martes, marzo 18, 2014

La «epopeya» de los Kamikaze: rumbo hacia la muerte - ABC.es

A las 10.40 horas del 25 de octubre de 1944, seis aviones japoneses aparecieron de pronto sobre la escuadra del almirante Clifton Sprague y se lanzaron en picado contra sus navíos. Uno de ellos atravesó la cubierta del portaaviones «Saint Lo» y, haciendo explotar con sus bombas el almacén de la munición, lo hundió poco después. Acababan de hacer su entrada en la Segunda Guerra Mundial los temidos kamikazes.

La «epopeya» de los Kamikaze: rumbo hacia la muerte
El almirante Onishi, creador del grupo de Kamikazes
Después de aquel ataque, en el que murieron más de 140 soldados estadounidenses y otros 500 quedaron malheridos sobre el agua, todos los buques comenzaron a mirar al cielo con inquietud. La todopoderosa Armada estadounidense se preguntaba cómo combatir contra la voluntad de aquel enemigo capaz de sacrificar su propia vida para causarles el máximo daño posible.
Esa fue la máxima con la que el almirante Takijiro Onishi creó este grupo especial de pilotos suicida, que, a bordo de cazas y cargados con bombas de 250 kilogramos, se les encomendó la misión de sorprender al enemigo con una serie de ofensivas desesperados como única salida para darle la vuelta a una guerra que ya tenían perdida.
La idea, sin embargo, se la había sugerido a Onishi el capitán Ejichiro Jo tras la derrota en la batalla de las Marianas. «Ya no es tiempo de esperar a destruir por medios ordinarios los portaaviones enemigos, que son muy superiores en número. Pido, pues, que se forme rápidamente un cuerpo aéreo especial cuyos pilotos sean destinados a arrojarse directamente contra los navíos enemigos», decía en una carta.

«Aquel hecho extraordinario»

Veinte años después del final de la Segunda Guerra Mundial, el almirante Kimpei Teraoka, el hombre que se hizo cargo de ejército japonés en Filipinas, contaba a ABC como se gestó aquella compañía y la historia de algunos de sus primeros pilotos, como el que llevó a cabo, sin seguir sus órdenes, el primer sacrificio que inspiraría después al resto de kamikazes.
La «epopeya» de los Kamikaze: rumbo hacia la muerte
Cubierta del USS Saratoga después del impacto de un avión el 21 de febrero de 1945
«Nuestros aparatos franquearon la resistencia de los cazas contrarios y se precipitaron hacia los portaaviones para lanzar sus torpedos. Sin embargo, a las 15.50 horas se produjo aquel hecho extraordinario que entusiasmo a todos mis pilotos: el avión del almirante Arima se lanzó deliberadamente contra un portaaviones que fue hundido por aquella carga heroica», recordaba el Teraoka sobre una batalla del 15 de octubre de 1944.
Arima fue así el primero de los más de 2.500 kamikazes japoneses que se sacrificaron en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, provocando casi 10.000 bajas y hundiendo alrededor de 49 buques de guerra de Estados Unidos, según la cifra del historiador Bill Gordon.
Según contaba Teraoka a ABC, su piloto había meditado durante mucho tiempo sobre la conveniencia de suicidarse, y había llegado a la conclusión de que Japón no tenía más medios eficaces de combate para destruir al enemigo que «la superioridad de su fuerza moral».

Voluntarios de 19 años

Onishi concibió aquellos «ataques especiales», tal y como se los llamó al principio, no como meros asaltos realizados por voluntarios que tenían ciertas probabilidades de salir indemnes, sino como acciones organizadas en las que la muerte era ineludible. «Combatir de una manera clásica, sería lanzar inútilmente mis jóvenes a la voracidad de un enemigo superior en número y armamento. Lo que importa a un comandante es encontrar una muerte útil y honrosa para sus soldados. Estoy convencido de que las operaciones de sacrificio no son sino un acto de amor grandísimo», decía.
La «epopeya» de los Kamikaze: rumbo hacia la muerte
Kamikaze, instantes antes de estrellarse (1945)
Cuando Onishi formó las primeras unidades de kamikazes en octubre de 1944, comenzaron a llegar a los centros de reclutamiento cientos de voluntarios procedentes de las universidades. Los futuros pilotos tenían una edad media 19 años, siendo de 17 el más joven de los que se tiene constancia en los registros.
Independientemente de su edad, a todos los pilotos les resultó completamente natural el hecho de tener que sacrificarse para tratar de enderezar la situación de la guerra. A lo largo de las décadas, tan solo se ha encontrado un documento que refleje cierto arrepentimiento. Apareció hace tres años y pertenecía a un kamikaze de 22 años que, poco antes de estampar su avión contra el enemigo en Okinawa, se preguntaba en su diario: «Japón, una nación divina, definitivamente tiene que ganar. Creo que debería ser un buen hijo de la patria y morir por la causa imperial. Pero, ¿es egoísta querer seguir viviendo y cumplir con mis deberes hacia mis padres?».

«Viento divino»

En pocos días pudieron formarse varias escuadrillas con los voluntarios. Fue el propio Onishi quien bautizó a la nueva formación con el nombre de «flota kamikaze», que en japonés significa «viento divino», en referencia a un tifón bautizado con ese nombre, que en 1273 barrió las costas de Japón aniquilando a una flota de invasión de los mongoles.
La «epopeya» de los Kamikaze: rumbo hacia la muerte
Retrato de un joven kamikaze, poco antes de suicidarse
Durante los siguientes tres días a aquel primer ataque del 25 de octubre del 44, los kamikazes hundieron o dañaron seriamente nueve destructores, cuatro cruceros, tres buques de transporte, dos acorazados y un portaaviones. El golpe más espectacular se produjo el 19 de marzo de 1945, cuando un piloto japonés se estrelló contra el hangar del USS Franklin donde se encontraban los aviones estacionados, originando una serie de explosiones en cadena que mataron a más de 700 tripulantes en cinco minutos.
El propio Teraoka describía en ABC a algunos de los «héroes sacrificados» en aquella primera misión del 25 de octubre de 1944. Yukio Seki, por ejemplo, era un joven oficial de 23 años, casado y recién salido de la escuela, que decidió dejar a su esposa y sacrificar su vida por el imperio. «Cuando subió a bordo de su aparato, le entregó al capitán Tamai un pequeño envoltorio […], que contenía un mechón de pelo para que fuese entregado a su joven esposa». O Masahisa Uemura, un oficial de carrera que estudiaba economía política en la Universidad Rikkyo, con una hija de cuatro meses a la que casi no había tenido tiempo de ver, y a la que escribió una carta antes de suicidarse, en la que decía: «La muñeca que te compré cuando naciste, la llevo conmigo en mi avión. De este modo, estarás a mi lado hasta el fin».
A pesar de los esfuerzos desesperados de los kamikazes, Japón terminó perdiendo Filipinas y firmando su rendición. Un duro golpe para un Onishi que se sintió responsable de haber llevado a la muerte a más de 2.000 jóvenes conseguir ninguno de sus objetivos. «A los kamikazes muertos. Habéis luchado con heroísmo y os estoy profundamente agradecido. Habéis perecido creyendo en la victoria final. Vuestra esperanza fue vana. Que mi muerte sirva de consuelo para vuestras familias y de alivio para vuestra alma», dejó escrito antes de suicidarse en el verano de 1945.