lunes, abril 09, 2018

CARTA DEL GENERAL (R) SANTIAGO OMAR RIVEROS A LA SOCIEDAD ARGENTINA

Valiente carta del Grl Santiago Omar Riveros, último general con vida, preso y con 94 años de edad.
Un buen punto de partida para reconciliar  a los argentinos. No hay que olvidar que la grieta de la cual tanto se había ahora empezó en esta época, y hay que empezar a cerrarla sin omitir parte de la historia.



CARTA DEL GENERAL (R) SANTIAGO OMAR RIVEROS

A LA SOCIEDAD ARGENTINA

​Buenos Aires, marzo de 2018.

Soy General y, con 94 años, uno de los más antiguos Oficiales Superiores del Ejército Argentino con responsabilidad de mando en la guerra contra las organizaciones armadas de los años ’70. Soy además el preso más viejo de la Argentina. No es el propósito de esta carta quejarme del trato que recibo. Quiero a través de ella, asumir responsabilidades y pedir perdón a todos a quienes cause un daño injusto, en ejercicio de mi comando.

Lo hago en nombre propio, como uno de quienes tuvimos responsabilidad en la adopción de la metodología empleada en aquel enfrentamiento.

Actué siempre en el convencimiento de haber estado cumpliendo con mi deber como soldado, defendiendo a la Nación contra una agresión interna conducida desde el exterior. Por aquellos años, la denominada “guerra fría”, caracterizada por el armamentismo nuclear como medio de disuasión, llevó a que las dos potencias beligerantes decidieran trasladar el combate hacia zonas desnuclearizadas. América Latina, el África Septentrional y el Sudeste Asiático fueron el campo elegido.  

Estábamos advertidos de esta ofensiva. Pero no preparados para mensurar sus consecuencias: las heridas que quedarían en nuestra sociedad y en nosotros mismos luego de librar una lucha que, deben saberlo, era tan necesaria como inevitable.

Lo era para quienes se entrenaron en el exterior para formar parte de organizaciones armadas, con el designio de cambiar el estado de las cosas para siempre. Matando a quien fuera necesario para lograr sus fines, y también con la convicción de jugarse la propia vida en ello. Los más preparados sostenían el ideario marxista de la Unión Soviética y Cuba, y a ellos se sumaron muchos que, desde otras vertientes, se levantaron en armas en nombre de una desigualdad social que, tristemente, era mucho menor entonces que ahora.

El conflicto se instaló en nuestro país ya en 1959, pero fue reconocido como una ofensiva militar fomentada desde el exterior recién en 1974, cuando las autoridades constitucionales, urgidas por la gravedad de la escalada, requirieron soluciones inmediatas, ordenando la movilización de las FFAA y el inmediato “aniquilamiento del accionar subversivo”.

Inmersos en el caos y el desorden, y tras el fracaso judicial y operacional de las gestiones anteriores, las Fuerzas Armadas cometimos el error de la toma del poder político.

La clandestinidad, característica del combate planteado por los agresores, exigió una respuesta. Esa metodología nos dejó heridas que tardarán en cicatrizar. Este es un intento personal para empezar a hacerlo.

Son heridas abiertas en nuestra memoria, por los camaradas y policías muertos secuestrados y asesinados. Por quienes quedaron mutilados. Por los civiles secuestrados y muertos. Y son heridas abiertas en los adversarios, que vieron morir a sus compañeros y en los familiares que no pudieron darle sepultura.

Una metodología que cumplió los fines de la guerra: ganarla en el menor tiempo posible evitando la mayor cantidad de bajas. Pero que supuso el dolor perenne de miles de familias argentinas, lo que lamento profundamente.

No puedo hacerlo por haber combatido al adversario hasta la muerte, porque ese era mi deber.

No lo podría hacer,porque yo mismo envié todos los días a la muerte a mis subordinados mientras duró ese enfrentamiento.

Lamento no haber hecho todo lo posible para darles, en los casos en los cuales pude hacerlo, la correspondiente sepultura.  

Me equivoqué en ello. Pero así como nos equivocamos gravemente en un enfrentamiento entre compatriotas, les digo que hoy se cae en otro error tremendo con lo que le están haciendo a sus Fuerzas Armadas y muy especialmente a los policías, agentes de seguridad, suboficiales, a los entonces jóvenes oficiales y ahora también civiles, con quienes vengo compartiendo cárcel desde hace años.

La guerra no es un fenómeno jurídico, ni siquiera militar, es un hecho socio-político. Pretender que sean los Jueces quienes se ocupen de ella es sacarse de encima la responsabilidad. Porque donde se determina el objetivo de la guerra y su apertura, su alcance o su finalización, es en el plano Político. Los militares sólo actúan en el combate, que es el síntoma, la cara visible del verdadero conflicto, que es siempre político.

Por eso la Constitución le otorga al Legislativo y al Ejecutivo la potestad para declarar las guerras y les reserva sólo a ellos -responsables de consolidar la paz interior- las medidas pacificadoras, irrevisables por el Judicial, salvo corrupción.

Graves consecuencias tuvieron nuestros actos y muy graves consecuencias tendrá para la vida de la Nación lo que está pasando ahora. El Poder Judicial, cuarenta años después de los hechos, cae en tremendas inequidades cuando intenta juzgar fenómenos en los que intervinieron decenas de miles de personas. Y máxime cuando deja entrar las ideologías y cede ante la presión de partidarios de los agresores de ayer, o de los intereses económicos o políticos de hoy. Esto es lo que ha llevado a que se los juzgue aplicándoles un derecho diferente al del resto de la ciudadanía, se los prive de garantías elementales y se les coloquen las más altas penas sin importar su jerarquía al momento de ocurridos los hechos. Ya son, a enero de este año 430 nuestros muertos en prisión -que son también de ustedes porque son argentinos- sin condena desde que se reiniciaron estos juicios, abiertos sólo contra ellos.  

