martes, enero 23, 2018


La «yegua de Flandes» y las esposas olvidadas que también pisoteó el caprichoso Enrique VIII

Tras divorciarse de Catalina y ejecutar a su segunda esposa, el Monarca inglés quiso casarse con Ana de Claves, aunque no consumó el matrimonio porque le pareció «fea, alta y corpulenta»

 

 

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A la muerte de Catalina de Aragón, la esposa defenestrada de Enrique VIII, Ana Bolena no pudo cantar victoria por mucho tiempo. «Yo soy su muerte y ella es la mía», pronosticó Bolena, a la que el pueblo inglés llamada «la mala perra» por simpatía hacia la Reina desplazada. Coincidiendo con la muerte de Catalina, Ana sufrió el aborto de un hijo varón y el Monarca ni siquiera se tomó la molestia de ir al lecho de parturienta a consolarla. Solo unos meses después, Ana fue decapitada en la Torre de Londres acusada falsamente de emplear la brujería para seducir a su esposo, de tener relaciones adúlteras con cinco hombres, de incesto con su hermano, de injuriar al Rey y de conspirar para asesinarlo.
La cuestión de fondo es que Enrique VIII ya se había prendado de otra joven, Jane Seymour, una de las damas de compañía de Ana. Como describe Sarah Gristwood en su nuevo libro «Juego de reinas: las mujeres que dominaron el siglo XVI» (Ariel, 2016), Seymour era «una mujer pálida y pusilánime, inglesa hasta la médula, un modelo de feminidad mucho más tradicional y sumiso». El día después de la ejecución de Ana contrajo matrimonio con ella ante la sorpresa de todos y engendró a su único hijo varón, el príncipe Eduardo. Doce días después de aquel parto murió Jane por fiebres puerperales. Ya entonces el Rey tenía prevista su siguiente presa.

Del matrimonio nulo a la otra decapitada

Ni siquiera consumó el siguiente matrimonio, con Ana de Cleves, a la que llamaba en privado «la yegua de Flandes» por su escaso atractivo. Quiso casarse con ella para estrechar lazos con Juan III, duque de Cléveris, aliado de los príncipes protestantes que se enfrentaban al poder de Carlos V, pero se arrepintió en un abrir y cerrar de ojos. Ana era considerada amable, virtuosa y dócil, aunque su educación no estaba enfocada a asuntos de Estado y, lo que resultó fatal a ojos del Monarca, portaba una belleza distinta. Con el objeto de que el Rey eligiera entre las distintas hijas del duque, le encargó al artista Hans Holbein el Joven retratar a Ana y a su hermana menor, Amelia, pidiéndole que no escondiera los defectos. Sí, Holbein la pintó con frente alta, de párpados caídos y una barbilla apuntada, pese a lo cual Enrique se mostró satisfecho y se decantó por ella.
Cuando al fin la vio en persona, el Rey se sintió decepcionado: «No es en absoluto tan bella como me habían contado». Según los cánones de la época, Ana era realmente fea, alta y corpulenta, y de rostro poco agraciado con cicatrices de viruela.
En cuestión de meses, la «rosa sin espinas», que le llamaba Enrique VIII, se reveló una mujer con carácter a pesar de su juventud.
Sin intención de romper esta vez de forma grosera el contrato matrimonial, Enrique pidió a Ana su consentimiento para la anulación amparado en que no se había consumado el enlace, a lo que ella accedió con cierto alivio. El matrimonio se anuló el 9 de julio de 1540 y a Ana de Cleves se le aparcó amablemente en varias propiedades de las Islas británicas, de modo que incluso siguió visitando la Corte con frecuencia.
El envejecido y obeso soberano se casó a continuación con Catalina Howard (pariente de Ana Bolena). El matrimonio con esta dama de corta edad, cinco años más pequeña que la Princesa María, resultó una repetición de la experiencia de su prima Ana Bolena. En cuestión de meses, la «rosa sin espinas», como le llamaba Enrique VIII, se reveló una mujer con carácter a pesar de su juventud.
Retrato de Ana Bolena
Retrato de Ana Bolena
Al principio Catalina se vio obnubilada por el lujo de la Corte pero pronto empezó a participar en las maniobras palaciegas y a granjearse grandes y numerosos enemigos. Ellos fueron los que extendieron los rumores de que la Reina estaba engañando al Rey y manteniendo relaciones extraconyugales en las estancias de palacio, una acusación que nunca ha podido ser confirmada del todo.
Frente a supuestas cartas que demostraban el adulterio, Enrique VIII se decidió a principios de 1542 a arrestar a su esposa. Se cuenta que al ver a los soldados, Catalina se echó a correr por los corredores del palacio para rogar a su esposo por su vida. Pero los guardias la alcanzaron antes de que llegara y los testigos del arresto afirman que hasta que lograron reducirla sus alaridos fueron espeluznantes. El temor a compartir el destino de su prima había flotado en el ambiente como un fantasma inquieto desde que Enrique empezó a cortejarla. Y sí, no hubo clemencia para ella y finalmente fue decapitada en la Torre de Londres, cuando contaba apenas veinte años.

Jekyll y Hyde

A estas alturas de la película, ninguna de las grandes infantas europeas tenían la menor intención de casarse con el ogro inglés, cuya fama traspasaba fronteras. María de Hungría, hermana de Carlos V, comentó al conocer que el Rey inglés se había vuelto a casar tras matar a la segunda de sus esposas:
«Es de esperar, si es que algo puede esperarse de un hombre así, que, si se aburre de ésta, encuentre un mejor modo de desembarazarse de ella. Opino que la mayoría de las mujeres no verían con demasiados buenos ojos que esta costumbre se normalizase, y con motivo. Y, aunque no siento inclinación por exponerme a peligros de esta índole, al fin y al cabo también pertenezco al sexo femenino, de manera que rezaré a Dios para que nos proteja de tales peligros»
La decapitación de Catalina Howard coincidió con los años más desquiciados del Monarca. Como si de un «Dr. Jekyll y Mr. Hyde» se tratase, Enrique VIII tornó con los años hacia un carácter violento y tiránico, ya fuera por la sífilis o por los golpes en la cabeza que sufrió a lo largo de su vida. El 17 de enero de 1536 Enrique sufrió probablemente el golpe más fuerte durante una justa que le dejó inconsciente por más de dos horas y derivó en dolores de cabeza e insomnio. Aquel accidente coincidió con una de las represiones más crudas contra los católicos y la ejecución de Ana Bolena. Un accidente que, además, redujo su movilidad y desató su obesidad a causa de una herida en el muslo mal curada.
Cada año más achacoso y tiránico, el Rey falleció, en 1547, cuando todavía seguía casado con su sexta esposa, Catalina Parr, una viuda culta y serena, de 30 años, que en menos de seis meses se casó con su antiguo amante Thomas Seymour. Un pequeño escándalo cortesano al que Enrique, como es costumbre en los finados, resultó indiferente.


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