La Caridad sin Verdad sería ciega, La Verdad sin Caridad sería como , “un címbalo que tintinea.” San Pablo 1 Cor.13.1
jueves, abril 27, 2017
Cómo funciona la Bomba H, el arma termonuclear con la que Corea del Norte amenaza con destruir el mundo
Es la más poderosa del planeta y mucho más devastadora que la atómica
20 de abril de 2017
(iStock)
El
9 de marzo de 2016, el líder supremo norcoreano Kim Jong-un afirmó que
Pyongyang ha conseguido miniaturizar una ojiva termonuclear. Y hoy, el
vocero del régimen comunista aseguró que Corea del Norte tiene la Bomba
H. "Con tres de ellas se acaba el mundo", afirmó en diálogo con Infobae.
Pero cuán potente es esta bomba, cuál es la amenaza real de esta bomba:
La bomba de hidrógeno, o "Bomba H", es el arma más poderosa actualmente disponible en el planeta, como le confirmó a BBC Mundo Matthias
Grosse Perdekamp, que imparte una clase sobre armas nucleares y control
de armas en la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, EEUU.
La más potente registrada hasta la fecha fue la llamada bomba del Zar, probada por Rusia en 1961, cuya explosión alcanzó los 50 megatones, el equivalente a 50 millones de toneladas de TNT, 3.000 veces más poderosa que la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima en 1945, donde murieron unas 80.000 personas en la explosión de la primera de las bombas lanzadas por Estados Unidos contra Japón.
Audio de un fragmento de la entrevista con Alejandro Cao de Benós
Cuál es la diferencia entre una bomba nuclear y una termonuclear: la clave está en la diferencia entre fisión y fusión.
La diferencia técnica básica es que en el proceso de fisión de las llamadas bombas atómicas, como las de Hiroshima y Nagasaki,
los núcleos de los átomos de sustancias como el uranio 235 o el
plutonio 239 se dividen en átomos más pequeños para liberar energía.
En cambio, la fusión,
el proceso clave detrás las bombas de hidrógeno, es un proceso inverso:
los núcleos de los átomos de unos componentes del hidrógeno –deuterio y
tritio– se unen para formar núcleos más grandes. Y este proceso puede
realizarse infinitas veces, por lo que teóricamente no hay límites en la potencia que se puede alcanzar.
Así, cada bomba de fusión incluye también una pequeña bomba de fisión. Es decir que una termonuclear incluye una nuclear.
Entonces, según los expertos, la bomba
H contiene una bomba atómica "primaria" preparada para condensar el
combustible de una "secundaria", lo que proporciona átomos que pueden
fusionarse.
Cuando
la bomba de fisión primaria implosiona, calienta y condensa el
combustible de fusión y lo bombardea con neutrones. Los neutrones se
combinan con el litio para producir tritio. El tritio y deuterio son el
combustible de fusión en bruto; condensados por la explosión de la bomba
primaria. El tritio y deuterio se fusionan para formar helio, liberando
enormes cantidades de energía.
La cuna de los heroicos capitanes españoles que desangraron a la infame Gran Bretaña en los mares
De Luis de Córdova a Cosme Damián Churruca.
En 1717 se fundó la Real Compañía de Guardias Marinas, un organismo en
el que se formaron los navegantes que plantaron cara (y en muchos casos
humillaron) a la «Royal Navy»
Luis de Córdova y Córdova (1706), Jorge Juan (1713) y Cosme Damián Churruca
(1761). A primera vista, poco podría unir a estos personajes más allá
de que todos y cada uno de ellos tuvieron el honor de luchar por nuestra
rojigualda allende los mares. Sin embargo, existen dos nexos más que
enlazaron sus destinos y les hicieron ganarse (a tortazos, todo sea
dicho) su particular hueco en las páginas de la historia naval española.
El primero de ellos es que hicieron sudar a los marinos de la infame «Royal Navy» a base de sangre y cañón. El segundo es que todos se formaron como oficiales en la Real Compañía de Guardias Marinas. La cuna de la sabiduría marítima hispana desde que, en 1717, fue fundada por Felipe V con el objetivo de sistematizar la enseñanza de los nuevos mandamases de los bajeles de nuestro país.
A estos marinos, y a tantos otros, es a los que rinde su particular homenaje la nueva exposición del Museo Naval de Madrid: «Guardiamarinas (1717-2017), 300 años de la Real Compañía a la Escuela Naval».