Yo no advertí a tiempo las tremendas diferencias que existen cuando el enemigo al que se combate es un extranjero o un compatriota. No pueden caer ustedes en el mismo error. No los tratan como soldados de nuestra Nación, sino como enemigos, mientras castigan a las FFAA privándolas de un presupuesto digno.

Deben ustedes pensar que cuatro presidentes democráticos y cuatro de facto los enviaron a combatir en los montes tucumanos; los emplearon contra la guerrilla urbana; los enviaron a Malvinas, mientras que otros tres, Alfonsín, Menem y Duhalde los convocaron para La Tablada, las sublevaciones armadas internas que sufrieron y los enviaron a la guerra del Golfo. Son los mismos a los cuales amnistió el ex Presidente Bignone; a los cuales se les anuló ese beneficio pero fueron amnistiados por las leyes democráticas llamadas de Punto Final y Obediencia Debida votadas por el Congreso. Los mismos a los cuales se les volvieron a anular esos beneficios para detenerlos y juzgarlos ahora, cuarenta años después de los hechos. ¿Cómo es que hemos sometido a nuestros militares, policías y gendarmes a semejantes vaivenes?  

No pueden gozar ustedes ahora de los beneficios obtenidos por el fin de todas aquellas guerras y enfrentamientos, y simultáneamente desentenderse de los errores que cometimos quienes los comandamos.

Ahora además detienen a los civiles que actuaron en la administración del gobierno, o a dueños de medios de prensa o jueces o sacerdotes que no simpatizan con los agresores de ayer y de hoy. Los juicios se extendieron a los hechos ocurridos antes del golpe del 76. ¿No ven acaso que los únicos juzgados por estos hechos son quienes combatieron o no estaban de acuerdo con las organizaciones guerrilleras antes y después del golpe militar?

No puede direccionarse de esta forma el criterio judicial y legislativo de una Nación, ni permitirse que en ella existan semejantes discriminaciones. Y les digo, tienen cientos de oficiales y suboficiales presos que ni siquiera fueron empleados en el combate. Lo están simplemente porque en sus legajos figuraban en tal o cual destino.

Los Generales nos conducimos en medio de la anarquía, las pasiones, la disolución y la guerra, con el objeto de ponerles fin a todos esos males. Me pregunto: ¿cuál es el fin que se persigue con estos juicios, además de los millonarios gastos e indemnizaciones (muchas pagadas a quienes nunca fueron víctimas de nuestro accionar) y costas que abonarán generaciones de argentinos con sus impuestos? Todo ello ocupando la agenda de los tribunales federales –encargados de investigar la corrupción y el tráfico de drogas- durante todos estos años y los que vendrán.  

No es esta una queja propia. Déjenme morir prisionero a mí solo. Yo fui quien dio las órdenes para  librar el combate, tal como lo declaró la sentencia de la causa 13/84.

No pretende esta carta agotar el tema. Faltan muchas cosas. Es un intento de empezar a derribar la muralla de odio, de desconocimiento, de miedos y de incomprensión que nos separan. No valen las disculpas de quien se excluye de los errores. Yo los cometí y me hago responsable de ellos.

Pido, cuando se acerca el final de mis días, que no reiteren nuestros errores. Que nos reconozcamos como hermanos. Que vuelvan a confiar en las FFAA como garantes de la paz y la libertad. Se lo merecen por su gloriosa historia y por los hombres y mujeres que las componen. El país las necesita para existir y para progresar.  

También pido que cese esta discriminatoria persecución a mis subordinados, y a cualquier otro, con una excepción, la mía, que, Dios sabe, jamás merecí mejor suerte que la que sufrió el último de los hombres a los que tuve el orgullo de comandar, para bien o para mal, en nombre y  en defensa de nuestra querida Patria.


Una iglesia de Salamanca descubre que tiene un Rubens

El cuadro de San Agustín, ubicado en la iglesia de La Purísima, ha resultado ser del pintor flamenco

 

El cuadro de San Agustín, que acompaña a la «Inmaculada Concepción» de José de Ribera en el retablo de la iglesia de La Purísima de Salamanca, es obra del pintor flamenco Peter Paul Rubens. Así se desprende de la investigación realizada por el antiguo conservador jefe de pintura flamenca y holandesa del Museo del Prado y presidente de honor del Instituto Moll de Madrid, Matías Díaz Padrón, y del artículo publicado en la prestigiosa «Revue Belge d'Archeologie et d'Histoire de l'Art», editada por la Real Academia de Arqueología e Historia del Arte de Bélgica.
El artículo revela que el cuadro, cuyo nombre completo es «San Agustín meditando sobre el misterio de la Santísima Trinidad», no es una pieza italiana, como se creyó en un primer momento, ni de un autor desconocido de la pintura flamenca del siglo XVII, sino de uno de sus máximos exponentes, Peter Paul Rubens.
Así, Díaz Padrón explica en su trabajo que «la monumentalidad de la imagen», que revela al santo acompañado de un ángel mientras extiende su mano sobre un niño con la montaña y el mar en la lejanía, «está en consonancia con la estatuaria de tantos senadores de la Roma clásica que Rubens dibujó en su estancia en Roma».
Como explica el propio autor del hallazgo a Ical, «la estética y la calidad del estilo» en dicha pintura le llevó ya hace años a cuestionar el origen italiano de la obra, como lo es el del resto de pinturas que acompañan a la «Inmaculada Concepción» de Ribera en un «conjunto inamovible desde el siglo XVII». Así, «con toda la documentación existente de siglos atrás», certificó que el origen del cuadro de San Agustín era flamenco.
No obstante, el paso de los años y «la vista de la obra 'in situ'» le llevaron a reconocer «una imponente calidad del estilo de Rubens» que le hicieron plantearse que pudiera ser obra del afamado pintor neerlandés entre 1614 y 1620, «cuando trabaja con materia más sólida y dominio de los tonos locales y vivos», a diferencia de sus últimos años en los que realizó «una pintura más suelta».
Esa observación que mostraba «motivos para pensar que es de Rubens» embarcaron al experto en arte flamenco a una investigación que se pudo resolver en los últimos años, tras el hallazgo de un grabado en los fondos de los archivos monumentales de la Biblioteca Nacional de Amberes, y del boceto de la obra poco antes de su subasta pública en Londres en 2015, tasada inicialmente por poco valor al considerarse realizada por un alumno de la escuela de Rubens, y que tras el hallazgo de Díaz Padrón fue retirada y puesta a la venta meses después por Christie's en Nueva York como un original de Rubens por un precio mucho mayor.
No obstante, y como explica el propio autor del hallazgo, quedaba por averiguar la llegada de esta obra a la iglesia de La Purísima de Salamanca en la segunda mitad del siglo XVII, puesto que el benefactor de dicho templo, el VI conde de Monterrey, adquirió la mayoría de las obras durante su estadía en Italia como virrey de Nápoles. Sin embargo, el hallazgo de que la sucesora en el Condado de Monterrey tuvo por marido a Juan Domingo de Haro, que fue gobernador de los Países Bajos en los años 70 del siglo XVII, explican que «fue este el que trasladó la obra de Rubens a Salamanca».
«Es una obra distinta que choca con el resto del retablo, totalmente italiano», señala Díaz Padrón, para quien el descubrimiento de que «San Agustín meditando sobre el misterio de la Santísima Trinidad» es de Rubens, «con la garantía y el peso de la publicación por el máximo organismo del mundo del arte de Flandes», supone «algo muy importante para Salamanca, porque es una obra que forma parte del patrimonio de una nación y no tiene precio».

