gobierno de la Iglesia eran
mayores que ahora; más aún cuando tras casi 8 años de papado ha visto
por doquier zancadillas dolosas a sus proyectos, o cuando el vacío o la
desobediencia han acompañado la implementación de sus medidas. Pero
ahora, ante la fragilidad de la edad, cuando ha dado la cara en lo que
considera fundamental, cuando el enemigo sabe, conoce y odia sus
intenciones, ahora, es cuando el lobo maldito arrecia en la presión. Y
quizá lo hace en estrategia sigilosa, sin que se note, pero siempre en
la jauría hay un lobo débil o hambriento que declara su posición y, con
ello, la del resto. Quizá algo de esto fuera la trama del
Vatileaks, o el intentar reescribir desde páginas oficiales -y con
firmas de importancia nada desdeñable- las palabras del Papa sobre temas
cruciales como la hermenéutica de la continuidad respecto del Vaticano
II o la restauración litúrgica. Errores de estrategia o
impaciencias por reposicionar las posiciones que han mostrado al mundo
que las corrientes que se mueven en la Iglesia, lejos de estar
amainadas, anticipan tormenta. Pero la serenidad de este Papa no nos
debe hacer olvidar que a su alrededor hostigan lobos, y que si al
principio de su pontificado la presión por engullirle era mucha, más lo
será en su debilidad física y una vez mostrado al enemigo la grandeza de
su talla.
Que entramos en tiempos distintos del pontificado de este Papa es evidente.
Los cambios de seguridad en la Curia, con la desconfianza
institucionalizada, confirman una soledad del Papa más manifiesta. Quizá
ahora la jauría de lobos haya de trabajar más sigilosamente, o quizá
esta institucionalización del silencio curial y de la vigilancia sea
escenario en el que sepan manejarse más cómodamente, acostumbrados como
están a las labores sottovoce. Cierto que es Papa anclado en una
esperanza contra toda esperanza, pero también es éste el mismo Papa que
dijo aquel ya lejano 2003 que quizá sí, que quizá esas terribles
imágenes de un Papa caminando por entre cadáveres y por entre las ruinas
de una ciudad aniquilada, hacia un gólgota en forma de cruz tosca,
fueran imágenes que los tiempos futuros pudieran mostrarnos.
x cesaruribarri@gmail.com
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