La Caridad sin Verdad sería ciega, La Verdad sin Caridad sería como , “un címbalo que tintinea.” San Pablo 1 Cor.13.1
jueves, febrero 08, 2018
La batalla de Gembloux: el día que Don Juan de Austria y Farnesio aplastaron a 25.000 rebeldes
Una
arriesgada carga de caballería encabezada por Farnesio sirvió la
victoria española: «Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja
en un hoyo para sacar de él una cierta y grande victoria hoy»
Un
grupo de historiadores ha lanzado un campaña para que cada 31 de enero,
el día que se celebró la batalla de Glembloux, se rinda homenaje a los
Tercios de España
La Guerra de Flandes, también conocida como Guerra de los 80 años,
vivió el momento más comprometido para los intereses hispánicos en el
año 1576. Lo que había comenzado como una rebelión de carácter religioso
contra Felipe II, sobre todo en la zona norte de los Países Bajos –las
provincias Zelanda y Holanda–, evolucionó en una desobediencia general
tras la repentina muerte del gobernador Luis de Requesens y el motín de las tropas en 1576.
A la llegada del nuevo gobernador designado por el Rey, Don Juan de Austria, la posición española era crítica, casi irreversible. Un día después de que el hermanastro del Rey pusiera tierra en Luxemburgo, el Saqueo español de Amberes
predispuso a todas las provincias en contra de «los extranjeros». La
labor del héroe de Lepanto se presumía hercúlea y, aunque el Monarca no
estaba todavía dispuesto a aceptarlo, iba a requerir hasta el último
hombre de los temidos tercios.
Para recuperar la fidelidad de los
nobles moderados, y bajo las instrucciones del Rey, Don Juan de Austria
retiró a los tercios españoles del país en abril de 1577. Pagó los
atrasos a los soldados con el dinero que el Papa Gregorio XIII le había entregado tras la batalla de Lepanto y pidiendo varios préstamos personales. Además, firmó el Edicto Perpetuo,
un documento que eliminaba la Inquisición y reconocía las libertades
flamencas a cambio del reconocimiento de la soberanía de la Corona
española y la restauración de la fe católica en el país. Pero lejos de
respetar lo firmado, Guillermo de Orange
insistió en su rebelión y buscó la forma de eliminar a Don Juan de
Austria, cuya estrategia de pacificación amenazaba con echar al traste
sus planes. Retrato de Don Juan de AustriaCon
solo una veintena de soldados bajo su cargo y reducido a ser un títere
político, Don Juan de Austria abandonó Bruselas apresuradamente y se
refugió por sorpresa, abusando de la invitación de su castellano, en la fortaleza de Namur (hoy en la región belga de Valonia), desde donde pidió sin éxito ayuda a Felipe II.
«Los españoles están marchándose y se llevan mi alma consigo, pues
preferiría estar encantado de que esto no suceda. Ellos (la nobleza
local) me tienen y me consideran una persona colérica y yo los aborrezco
y los tengo por bravísimos bribones», escribió Don Juan de Austria a su
amigo Rodrigo de Mendoza sobre la situación
desesperada que estaba viviendo. Después de suplicar por el envío de
tropas, el Rey autorizó el regreso de los tercios españoles a finales de
1577.
El hijo bastardo de Carlos I de España
celebró el regreso de los tercios con gruesas palabras: «A los
magníficos Señores, amados y amigos míos, los capitanes de la mi
infantería que salió de los Estados de Flandes. [...] A todos ruego
vengáis con la menor ropa y bagaje que pudiéredes, que llegados acá no
os faltará de vuestros enemigos». Alejandro Farnesio
–sobrino de Don Juan de Austria pero de la misma edad y también
combatiente en Lepanto– guió un ejército de 6.000 soldados de élite en
dirección a Flandes. Para alcanzar su objetivo, los
tercios recorrieron el conocido como Camino español, un logro logístico
que abría un corredor de Milán hasta Bruselas, en poco más de un mes. No
obstante, la celeridad y fervor desplegado para acudir en ayuda de Don
Juan de Austria, una figura muy apreciada por los soldados,
quedó empañada por la muerte de un monumento del ejército español: el
maestre de campo Julián Romero, que falleció en las vísperas de la
campaña. Cerca de la ciudad de Cremona cayó fulminado de repente. Tenía
cincuenta y nueve años –llevaba combatiendo desde los 16 años– y le
faltaba un brazo, un ojo y una pierna.
En Namur comienza la reconquista de Flandes
A
principios de 1578, el año de la venganza española por las afrentas
contra el gobernador de Flandes, Don Juan de Austria se trasladó de Namur a Luxemburgo,
donde los tercios españoles se congregaban junto a tropas locales y
mercenarios extranjeros. En total, las fuerzas hispánicas sumaban 17.000
hombres, lo cual inspiró cierto temor en los rebeldes, que comenzaron a
pedir ayuda a Francia, Inglaterra, Alemania y a cualquier país que
quisiera «quemar las barbas del Rey español». Pero era tarde, la
maquinaria de los tercios ya estaba en marcha.