 

¿Qué secretos esconden las joyas de la realeza inglesa?


En cuanto la proclamaron reina de Inglaterra preguntó si ya podía hacer lo que quisiera. Le respondieron que sí y decidió encerrarse sola en su habitación durante una hora. Victoria de Inglaterra no se encontraba preparada para ser reina, así lo manifestó en uno de los 114 diarios que escribió a lo largo de su vida.


La casaron a los 20 años con su primo Alberto, que intentó cortejarla memorizando sus gustos musicales y literarios y repitiéndolos como un papagayo. El pueril intento fracasó, y en cuanto dejó de buscar su amor, la heredera al trono inglés cayó presa de una obsesiva pasión que condicionaría irremediablemente su vida.
Sus nueve hijos, convenientemente casados, le dieron el apodo de «la abuela de Europa». Ella llegó a aborrecerlos porque, según confesó a sus biógrafos, «le quitaban tiempo para estar con su marido». Alberto, por su parte, fue un amante entregado. El apasionado romance entre ambos duró hasta la muerte de él. Ella nunca lo superó, «me pregunto por qué ha tenido que dejarme Alberto y mis hijos continúan a mi lado», lamentaba. Vistió de luto el resto de su vida y siempre llevaba una foto del príncipe consigo. Cada mañana pedía al servicio que dispusiesen su ropa para seguir sintiéndolo cerca.
Los años junto al príncipe Alberto fueron, según la propia reina, los mejores de su vida. Durante esas dos décadas, según sus biógrafos, el monarca consorte se deshacía en atenciones con su mujer. Él mismo diseñó muchas de las joyas que, con tanta frecuencia, le regalaba. La más icónica de todas ellas es la célebre tiara de diamantes y ópalos que heredó la actual monarca, Isabel II.
La tiara de esmeraldas diseñada por el príncipe Alberto
La tiara de esmeraldas diseñada por el príncipe Alberto - Kensiston Palace
La intensa vida de la segunda reina más lonjeva de Inglaterra puede narrarse a través de sus pertenencias, y eso se proponen los responsables de la exposición que le rinde homenaje en el Kensington Palace. En sus salas se reúnen más de 300 artículos personales de la monarca, desde las muñecas que hacía ella misma cuando era una niña hasta chaqueta con bordados color otomano que tanto la representó en los actos oficiales.
«En mis 25 años en Sotheby's no he visto una colección de esmeraldas de semejante calidad», exlamó Justin Roberts, director joyería de la casa de subastas inglesa ante las alhajas de la reina. Se refería, concretamente, a las piedras preciosas de la tiara creada para la reina por el joyero Joseph Kitchinf a petición, una vez más, de Alberto Sajonia.
Se la regaló en 1845, para celebrar el quinto aniversario de su boda y completaba un conjunto perfecto de pendientes y gargantilla su esposa solía lucir. En las joyas brillaban diamantes con talla cojín, en contraste con las esmeraldas escalonadas. Sobre ellas, otra fila de las mismas piedras talladas en forma de pera, la más grande, de 15 quilates. Este regalo hizo historia, fue la primera corona diseñada por un monarca para su reina.
La reina Victoria -y su tiara-, el príncipe Alberto y algunos de sus hijos
La reina Victoria -y su tiara-, el príncipe Alberto y algunos de sus hijos - ABC

