jueves, julio 18, 2013

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Y, además, Lanata y Longobardi – Por Vicente Massot

La contraproducente política de oídos sordos de Cristina Fernández y el hartazgo de más de la mitad de la sociedad argentina, explican por qué el kirchnerismo podría sufrir en octubre una catástrofe electoral.
Las acusaciones levantadas en el programa Periodismo para Todos, que conduce los domingos a la noche Jorge Lanata, ya las habían anticipado —sin ese grado de precisión, es verdad— la revista Noticias y el diario Perfil, meses atrás. Lo mismo podría decirse de algunas de las investigaciones más resonantes que el ex–director de Página 12 ha ventilado desde el año pasado. En buena medida la punta de casi todas ellas las había descubierto en su blog el escritor Jorge Asís tiempo atrás.
¿Le quita mérito lo dicho a Lanata? En absoluto. En realidad, al traer a comento el tema, la intención no es poner el énfasis sobre quién dio la primicia —que, en todo caso, políticamente sería irrelevante— sino qué ha cambiado para que en el pasado tamaños datos acerca de la corrupción kirchnerista hayan pasado desapercibidos —ante la indiferencia de la gente— y hoy, en cambio, resulten la comidilla de una parte importante de la sociedad argentina.
El éxito cosechado por Lanata responde, por igual, a dos razones que nada tienen que ver entre sí. De un lado, existe un trabajo de investigación formidable al cual el conductor le agrega talento y desfachatez para llegar a un público que ni por asomo hubiese elegido ver los domingos, en ese horario, un programa político que dura —según los casos— dos horas o más. Del otro, está el giro copernicano que, en punto a su humor, han dado muchos argentinos. Incluidos, claro, segmentos enteros que, en el curso de los últimos diez años, votaron al kirchnerismo y ahora lucen desencantados.
Lo curioso de la situación —o, si se prefiere, lo increíble— es que cuantas más pruebas se acumulan en contra del gobierno y mayores escándalos saltan a la vista, la administración presidida por Cristina Fernández se hace la distraída como nunca, sin prestarles atención y, por supuesto, sin molestarse en responder. Que en oportunidades anteriores haya procedido de la misma manera y que, en consecuencia, pueda sostenerse lo poco novedoso de la reacción, omite considerar un aspecto fundamental. Ni en 2008 —cuando el campo sacudió los cimientos del poder kirchnerista al extremo de que el santacruceño pensó en renunciar— ni en 2009 —al perder frente a Macri, De Narváez y Solá en la provincia de Buenos Aires— estaba en juego la continuidad del modelo. Además, el gobierno gozaba todavía de una credibilidad envidiable. No le entraban balas y nadie pensaba en que el ejercicio de su poder tuviese fecha de vencimiento.
Ignorar en ese escenario las acusaciones sobre la corrupción que, si bien no llovían como ahora, ya habían tomado estado público, era una cosa. Hacerlo en este contexto es otra. Entonces no había demasiados riesgos porque, en el fondo, valía para Néstor y Cristina lo que antes se decía de Carlos Menem: roban pero hacen. Hoy semejante argumento ha desaparecido del mapa y —para colmo de males— ha surgido en el horizonte Sergio Massa que, por las razones que fuere, tiene una intención de voto y una imagen superior a las de cualquier otro político de los que disputarán supremacías en octubre.
Al momento de caer en desgracia Ricardo Jaime, pasar olímpicamente por alto los cargos que le fueron hechos podía ser una política sin demasiado costo. Pero con una orden de detención sobre su cabeza, y al menos dos accidentes ferroviarios como los que sacudieron al país de por medio, desentenderse del tema representa un suicidio electoral. Nadie está en condiciones de sentarla en un banquillo de los acusados a la presidente u obligarla a soltarle la mano a Boudou, Lázaro Báez y otros por el estilo. Sin embargo, la gente vota y hay una elección a corto plazo de la cual dependerá en buena medida la suerte futura del kirchnerismo. El problema de Cristina Fernández no es que carezca de poder como el hecho de que, por vez primera, parece existir la certeza de su vencimiento.
“Nada hay más poderoso que una idea a la cual le ha llegado su hora”, reza la enseñanza de un célebre escritor francés. El reclamo de los derechos humanos que conocemos hoy, de habérselo querido aplicar a José Stalin y a Adolf Hitler en la década del ’30 del siglo pasado hubiera sido una pérdida de tiempo, malgrado su legitimidad. Asimismo, ¿qué habría sucedido si una ONG o un organismo internacional hubieran querido implementar, a escala regional, en cualquier parte del mundo, un programa con arreglo a los parámetros de conservación del medio ambiente que rigen nuestras vidas?—Nada.
Pues bien, con la corrupción sucede algo similar. Entre nosotros se le presta poca —si acaso alguna— atención hasta que, de pronto, sin saberse a qué obedece, cambia el humor cotidiano de las personas y cuanto hasta pocos días antes parecía no interesarle a nadie pasa a ser un reclamo generalizado.
Con esta particular coincidencia en la Argentina presente han aparecido Jorge Lanata y Marcelo Longobardi con ratings impresionantes que fijan la agenda de la conversación política de la gente. Si a ello se le agrega la contraproducente política de oídos sordos de Cristina Fernández y el hartazgo de más de la mitad de la sociedad argentina, se explica por qué el kirchnerismo podría sufrir en octubre, más que una derrota, una catástrofe electoral.