sábado, abril 19, 2008

El Papa apoya la injerencia de la ONU en los Estados cuando fallen los derechos humanos


El Papa recuerda a la ONU su papel
Benedicto XVI bendice la bandera de la ONU que ondeaba en la sede del organismo en Bagdad cuando una bomba mató a 17 personas. AP
JUAN VICENTE BOO, ENVIADO ESPECIAL. NUEVA YORK.
Complementado el mensaje de Juan Pablo II en 1995 sobre los «derechos de las naciones», Benedicto XVI subrayó ayer los «deberes de las naciones» en su discurso ante la Asamblea General de todos los Estados del planeta. El Papa destacó «la responsabilidad de proteger» los derechos humanos como la primera tarea de un Estado y el baremo por el que se mide su eficacia o su legitimidad.
En el 60 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, Benedicto XVI insistió vigorosamente en que ningún Estado puede negar ninguno de esos derechos, que se fundan en la dignidad de cada persona y deben ser respetados en todas las culturas y civilizaciones, sin que puedan ponerse límites «en nombre de diferentes concepciones culturales, políticas, sociales o incluso religiosas».
El Papa advirtió que «hoy es necesario redoblar los esfuerzos ante las presiones para reinterpretar los fundamentos de la Declaración Universal o debilitar su unidad con objeto de evadir la tarea de proteger la dignidad humana». Es mas, según Benedicto XVI, «la promoción de los derechos humanos sigue siendo la estrategia más eficaz para eliminar las desigualdades entre países y grupos sociales, y para aumentar la seguridad» nacional el internacional.
Entre los derechos esenciales, el Santo Padre destacó el de libertad religiosa, tanto a nivel individual como en sus expresiones colectivas públicas, amenazadas en algunos lugares por el laicismo y en otros por actitudes excluyentes por parte de las religiones mayoritarias.
Comunidad internacional
En su discurso posterior a los funcionarios y personal de Naciones Unidas, el Papa comentó que la «responsabilidad de proteger empieza a ser reconocida como la base moral de la pretensión de autoridad de un Gobierno», y añadió que corresponde a Naciones Unidas «valorar la medida en que los Gobiernos cumplen con su responsabilidad de proteger a sus ciudadanos».
Ante la Asamblea General, Benedicto XVI dejó claro que «todo Estado tiene el deber primordial de proteger a sus ciudadanos frente a las violaciones graves de los derechos humanos y las crisis humanitarias provocadas por causas naturales o por la acción humana». Si un Estado no logra asegurar esa protección, «corresponde a la comunidad internacional intervenir con los medios jurídicos previstos en la Carta de Naciones Unidas y otros acuerdos internacionales».
Por lo que se refiere a los conflictos, el Papa aconsejó «un estudio más profundo sobre las modalidades de prevenirlos y gestionarlos, utilizando todos los medios de la acción diplomática y apoyando incluso los menores signos de diálogo o deseos de reconciliación».
Era la idea adelantada ya el miércoles durante su discurso en la Casa Blanca, cuando invitó a Estados Unidos a apoyar «los pacientes esfuerzos de la diplomacia internacional para resolver los conflictos y promover el progreso».
El Papa apenas habló de paz y no mencionó ninguna crisis, ya que su discurso, de un marcada estilo académico, se centraba en el modo de prevenir los conflictos mediante el respeto de los derechos de las personas y de los pueblos. Era la idea que dejó como recuerdo en el Libro de Oro de Naciones Unidas donde, en lugar de una frase propia, escribió en latín un breve pasaje del profeta Isaías: «El fruto de la justicia es la paz».
Aliviar las desigualdades
Benedicto XVI propuso a la Asamblea General una nueva tarea para Naciones Unidas: promover el dialogo entre las religiones como un terreno más para favorecer la convivencia. Naturalmente, recordó a los Estados su obligación de aliviar las desigualdades y de ayudar especialmente a los países pobres, «que experimentan sólo las consecuencias negativas de la globalización», así como el deber de proteger «el medio ambiente, los recursos y el clima» mediante un esfuerzo común.