Tiaras reales

Esta muestra de afecto fue la primera manifestación de una sólida tradición familiar de la Casa Real Inglesa. Los hijos y nietos de la pareja repitieron el cariñoso gesto con el que su abuelo se expresó en 1845 y, hasta la fecha, conmemoran con joyas las ocasiones especiales.
La tiara que recogía la larga melena decorada con azahares con la que la princesa Louise, duquesa de Fifé, le juró lealtad a Alexander Duff en 1889 también se expone en el centro. Es de los pocos objetos que se guardan de aquella ilustre boda junto con una fotografía de la novia, ya que la iglesia privada en la que se celebró el enlace se cayó tiempo después.
De entre los complementos nupciales de la nieta de la reina Victora destacaba esta ostentosa joya, en la que todavía tilila el resplandor cientos de diamantes. Se trata de una de las mejores obras producidas por el prestigioso joyero Oscar Massin, los cortes de la piedras preciosas se asestaron con certera precisión, en total, la corona suma 200 quilates. Los artesanos debían extremar el cuidado al trabajar la pieza, ya que se diseñó específicamente para que atrapasen la luz de las velas en cada movimiento de cabeza de la princesa Louise.
Tiara Fifé
Tiara Fifé - Kensington Palace
El diario The Graphic decía de tiara Fifé que tenía «un diseño muy poco común y hermoso, compuesto por cientos de piedras, que varían en peso de un quilate a diez, siendo las más grandes lo que técnicamente se conoce como briolettes, que se corta en ambos lados y gira los pivotes para que flash con cada movimiento de la cabeza».
Otra de las alhajas que más curiosidad suscita es la imponente tiara Kokoshnik un regalo de los príncipes de Gales y padres de la princesa, Eduardo VII y la Reina Alejandra. A la pieza se la conoce popularmente como «Queen Alexandra's Kokoshnik Tiara» y tiene la forma tan particular de los tocados de las mujeres del norte de Rusia. La joya, de inspiración eslava, toma como referencia el diseño de la corona de la hermana de Alexandra, la emperatriz consorte rusa, María Feodorovna.
La joya, en este caso, no fue un regalo familiar sino la solución desesperada de un grupo de mujeres de la corte a las que llamaban «Damas de la sociedad». El objetivo: ganarse el favor de la reina y consolidar sus respectivas fortunas. Las más poderosas de este grupo de 350 féminas eran la Marquesa de Salisbury, la Marquesa de Ailesbury, la condesa Spencer y la condesa de Corck que, temerosas por la incertidumbre, unieron sus fuerzas y sus fortunas para crear la pieza, que encargaron al joyero real, Garrad.
A la derecha, la princesa Louis
A la derecha, la princesa Louis - Kensington Palace
Las curvas de oro blanco y amarillo de la tiara sujetan más de 400 diamantes de excepcional calidad. Lo más ingenioso de esta pieza de alta joyería es que es convertible, mediante un sencillo sistema, la ostentosa tiara se convierte en una elegante gargantilla de brillantes flecos. A Alexandra pareció agradarle el obsequio, de hecho lo llevó puesto en la boda de uno de sus hijos.
Isabel II, con la tiara Kokoshnik
Isabel II, con la tiara Kokoshnik - ABC
La relación entre las «damas de la sociedad» terminó como el rosario de la aurora: hubo discusiones, enrevesados dimes y diretes y encarnizados enfrentamientos a la hora de decidir quién de ellas iba entregar el majestuoso regalo.
Fue finalmente fue lady Aliesbury quien entregó, orgullosa, el presente a su majestad, que lo recibió enfundada en riguroso luto: el suegro de la hermana mayor de su marido había muerto el día anterior.
El Sydney Morning Herald describió la tiara: «La tiara de diamantes que las damas de Inglaterra presentaron a la princesa de Gales es una copia de la de su hermana y no es un objeto particularmente bello».


Así logró Hernán Cortés derrumbar al imperio más brutal que ha conocido América

Con sus luces y sus sombras, el extremeño fue una figura inesperada y de gran inteligencia política, que aprovechó en beneficio español el odio creciente entre las tribus locales hacia la dominación azteca

 

 

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Tan solo los habitantes de un barrio de Tenochtitlán –la imponente capital de los aztecas– se habrían bastado para aplastar a Hernán Cortés y a sus 500 hombres cuando acudieron al encuentro del Emperador Moctezuma el 8 de noviembre de 1519. ¿Cómo derrumbó un grupo de barbudos hambrientos al imperio más violento que había conocido América? ¿Cuál era el secreto del capitán extremeño? Cortés, un hidalgo empobrecido de Medellín, se dio cuenta pronto de que podía usar en beneficio español el odio de los pueblos dominados por los aztecas. Su avance hacia la capital azteca se convirtió en una búsqueda de tesoros y, al mismo tiempo, en una revolución tribal contra el poder establecido.
Lejos de la imagen pretendida por la Leyenda Negra, Cortés exhibió una enorme inteligencia política y un impresionante verbo durante su conquista. Moctezuma quedó encandilado por la figura del español en una mezcla de síndrome de Estocolmo y de extraña amistad hacia el hombre que pretendía derribar su imperio. Aquello le costaría caro…