Una muestra que cuenta con más de 80 piezas, que podrá ser visitada
hasta 29 de octubre y que busca rememorar los tres siglos de existencia
de esta escuela de oficiales.
Representación de un guardiamarina
Así lo confirmó el pasado 6 de abril (durante la inauguración de la misma) el director del Órgano de Historia y Cultura Naval, el vicealmirante Fernando Zumalacárregui: «No es una efeméride anecdótica, es un evento de gran entidad. La creación supuso un cambio en el modelo de formación y la sistematización de la enseñanza naval».
Además, el militar también señaló que esta destacada institución no
solo formaba a los futuros oficiales en las armas, sino que también les
aportaba una educación científica.
Por otro lado, recordar el tricentenario de la Real Compañía de Guardias Marinas (así
como de las múltiples escuelas que ha tenido a lo largo de las décadas)
parece de obligación debido a la actualidad. Y es que (además de que
una buena parte de los marinos que pasaron por sus aulas repartieron
cañonazos a la «Royal Navy») fue fundada poco después de que España tuviera que pasar por el aro y rubricar el Tratado de Utrecht el 11 de abril de 1713.
Un acuerdo mediante el que nuestro país se vio obligado a ceder a la
Pérfida Albión plazas fuertes de destacada importancia para sus
intereses tales como Menorca o Gibraltar. Esta última, fuente de disputas en las pasadas jornadas por culpa del Brexit.
Hacia el nacimiento de la compañía
Como
todo en este amplio mar de datos que llamamos historia, hablar de la
fundación de este organismo requiere primero retrotraerse en el tiempo.
Más concretamente, es necesario retrasar el calendario hasta el siglo XVI, época en la que -tras la llegada de Cristóbal Colón a las Américas-
desde nuestra España cientos de aventureros y comerciantes se animaron a
cruzar los mares y hacer una pequeña fortuna en el Nuevo Mundo.
Una
idea que no era mala, ciertamente, pero para la que muchos navegantes
no andaban precisamente preparados. Por ello (y por organizar un poco la
ida y venida de bajeles, algo siempre propicio) se crearon dos
instituciones: la Real Casa de la Contratación de Indias (que regulaba el mercadeo y la formación de los pilotos de la Carrera de Indias) y el Real Colegio Seminario de San Telmo (fundado en 1681 y con unos objetivos similares a la de su antecesora).
«Los únicos que podían hacernos frente entonces eran los portugueses, y ellos hacían principalmente navegación de cabotaje»
De
la mano de estas dos instituciones, los españoles fueron pioneros en el
mundo en lo que se refiere a la exploración de nuevas regiones mediante
navegación de altura (en la que la posición del bajel
tiene que ser hallada mediante los astros debido a que no hay tierra
para orientarse). Así lo señaló, al menos, el comisario de la exposición
del Museo Naval, el vicealmirante José Manuel Sevilla López:
«Los únicos que podían hacernos frente entonces eran los portugueses, y
ellos hacían principalmente navegación de cabotaje (se orientaban con
las costas)». Aunque nuestros marinos se regían entonces por una estimación basada en las teorías geocéntricas
(las cuales conllevaban ciertos problemas de ubicación de las nuevas
tierras descubiertas), fueron sin duda unos dignos precursores de Real
Compañía de Guardias Marinas.
Una nueva enseñanza
De esta guisa continuó la enseñanza de los pilotos hasta que, tras la Guerra de Sucesión, sentó sus reales Felipe V
en el trono de España. Este nuevo monarca llegó a la conclusión de que
se necesitaban dos cosas para que nuestra marina estuviese a la altura
de la del resto de países: buques modernos, y una oficialidad permanente y entrenada.
«A
principios del siglo XVIII se pensó que no solamente hacían falta
nuevos barcos, sino también, y más importante si cabe, dotaciones
capacitadas. Así se inició un fenómeno que algunos han visto como una profesionalización de los Ejércitos Reales, y otros como una militarización de las ciencias», explica el capitán de navío José María Caravaca de Coca en su dossier «Apuntes para la historia de la Real Compañía de Guardias Marinas en sus momentos iniciales en Cádiz como continuadora de la labor científica de la Casa de la Contratación».
Con esta decisión tomada, el monarca nombró a finales de enero de 1717 a su consejero José Patiño Rosales
Intendente General de Marina y presidente del Tribunal de la
Contratación. Estos cargos le permitieron a su subordinado contar con la
potestad para institucionalizar la enseñanza de los oficiales
españoles.
