La «yegua de Flandes» y las esposas olvidadas que también pisoteó el caprichoso Enrique VIII
Tras divorciarse de Catalina y ejecutar a su segunda esposa, el Monarca inglés quiso casarse con Ana de Claves, aunque no consumó el matrimonio porque le pareció «fea, alta y corpulenta»
A la muerte de Catalina de Aragón, la esposa defenestrada de Enrique VIII, Ana Bolena no pudo cantar victoria por mucho tiempo. «Yo soy su muerte y ella es la mía», pronosticó Bolena, a la que el pueblo inglés llamada «la mala perra» por simpatía hacia la Reina desplazada. Coincidiendo con la muerte de Catalina, Ana sufrió el aborto de un hijo varón y el Monarca ni siquiera se tomó la molestia de ir al lecho de parturienta a consolarla. Solo unos meses después, Ana fue decapitada en la Torre de Londres acusada falsamente de emplear la brujería para seducir a su esposo, de tener relaciones adúlteras con cinco hombres, de incesto con su hermano, de injuriar al Rey y de conspirar para asesinarlo.
La cuestión de fondo es que Enrique VIII ya se había prendado de otra joven, Jane Seymour, una de las damas de compañía de Ana. Como describe Sarah Gristwood en su nuevo libro «Juego de reinas: las mujeres que dominaron el siglo XVI» (Ariel, 2016), Seymour era «una mujer pálida y pusilánime, inglesa hasta la médula, un modelo de feminidad mucho más tradicional y sumiso». El día después de la ejecución de Ana contrajo matrimonio con ella ante la sorpresa de todos y engendró a su único hijo varón, el príncipe Eduardo. Doce días después de aquel parto murió Jane por fiebres puerperales. Ya entonces el Rey tenía prevista su siguiente presa.
Del matrimonio nulo a la otra decapitada
Ni siquiera consumó el siguiente matrimonio, con Ana de Cleves, a la que llamaba en privado «la yegua de Flandes» por su escaso atractivo. Quiso casarse con ella para estrechar lazos con Juan III, duque de Cléveris, aliado de los príncipes protestantes que se enfrentaban al poder de Carlos V, pero se arrepintió en un abrir y cerrar de ojos. Ana era considerada amable, virtuosa y dócil, aunque su educación no estaba enfocada a asuntos de Estado y, lo que resultó fatal a ojos del Monarca, portaba una belleza distinta. Con el objeto de que el Rey eligiera entre las distintas hijas del duque, le encargó al artista Hans Holbein el Joven retratar a Ana y a su hermana menor, Amelia, pidiéndole que no escondiera los defectos. Sí, Holbein la pintó con frente alta, de párpados caídos y una barbilla apuntada, pese a lo cual Enrique se mostró satisfecho y se decantó por ella.Cuando al fin la vio en persona, el Rey se sintió decepcionado: «No es en absoluto tan bella como me habían contado». Según los cánones de la época, Ana era realmente fea, alta y corpulenta, y de rostro poco agraciado con cicatrices de viruela.
El envejecido y obeso soberano se casó a continuación con Catalina Howard (pariente de Ana Bolena). El matrimonio con esta dama de corta edad, cinco años más pequeña que la Princesa María, resultó una repetición de la experiencia de su prima Ana Bolena. En cuestión de meses, la «rosa sin espinas», como le llamaba Enrique VIII, se reveló una mujer con carácter a pesar de su juventud.

Frente a supuestas cartas que demostraban el adulterio, Enrique VIII se decidió a principios de 1542 a arrestar a su esposa. Se cuenta que al ver a los soldados, Catalina se echó a correr por los corredores del palacio para rogar a su esposo por su vida. Pero los guardias la alcanzaron antes de que llegara y los testigos del arresto afirman que hasta que lograron reducirla sus alaridos fueron espeluznantes. El temor a compartir el destino de su prima había flotado en el ambiente como un fantasma inquieto desde que Enrique empezó a cortejarla. Y sí, no hubo clemencia para ella y finalmente fue decapitada en la Torre de Londres, cuando contaba apenas veinte años.
Jekyll y Hyde
A estas alturas de la película, ninguna de las grandes infantas europeas tenían la menor intención de casarse con el ogro inglés, cuya fama traspasaba fronteras. María de Hungría, hermana de Carlos V, comentó al conocer que el Rey inglés se había vuelto a casar tras matar a la segunda de sus esposas:«Es de esperar, si es que algo puede esperarse de un hombre así, que, si se aburre de ésta, encuentre un mejor modo de desembarazarse de ella. Opino que la mayoría de las mujeres no verían con demasiados buenos ojos que esta costumbre se normalizase, y con motivo. Y, aunque no siento inclinación por exponerme a peligros de esta índole, al fin y al cabo también pertenezco al sexo femenino, de manera que rezaré a Dios para que nos proteja de tales peligros»
Cada año más achacoso y tiránico, el Rey falleció, en 1547, cuando todavía seguía casado con su sexta esposa, Catalina Parr, una viuda culta y serena, de 30 años, que en menos de seis meses se casó con su antiguo amante Thomas Seymour. Un pequeño escándalo cortesano al que Enrique, como es costumbre en los finados, resultó indiferente.
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