Al encuentro del Emperador

En medio de un tumulto de profecías que advertían al Emperador Moctezuma II de la llegada de «hombres blancos y barbudos procedentes de Oriente» con la intención de conquistar el Imperio azteca, los malos augurios se materializaron con el desembarco de Hernán Cortés, 518 infantes, 16 jinetes y 13 arcabuceros en la costa mejicana en 1519. El conquistador extremeño, tras varios meses de batallas contra tribus menores en su camino hacia la capital azteca, tomó una decisión radical, destruir las naves: o ricos, o no volverían a Cuba.
El 8 de noviembre de 1519 iniciaron el viaje definitivo hacia Tenochtitlán los 400 españoles supervivientes, acompañados de 15 caballos y siete cañones
Desde el principio de la expedición, un grupo de los españoles –los llamados velazqueños por su lealtad al gobernador de Cuba Diego de Velázquez– defendía regresar cuanto antes y no internarse más en una tierra que se consideraba dominada por el imperio más poderoso y grande de Norteamérica. «Propuso Cortés ir a México. Y para que le siguiesen todos, aunque no quisiesen, acordó quebrar los navíos, cosa recia y peligrosa y de gran pérdida», narra el cronista López de Gómara sobre la decisión de Cortés.
El 8 de noviembre de 1519 iniciaron el viaje definitivo hacia Tenochtitlán los 400 españoles supervivientes, acompañados de 15 caballos y siete cañones, que pasarían a la historia como los principales responsables del derrumbe del estado mexica.
Ilustración de la batalla de Otumba
Ilustración de la batalla de Otumba
A simple vista, podría pensarse que Cortés se creía un moderno Leónidas –el Rey espartano que frenó por unos días al imperio persa en las Termópilas acompañado de solo 300 hombres– y que tenía planeado, como el historiador mexicano Carlos Pereira describió sobre el aspecto de la expedición, «inmolarse voluntariamente al espantoso Huichilobos» (la principal deidad de los mexicas). Pero las apariencias suelen engañar, el extremeño no estaba improvisando: conocía muy bien sus ventajas y había tomado nota de las debilidades de su gigantesco enemigo.
El Imperio azteca era la formación política más poderosa del continente que, según las estimaciones, estaba poblada por 15 millones de almas y controlado desde la ciudad-estado de Tenochtitlan, que floreció en el siglo XIV. Usando la superioridad militar de sus guerreros, los aztecas y sus aliados establecieron un sistema de dominio a través del pago de tributos sobre numerosos pueblos, especialmente en el centro de México, la región de Guerrero y la costa del golfo de México, así como algunas zonas de Oaxaca.
Los sacrificios humanos masivos eran un mecanismo clave en el sistema azteca. Cada año entre 20.000 y 30.000 personas, capturados entre las tribus vecinas, eran inmoladas en estas ceremonias. Cientos de tribus celebraron con júbilo la desaparición de aquella máquina de matar que, define María Elvira Roca Barea, como «un totalitarismo sangriento fundado en los sacrificios humanos». Como señala la historiadora australiana Inga Clendinnen, lamentar la caída del Imperio azteca es como sentir pesar por la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial.
Hernán Cortés aprovechó en beneficio español este odio extendido. En su camino hacia Tenochtitlán, los conquistadores lograron el apoyo de los nativos totonacas de la ciudad de Cempoala, que de este modo se liberaban de la opresión azteca. Tras imponerse militarmente a otro pueblo nativo, los tlaxcaltecas, los españoles lograron incorporar a sus tropas también a miles de guerreros de esta etnia.

Los planes españoles

El plan de Cortés para vencer a un ejército que le superaba desproporcionadamente en número, por tanto, se cimentó en incorporar a sus huestes soldados locales. Junto a los 400 españoles, formaban 1.300 guerreros y 1.000 porteadores indios, que se abrieron camino a la fuerza hasta la capital. Además del odio común contra el terror sembrado por los aztecas, el conquistador extremeño percibió otro síntoma de debilidad en el sistema imperial y lo explotó hasta sus últimas consecuencias. Moctezuma II –considerado un gran monarca debido a su reforma de la administración central y del sistema tributario– se dejó seducir, como las serpientes, por Hernán Cortés y fue claudicando ante sus palabras, en muchos casos con veladas amenazas, hasta terminar cautivo en su propio palacio.
La figura del extremeño ha sido demonizada posteriormente por este doble juego político con el cándido emperador, pero cabe recordar, así lo hacen las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y de López de Gómara, la difícil situación en la que se encontraban los hispánicos. Estaban en una exagerada inferioridad numérica, lejos de cualquier base donde refugiarse y tratando con un pueblo que seguía practicando los sacrificios humanos.
Retrato de Hernán Cortés basado en el enviado por el conquistador a Paulo Giovio
Retrato de Hernán Cortés basado en el enviado por el conquistador a Paulo Giovio
A pesar del malestar creciente por las acciones de los conquistadores españoles, Moctezuma dirigió a petición de Cortés un discurso conciliador frente a su pueblo donde se reconoció como vasallo de Carlos I y pidió rendir obediencia a los extranjeros. No en vano, cuando los invasores planeaban su salida de la ciudad llegó la noticia de que el gobernador Diego Velázquez, desconociendo que Carlos I había dado su beneplácito personal a la empresa, confiscó en la isla de Cuba los bienes del extremeño y organizó un ejército que constaba de 19 embarcaciones, 1.400 hombres, 80 caballos, y veinte piezas de artillería con la misión de capturar a Cortés. El caudillo español se vio obligado a salir de la ciudad, junto a 80 hombres, para enfrentarse al grupo enviado por Velázquez.
Tras un ataque sorpresa, Cortés se impuso a sus compatriotas, que también le superaban en número, y pudo regresar meses después con algunos refuerzos a Tenochtitlán, donde encontró una ciudad sublevada contra los españoles. Y es que ante los rumores de conspiración los lugartenientes de Cortés habían ordenado la muerte de algunos notables aztecas que les parecieron sospechosos. Durante unos días, los europeos intentaron utilizar a Moctezuma para calmar los ánimos, pero fue en vano.
Díaz del Castillo relata que Moctezuma subió a uno de los muros del palacio para hablar con su gente y tranquilizarlos; sin embargo, la multitud enardecida comenzó a arrojar piedras, una de las cuales hirió al líder azteca de gravedad durante su discurso. El emperador falleció tres días después a causa de la herida e, invocando la amistad que había entablado con Cortés, le pidió que favoreciese a su hijo de nombre Chimalpopoca tras su muerte.
En la llamada Noche Triste, el 30 de junio de 1520, Cortés y sus hombres se vieron obligados a huir desordenadamente de la ciudad, acosados por los aztecas, que les provocaron centenares de bajas. No obstante, pocos días después se libró la batalla de Otumba, donde los españoles dieron cuenta de la superioridad militar de las técnicas europeas.