«José Patiño promovió la fundación de la Real Compañía de Guardias Marinas de Cádiz en 1717,
un centro militar de formación de oficiales de marina, entre cuyas
disciplinas se encontraba el aprendizaje de la navegación», añade el
experto en su dossier. La idea del nuevo oficial al mando era -según
desvela la Armada en su página web- unificar los dos modelos de
enseñanza existentes entonces en Europa: el francés (princpalmente teórico) y el inglés (mucho más práctico).
En
palabras del comisario de la exposición, la Real Compañía estableció un
sistema de enseñanza en dos partes. La primera era exclusivamente
teórica (Academia) y se dividía en dos semestres en los
que se formaba a los cadetes en «geometría, trigonometría, cosmografía,
naútica, fortificación, artillería, armamento, evolución militar,
construcción naval y maniobras de naos». Todo ello, acompañado de otras
artes como eran la música, la danza y la esgrima.
Si los futuros oficiales lograban hincar los codos lo suficiente como para superar las diferentes pruebas asignadas, eran embarcados entonces durante seis años.
Tiempo en el que adquirían conocimientos de mar, de pilotaje, y de
hidrografía. De esta forma se logró, como buscaba Patiño, una «formación integral» que, además de formar completamente a los aspirantes, les permitiese a aquellos que no superasen las pruebas «regentar con acierto otros cualesquiera empleos públicos». De esta forma, el talento y el trabajo hecho no se perderían.
«José Patiño promovió la fundación de la Real Compañía de Guardias Marinas de Cádiz en 1717»
Para
ingresar en la academia (y tal y como afirma el comisario de la
exposición) era necesario que los aspirantes demostraran que eran «hijosdalgo» (con ser «hijo de capitán inclusive para arriba» valía) y contaran entre 14 y 18 años. En el caso de que no cumplieran con alguno de estos requisitos, podían ingresar como «aventureros».
Algo bueno a medias. Y es que, aunque podían asistir a clases y
adquirir los conocimientos de los guardiamarinas (aprendices a
oficiales) subían a los bajeles de la Armada sin ninguna graduación y no obtenían ni una moneda por sus servicios.
A pesar de todo, con el paso de los meses podían presentarse a un
examen para ser considerados Alférez de Fragata, lo que sí les daba
acceso a todo lo anterior. Posteriormente esta posibilidad se eliminó,
con lo que se unificó todavía más la enseñanza.
A día de hoy,
esta Real Compañía es una institución que ha enseñado sin interrupción a
alumnos desde que fue fundada en 171, ya sea en una o varias escuelas.
Tres guardiamarinas que hicieron sudar sangre a Inglaterra
Luis de Córdova1-Luis de Córdova y Córdova (1706)
Luis
de Córdova y Córdova nació en Sevilla allá por 1706. Al contar con un
padre navegante, logró sentar plaza de guardiamarina sin dificultad en
Cádiz cuando sumaba 16 primaveras (en el intervalo de edad estipulado
para ello). Pronto destacó como un ávido hombre de mar y corsario, lo
que le granjeó ascender en el escalafón militar de forma inexorable.
En
1774, ya talludito, dio su primer bofetón de importancia a los
británicos. Ese fue el año en que (como teniente general) se internó en
el Canal de la Mancha con una flota de 78 bajeles e
hizo retroceder, con el miedo todavía en el cuerpo, a los ingleses hasta
la seguridad de sus puertos en la Pérfida Albión. Tal y como afirma Marcelino González Fernández en su dossier «Linier, jefe de escuadra», en esa acción logró apresar el navío de 74 cañones «Ardent».
A
partir de ese momento, sus acciones contra los ingleses fueron
incontables. En 1780, como director general de la Armada española, logró
apresar uno de los convoyes más ricos de la historia de Inglaterra. Un
grupo de navíos que -como explicaba nuestro compañero Jesús Calero en su artículo «El día del gran golpe de Luis de Córdova a la Armada inglesa»-
incluía 37 fragatas, 9 bergantines, 9 paquebotes, 1692 hombres de
equipajes, 1159 hombres de la tropa de transporte y 244 pasajeros. Aquel
desastre estratégico de los lords fue tal que provocó la caída de la bolsa de Londres.
Una
humillación en toda regla, vaya. Y una humillación que siempre sería
recordada en nuestra marina gracias a la presencia de tres bajeles. «En
el convoy iban tres fragatas que más adelante se integraron en la Armada
con los nombres de Colón, Santa Balbina y Santa Paula», añade González Fernández en su dossier.