Un ejército reclutado a toda prisa por los Estados Generales de los Países Bajos
se amparó en su superioridad numérica, 25.000 hombres, para dirigirse a
Namur, donde Don Juan de Austria había regresado acompañado por los
17.000 soldados. Guillermo de Orange, que mantenía el control político
de prácticamente la totalidad de los Países Bajos
–incluidas las provincias católicas–, consideraba que la mejor
oportunidad para atacar a los españoles era ahora, después de una larga
travesía y un periodo de inactividad. No en vano, quizá calculando sobre
el terreno que el número daba igual frente a la calidad de las tropas
allí congregadas por los españoles, los rebeldes decidieron finalmente
retroceder en dirección a Gembloux. Allí tuvo lugar la batalla, un 31 de
enero de 1578. No sin antes, en la noche previa al combate, añadir Don
Juan de Austria al estandarte real que portó en la batalla de Lepanto la
frase: «Con esta señal vencí a los turcos, con esta venceré a los herejes». La confianza del español en la capacidad de sus tropas rozaba la arrogancia. Retrato de Alejandro FarnesioLa confrontación comenzó con una escaramuza encabezada por Octavio Gonzaga,
otro de los hombres de confianza de Don Juan de Austria, a la cabeza de
2.000 soldados con el fin de entretener al grueso del ejército enemigo.
Con tan mala suerte para los rebeldes que, yendo más lejos de sus
instrucciones, las tropas de Gonzaga empezaron a hacer retroceder la
línea enemiga. Temiéndose que el enemigo se abalanzara de golpe como
respuesta, Don Juan de Austria ordenó a un capitán llamado Perote,
cuya compañía se situaba en la vanguardia y seguía avanzando, que
retrocediera. Indignado, pues pensó que le trataban por un cobarde,
Perote contestó de malas maneras, sin retroceder un palmo, «que él nunca
había vuelto las espaldas al enemigo, y aunque quisiera no podía».
Al
contrario, el ejército rebelde no solo no contraatacó sino que fue
retrocediendo aún más hasta quedar encajonado en lo bajo y angosto de un
paso en pendiente. Una vez más, la baja disciplina de las tropas
rebeldes, reclutadas a toda prisa con el oro como única razón de ser,
cedía frente al oficio de los tercios españoles. Y viendo que la
victoria estaba al alcance de la mano, Alejandro Farnesio –al que Don Juan de Austria
había pedido que no se alejara de su lado– le arrebató a un paje de
lanza la que llevaba y montó en el primer caballo que encontró libre
para dirigir en persona una carga de caballería. «Id a Juan de Austria y
decidle que Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja en un
hoyo para sacar de él, con el favor de Dios y con la fortuna de la Casa de Austria,
una cierta y grande victoria hoy», afirmó Farnesio según citan las
crónicas de Faminiano Estrada. El ataque del sobrino de Felipe II, Duque
de Parma, fue secundado por algunos de los más importantes hombres del
ejército: Bernardino de Mendoza –que sería nombrado posteriormente
embajador en Inglaterra–, Juan Bautista de Monte, Enrique Vienni,
Fernando de Toledo –el hijo ilegítimo de el Gran Duque de Alba–,
Martinengo, y Cristóbal de Mondragón, entre otros.
Una victoria de la caballería: 10.000 bajas
Las
repetidas cargas seleccionadas quirúrgicamente por Alejandro Farnesio
pusieron en fuga a la caballería rebelde, superior en efectivos pero no
en experiencia. En su desordenada huida, la caballería se estrelló con
la infantería que permanecía encajonada a su espalda, de manera que «en
parte la estropearon, y del todo la desampararon». Junto a la infantería
española que fue en su apoyo, sobre todo los hombres de Gonzaga,
la caballería arrebató al enemigo 34 banderas, la artillería y todo el
bagaje. En su desesperada fuga, unos en dirección a Bruselas y otros
hacia la fortificación de Gembloux, se produjeron la mayoría de las
bajas enemigas: más de 10.000 entre muertos y capturados. Como
demostración de la enorme distancia que separaba a ambos ejércitos, la
mejor infantería de su tiempo, la española, solo contó una veintena de
bajas en aquella jornada.
Al finalizar la batalla, Don Juan de
Austria reprochó a Alejandro Farnesio que había arriesgado su vida «como
si fuera un soldado y no un general». El Rayo de la Guerra
replicó a su tío que «él había pensado que no podía llenar el cargo de
capitán quien valerosamente no hubiera hecho primero el oficio de
soldado». Un incidente que, sin embargo, no afectó a la amistad entre
ambos familiares, quienes enviaron a Felipe II dos cartas por separado
atribuyéndole enteramente la victoria el uno al otro. Grabado del siglo XVI que muestra a Alejandro Farnesio preparándose para dirigir la carga definitivaLa batalla de Gembloux
sorprendió a Guillermo de Orange y al resto de cabecillas de la
rebelión festejando en Bruselas que el poder del Imperio español había
quedado reducido a controlar Luxemburgo y la ciudad de
Namur. No imaginaban que su ejército pudiera mostrarse tan frágil frente
a los españoles. Cuando llegaron los rumores de lo que había ocurrido, abandonaron Bruselas y se refugiaron en Amberes
sin esperar a que se confirmara la derrota. Don Juan de Austria
continuó hasta su extraña y fatídica muerte en octubre de ese mismo año
con la ofensiva, avanzando de victoria en victoria por la provincia de
Brabante, y posteriormente cedió el testigo a Alejandro Farnesio, que
valiéndose de una mezcla de fuerza y dialogo fue el general español que
más cerca tuvo la victoria final. Solo Felipe II
y su mesiánico empeño por inmiscuirse en todos los frentes posibles
(Flandes, Portugal, Inglaterra, Francia…) pudieron diluir la obra que
Farnesio inició en Gembloux.