«Ellos no traen armas ni las conocen»

Si hay que señalar cuáles fueron las principales causas del éxito de la empresa de Cortés, a su capacidad de aprovechar las divisiones entre los pueblos de la región y de explotar el carácter dubitativo de Moctezuma hay que añadir la gran impresión que causaron las armas y las tácticas europeas sobre los aztecas. «Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo, y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro», escribió Cristóbal Colón sobre los nativos que encontró en su primer viaje.
Tampoco los habitantes de la región mexicana conocían el hierro y, además, sus armas estaban adaptadas a una forma de hacer la guerra que se mostró contraproducente en la lucha contra los europeos. Como en sus guerras tribales, los aztecas buscaron inmovilizar o herir, sin matar, a los españoles con armas fabricadas con huesos o de madera tratada para posteriormente trasladarlos a sus ciudades, donde celebraban con los capturados sacrificios humanos en honor a los dioses o los esclavizaban.
Tras invocar a Santiago los jinetes españoles se abrieron paso entre sus contrincantes y Cortés derribó a Matlatzincatzin, el líder militar azteca, y el capitán Salamanca lo mató con su lanza
La forma de hacer la guerra en Occidente –matar en vez de apresar– y sus avances tecnológicos –el hierro (en su máxima forma, el acero), la pólvora y el uso de caballos– suplieron la clara desventaja numérica de los españoles y sus aliados. En la batalla de Otumba, Hernán Cortés, 400 supervivientes de la huida de Tenochtitlán y 1.000 de aliados de Tlaxacala se impusieron a 100.000 soldados aztecas seleccionados de entre su élite militar. Los historiadores militares destacan dos claves de la victoria hispánica: la actuación de la caballería ligera dirigida por Cortés, empleando tácticas desconocidas por los mexicas; y que la muerte de un general se consideraba el fin del combate en Mesoamérica.
Según la narración del cronista Díaz del Castillo, tras invocar a Santiago los jinetes españoles se abrieron paso entre sus contrincantes y Cortés derribó a Matlatzincatzin, el líder militar azteca, y el capitán Salamanca lo mató con su lanza, apoderándose del tocado de plumas y el estandarte de guerra de los mexicas. El ejército mexica rompió filas al no tener un mando y comenzó la retirada. Tras la contienda, el extremeño preparó su regreso a Tenochtitlán y a finales de abril de 1521 comenzó el asedio final a la capital, donde fueron determinantes los cañones de pólvora para someter a una ciudad de más de 100.000 habitante.
Sobre el uso de la pólvora, antes de su primera visita a la capital azteca, Cortés ordenó una demostración del funcionamiento de los arcabuces frente a los emisarios de Moctezuma para que dieran fe del potencial de las armas europeas. Lo cual extendió el miedo entre la población, a quienes el simple estruendo de los arcabuces les causaba espanto. Aun así, como prueba de que su impacto fue más psicológico que tangible, los cañones y arcabuces de los soldados españoles de nada sirvieron en la Noche Triste –la mayor derrota de la Monarquía hispánica en sus primeros 50 años de conquista– ni fueron claves en la batalla de Otumba.
A raíz del asedio final de Tenochtitlán, el desgaste provocado entre los sitiados por las enfermedades llegadas del Viejo Mundo supuso el golpe de gracia para los restos de la estructura imperial. Ciertas enfermedades epidémicas desconocidas hasta entonces en el continente americano, la viruela, el sarampión, las fiebres tifoideas, el tifus y la gripe, diezmaron a la población y abrieron la puerta a la conquista de toda Mesoamérica.

martes, abril 03, 2018

5 de abril de 1818: la feroz batalla de Maipú


 
 
 
 
 O´Higgins y San Martín en "El abrazo de Maipú", obra de Pedro Subercaseaux. Fuente: Archivo - Crédito: Daniel Balmaceda
La situación era caótica. La Patria se perdía. Los godos habían sorprendido, en medio de la noche cerrada, al ejército patriota en los campos de Cancha Rayada. Todo se lo habría llevado el diablo si no hubiera sido por la magnífica actuación de Juan Gregorio de Las Heras quien, en medio del caos, sacó del peligro a cuatro mil quinientos hombres y salvó al Ejército. La capital chilena estaba sumida en el pánico ante los rumores sobre la muerte de los Libertadores, rumores que quedaron disipados cuando el 25 de marzo de 1818, ambos entraron a Santiago.
El general San Martín sabía que no había tiempo que perder para reorganizar al ejército. Pero el ánimo estaba en baja. El Libertador, entonces, se dirigió al pueblo reunido en la Plaza de Armas.
Chilenos: Uno de aquellos acasos que no es dable al hombre evitar, hizo sufrir a nuestro ejército un contraste. Era natural que este golpe inesperado y la incertidumbre os hicieran vacilar, pero ya es tiempo de volver sobre nosotros mismos y observar que el ejército de la Patria se sostiene con la gloria al frente del enemigo. (.) La patria existe y triunfará, y yo empeño mi palabra de honor de dar en breve un día de gloria a la América del Sur.
El pueblo confió en sus palabras. Sus soldados, también. Y ese día de gloria llegó pronto. El 2 de abril, luego de haber recolectado armas de entre todo el pueblo, el ejército unido argentino-chileno se dirigió hacia el valle que se extiende al lado del río Maipú, al sudeste de Santiago.
Tres días después, el 5 de abril, los realistas, en su marcha hacia la capital con el objetivo de invadirla, se apostaron en la hacienda de Lo Espejo ubicada en aquel valle. San Martín situó a sus tropas en una elevación del terreno desde donde pudo observar al ejército realista. Al revisar la disposición del enemigo en una única línea, le dijo a sus oficiales: "¡Qué brutos son estos godos!". Se había dado cuenta de una falla letal en las filas enemigas: no tenían reserva.
Los españoles habían dispuesto a la tropa en una única línea defensiva. Frente a esta táctica, San Martín dispuso tres divisiones. A la derecha, una al mando de Las Heras, Alvarado a la izquierda y en la retaguardia, la reserva conducida por Hilarión de la Quintana.
"Maipú, un abrazo para la historia" es la obra conmemorativa, escrita por Roberto Arancibia Clavel, Luis V. Ferrada Walker, Julio Luqui Lagleyze, Guillermo Palombo, Diego A. Soria y Alfredo A. Stahlschmidt.
"Maipú, un abrazo para la historia" es la obra conmemorativa, escrita por Roberto Arancibia Clavel, Luis V. Ferrada Walker, Julio Luqui Lagleyze, Guillermo Palombo, Diego A. Soria y Alfredo A. Stahlschmidt. Fuente: Archivo - Crédito: Daniel Balmaceda
Hacia el mediodía se dio la orden de avance y la división de Las Heras se lanzó hacia los godos, rompiendo filas y dispersando a los soldados hacia la izquierda en donde los esperaba la división de Alvarado. Pero éste no pudo contenerlos. Fue en ese momento en que San Martín ordenó el avance de la reserva. Hilarión de la Quintana se sumó a las fuerzas de Alvarado e hicieron retroceder al enemigo que se atrincheró en la Estancia Lo Espejo.
En el momento en que los españoles ordenaron la retirada, se dio aviso a O´Higgins, que esperaba en la capital con una segunda reserva. El héroe chileno se dirigió al campo de batalla. Al encontrarse con San Martín, lo abrazó como pudo, ya que tenía el brazo vendado por las heridas de marzo, y le dijo: "¡Gloria al salvador de Chile!".
El ataque final lo dieron Las Heras y el general Balcarce, persiguiendo al enemigo hasta derrotarlo.Maipú fue una batalla sangrienta, brutal. Las fuerzas patriotas tuvieron mil heridos y perdieron ochocientas vidas, mientras que murieron cerca de mil quinientos realistas en el campo de batalla y unos mil trescientos prisioneros.
La importancia de este triunfo radicó en haber dinamitado las esperanzas españolas. El ejército realista prácticamente desapareció. La independencia de Chile quedó asegurada.
A doscientos años de la batalla final, historiadores chilenos y argentinos se unieron para escribir el libro: "Maipú - Un abrazo para la historia" (Editorial Universitaria del Ejército Argentino). La calidad de los textos y las ilustraciones son un merecido homenaje a aquellos hombres que sacrificaron hasta sus vidas en busca de la ansiada libertad de los pueblos de América del Sur.