Puedes leer más sobre Luis de Córdova siguiendo este enlace: El día del gran golpe de Luis de Córdova a la Armada inglesa
Jorge Juan2-Jorge Juan (1713)
Jorge
Juan nació en la villa alicantina de Novelda el 5 de enero de 1713. A
los 16 años trató de acceder a la Academia de Guardias Marinas. Sin
embargo, tuvo que esperar medio año debido a la falta de plazas. Con
todo, finalmente logró alcanzar su sueño y entrar en ella por la puerta
grande. Pronto adquirió fama de alumno aventajado, por lo que sus
compañeros pasaron a llamarle «Euclides». De hecho,
pasó las pruebas rápidamente debido a que había acudido como oyente a
las clases, por lo que embarcó casi de inmediato.
Cinco años después de acabar sus estudios, Jorge Juan participó junto a Antonio de Ulloa
en una expedición a América del Sur que buscaba medir un arco de
Meridiano bajo el Ecuador y calcular cuál era el grado de achatamiento
de la Tierra. Lo hizo a pesar de que no contaba con graduación militar
antes de embarcar. El viaje se extendió durante 11 años en los que
nuestro protagonista se dio a conocer como un destacado investigador y científico.
De regreso a España, fue reclamado para hacer las veces de espía en
Inglaterra. Su objetivo sería recabar toda la información que pudiese
sobre la construcción de buques por parte de la Pérfida Albión.
A
su vez, su segundo objetivo era actuar como cazador de talentos en
secreto, pues debía tratar de conseguir que especialistas navales del
lugar viajaran a España para dar forma a una novedosa Armada. Todo ello,
a cambio de unos contratos muy beneficiosos. Casi un centenar de expertos aceptaron cambiarse de bando y traicionar a los británicos gracias a él. Con todo, fue descubierto y se vio obligado a salir por piernas hacia España.
A su regreso, renovó la construcción naval con la reforma de los diques y arsenales de Cartagena, Cádiz y Ferrol y la implantación de un sistema propio de arquitectura naval. A su vez, en 1572 el Rey le nombró director de la Academia de Guardiamarinas. Finalmente, llevó a cabo varias misiones como espía y embajador en Marruecos hasta su muerte a los 60 años.
Puedes leer más sobre Jorge Juan siguiendo este enlace: Jorge Juan, espía y científico que pudo dar la victoria a España en Trafalgar
Churruca- Wikimedia3-Cosme Damián Churruca (1761)
El
vasco Cosme Damián Churruca y Elorza se enroló a los 15 años en la
Compañía de Guardias Marinas de El Ferrol para consolidar su formación
naval. Allí destacó entre el resto de sus compañeros hasta que se graduó
en 1778.
Una vez licenciado, recibió un ascenso como premio a su
precocidad. A su vez, ese mismo año comenzaría su carrera marítima a
bordo del navío «San Vicente». Después de navegar como aprendiz en varios barcos, llevó a cabo su primera acción de guerra en 1781, año en que se vería las caras por primera vez con los ingleses. Y es que, participó en el asedio que España protagonizó contra Gibraltar. En él, este marino arriesgó su vida para tratar de salvar a multitud de heridos.
Tras
participar en varias expediciones científicas en las que hizo valer la
formación que había recibido en la Real Compañía de Guardias Marinas
(llegó a estudiar el estrecho de Magallanes en 1788 y
llevó a cabo multitud de estudios hidrográficos para la reforma del
atlas marino de la América septentrional) volvió a su vida militar. Tras
recibir el mando del «San Juan Nepomuceno», fue asignado a la escuadra franco española que se enfrentó a los ingleses en Trafalgar allá por el 21 de octubre de 1805.
En
el enfrentamiento contra los infames ingleses, Churruca se mantuvo en
su puesto a pesar de que una bala de cañón le arrancó la pierna derecha
por debajo de la rodilla. Hicieron falta las balas de seis bajales británicos a la vez para rendir su navío.
El marino de Motrico protagonizó una curiosa anécdota incluso después
de morir desangrado. Esta se produjo cuando los seis capitanes ingleses
pidieron al oficial de mayor rango del «San Juan Nepomuceno» que
entregara, como era tradicional, la espada del capitán vencido a aquel
de ellos que hubiera derrotado a Churruca. En ese momento, y para
sorpresa de todos, el español les dijo que, entonces, deberían partir el
arma en seis trozos pues, de haber atacado uno a uno, no habrían
vencido al vasco nunca.