RECUERO HEROICO DE LA RECONQUISTA DE LA MALVINAS

Con 18 años y siendo analfabeto, por sus acciones de combate durante la batalla del Cerro Dos Hermanas, en la guerra de Malvinas.

El Soldado Conscripto Oscar Ismael Poltronieri, quien era operador de una ametralladora, desoyendo la orden de retirada y quedándose combatiendo el solo, permitió el repliegue de todos sus compañeros, ( mas de 100 soldados , incluido sus superiores ) a zonas seguras y disparando al enemigo con su única boca de fuego, impidió avanzar a todo el dispositivo ofensivo británico durante más de 10 horas.

Recibe la medalla, “La Cruz de la Nación Argentina al Heroico Valor en Combate” y es el único soldado conscripto "vivo" desde el siglo XIX hasta ahora en recibir la máxima condecoración que da nuestra Nación.

Luego de la guerra intento suicidarse, vendió baratijas en los colectivos y trabajó de remisero. Pero lo mas importante fué que soldados y oficiales veteranos Ingleses lo buscaron para expresar su admiración por el y fué condecorado en Inglaterra con "La Cruz de Hierro al Valor".

En los colegios de nuestro país los alumnos "no" lo conocen, "no" saben quien es.

Ayudame a que lo conozcan, compartí en todas tus redes, es un Héroe

Cariños y Felices Pascuas

un viaje humanitario y sanador al cementerio que por fin tiene tumbas con nombres

Fernando de la Orden

Los familiares de 90 argentinos muertos en la guerra de Malvinas y enterrados en el cementerio de Darwin pudieron al fin cerrar el doloroso círculo de la muerte NN.
Esos caídos, que eran "soldados sólo conocidos por dios", ahora yacen identificados, con sus nombres grabados en la piedra.
Así, casi 36 años después unos 200 parientes dejaron ahí lágrimas, ruegos, rosarios, cruces, amor. De todo, menos olvido.
"Mi primer contacto con las islas lo hice desde el aire. Pegado a la ventana del avión viendo partes de ese mapa que tantas veces pintamos en el colegio y forma parte de todos nuestros mapas de la Argentina" dice Fernando de la Orden, fotógrafo de Clarín que registró la muy emotiva ceremonia y otras huellas imborrables que quedaron en las islas.
"Manejé una hora y media hasta el cementerio argentino de Darwin al que en dos días llegarían los familiares de los caídos en la guerra de 1982, para volver a llorar a sus seres queridos cuyos cuerpos recién ahora pudieron ser identificados. Llegué antes que cayera el sol, era un hermoso atardecer lleno de color, doscientas treinta cruces blancas se recortaban bajo un cielo azul y una pradera teñida de naranja.
Lamentablemente el día que llegaron los familiares al cementerio, los organizadores no permitieron estar más allá del estacionamiento.
Pude fotografiar a los familiares cuando caminaban hacia los micros que los separarían de las tumbas de sus seres queridos, para algunos quizá para siempre, por su avanzada edad.
Muchos se arrodillaban en el camino para recoger piedras y hasta tierra de las islas en bolsas de plástico. Las Malvinas son tan importantes para tantos argentinos que yo mismo tuve esos mismos encargos.
Finalmente me permitieron entrar al cementerio, una vez que partió la caravana, y me emocioné al encontrarme con los mensajes llenos de amor que les dejaron a sus seres queridos escritos con esas piedritas sobre sus tumbas: Te amo, Te amamos, Héroes, Paz. Adiviné dos banderas argentinas y un corazón dibujado con piedras". Mucho amor, orgullo y tristeza resistiendo al viento".
Malvinas - El sol se pone detrás de los cerros que rodean la pequeña ciudad Port Stanley Islas Malvinas27-03-2018Foto: Fernando Orden / Enviado Especial FTP CLARIN Atardecer1033.JPG Z DelaOrden
El sol se pone detrás de los cerros que rodean a Puerto Argentino, capital de las Islas Malvinas. (Foto: Fernando de la Orden / Enviado especial)
Foto: Fernando la Orden
Atardece en Malvinas. (Foto: Fernando de la Orden / Enviado especial)
Cementerio argentino de Darwin Islas Malvinas Foto: Fernando la Orden / Enviado Especial
Vista del cementerio. (Foto: Fernando la Orden / Enviado especial)
Familiares de 90 caídos en Malvinas visitan el cementerio argentino DarwinFoto: Fernando la Orden / Enviado Especial
Despedirlos, por fin, como se debe. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Foto: Fernando la Orden
Cruces y emociones. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Familiares de 90 caídos en Malvinas visitan el cementerio argentino DarwinFoto: Fernando la Orden / Enviado Especial
Mensajes claros. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Familiares de 90 caídos en Malvinas visitan el cementerio argentino de Darwin. / Fernando la Orden / Enviado Especial
El mensaje. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Familiares de 90 caídos en Malvinas visitan el cementerio argentino de Darwin. / Fernando la Orden / Enviado Especial
Tenía 20 años, cayó en la defensa final de Puerto Argentino. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Cementerio argentino de Darwin Islas Malvinas.Foto: Fernando la Orden / Enviado Especial
Héroes. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Familiares de 90 caídos en Malvinas visitan el cementerio argentino Darwin. Foto: Fernando la Orden / Enviado Especial
Allá, ellos. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Recorrida a pie por los montes Tumbledown y Longdon donde se libraron las últimas batallas de la guerra 1982 muy cerca de Puerto Argentino.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Recorrida a pie por los montes Tumbledown y Longdon donde se libraron las últimas batallas de la guerra 1982 muy cerca de Puerto Argentino. Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Recorrida a pie por los montes Tumbledown y Longdon donde se libraron las últimas batallas de la guerra 1982 muy cerca de Puerto Argentino.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Las huellas de la guerra en los montes Tumbledown y Longdon.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Recorrida a pie por los montes Tumbledown y Longdon donde se libraron las últimas batallas de la guerra 1982 muy cerca de Puerto Argentino.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Huellas. Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Recorrida a pie por los montes Tumbledown y Longdon donde se libraron las últimas batallas de la guerra 1982 muy cerca de Puerto Argentino.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Últimas batallas de la guerra 1982 muy cerca de Puerto Argentino.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Recorrida a pie por los montes Tumbledown y Longdon donde se libraron las últimas batallas de la guerra 1982 muy cerca de Puerto Argentino.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Registros. Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Recorrida a pie por los montes Tumbledown y Longdon donde se libraron las últimas batallas de la guerra 1982 muy cerca de Puerto Argentino.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Nombres. Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Totem Pole un poste que indica la distancia de las islas con distintas ciudades todo el mundo. Entre ellas Libertad Merlo Buenos Aires 1860kmFoto: Fernando Orden / Enviado Especial
"Totem Pole", un poste que indica la distancia de las islas con distintas ciudades todo el mundo. Buenos Aires: 1.860 kilómetros. ( Fernando de la Orden / Enviado especial)
La hélice del buque de carga Atlantic Conveyor que fue hundido por Fuerza Aérea Argentina en guerra 1982 Cape Pembroke el punto mas al este las islas. Port Stanley Islas Malvinas. Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
La hélice del buque logístico "Atlantic Conveyor", hundido por la Aviación Naval el 25 de mayo de 1982. (Foto: Fernando de la Orden / Enviado especial)
Restos de un helicóptero "Chinook" del Ejército Argentino que fue derribado frente al monte Kent en la guerra 1982 por el Inglés Islas MalvinasFoto: Fernando Orden / Enviado Especial
Restos de un helicóptero "Chinook" del Ejército Argentino que fue derribado frente al monte Kent en la guerra 1982 por el Inglés Islas MalvinasFoto: Fernando Orden / Enviado Especial
Restos de un helicóptero "Chinook" del Ejército Argentino que fue derribado frente al monte Kent en la guerra 1982 .Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Lo que dejó la guerra. Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Restos de un helicóptero "Chinook" del Ejército Argentino que fue derribado frente al monte Kent en la guerra 1982 Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Huellas en Mont Kent.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Restos de un helicóptero argentino "Puma" que fue derribado frente al monte Kent en la guerra 1982 Islas MalvinasFoto: Fernando Orden / Enviado Especial
Restos de un helicóptero argentino "Puma".Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Restos de un helicóptero argentino "Puma" que fue derribado frente al monte Kent en la guerra 1982. Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Derribado en el 82 frente al monte Kent. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
El Faro de Cape Pembroke esta situado en punto mas al este las islas. Construido siglo 18 como ayuda a la navegacion. Port Stanley Islas MalvinasFoto: Fernando Orden / Enviado Especial
El faro Cabo San Felipe se construyó en el siglo XVIII. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Un visitante observa cañón de la Segunda Guerra Mundial frente a entrada Port Stanley Islas MalvinasFoto: Fernando Orden / Enviado Especial
Unas de las armas que quedaron. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Restos de un helicóptero argentino "Puma" que fue derribado frente al monte Kent en la guerra 1982 Islas MalvinasFoto: Fernando Orden / Enviado Especial
Otros restos del "Puma". (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Pradera de Ganso un lugar clave la guerra 1982 en las Islas Malvinas nuevas tumbas de los caidos soldados muertos guerra indentificacion identifican con nombre de los soldados. Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Pradera del Ganso (o Goose Green), lugar clave en la guerra. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Paisaje de la pradera. Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Malvinas. Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
"La paz sólo se puede alcanzar si Argentina". (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Port Stanley Puerto Argentino, Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Bienvenidos a Puerto Argentino. (Fernando de la Orden / Enviado especial)
Recorrida a pie por los montes Tumbledown y Longdon donde se libraron las últimas batallas de la guerra 1982 muy cerca de Puerto Argentino.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Recorrida a pie por los montes Tumbledown y Longdon.Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Puerto ArgentinoCae la noche sobre Foto: Fernando Orden / Enviado Especial
Cae la noche sobre Puerto Argentino Foto: Fernando Orden / Enviado Especial