miércoles, mayo 10, 2017
Castillo de San Carlos EN VUELO Diario Río Uruguay
Publicado por
Dr. Federico Carlos Scharn y Vidal
en
11:00 a.m.
jueves, mayo 04, 2017
EVANGELIO DEL DIA

Es el arzobispo que fue desterrado cinco veces por defender la religión. En la misa de su fiesta se lee el evangelio que trae esta recomendación de Jesús: "Cuando los destierren de una ciudad, váyanse a otra. Les aseguro que no se acabarán las ciudades de su país antes de que venga el Hijo del Hombre. El discípulo no es más que su maestro. Si a Mí me han perseguido, también a Uds. los perseguirán".
San Atanasio nació en Alejandría, Egipto, hacia el año 297. Siendo todavía un niño en el año 311, presenció el martirio de su obispo Pedro de Alejandría y de otros cristiano, muertos en la persecución que hicieron los paganos. Luego supo con alegría que el año 313 el emperador Constantino declaraba la libertad religiosa para los cristianos, y se acababa la persecución.
De joven conoció al gran penitente San Antonio Abad y la amistad con tan famosos santo le fue de inmenso provecho durante toda su vida.
Con grandes cualidades para la oratoria y una brillante inteligencia, se dedicó a prepararse para el sacerdocio, y siendo diácono fue escogido como secretario de Alejandro, arzobispo de Alejandría. En esta joven edad de 23 años escribió su primero libro acerca de la Encarnación de Jesucristo.
Por aquél tiempo apareció en Alejandría un hereje llamado Arrio, que enseñaba que Jesucristo no era Dios. (Si Jesucristo no fuera Dios, nuestra religión sería vana, pues estaríamos adorando a un hombre. Y un hombre no le resuelve los problemas a nade. Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre).
Atanasio de dedicó a combatir al hereje Arrio y obtuvo que su arzobispo reuniera a los obispos de la nación y a muchos sacerdotes y en un Concilio Nacional condenaron a Arrio y le prohibieron enseñar sus errores.
Pero Arrio era un hombre terrible y se dedicó a propagar su herejía por países, y muchos que deseaban vivir una vida más fácil y que sabían que si Cristo no era Dios no había entonces porqué obedecerle ni seguir sus leyes, se dedicaron a propagar su dañosa herejía. Entonces se reunieron los obispos del mundo, en el Primer Concilio, el Concilio de Nicea, el año 325, y condenaron a Arrio y decretaron que debía ser derrotado. San Atanasio asistió a ese Concilio como Secretario de su obispo Alejandro y fue su consejero en las discusiones.
Y sucedió que Eusebio de Nicomedia, un hombre muy influyente en el gobierno, convenció al emperador Constantino de que Arrio debía ser admitido otra vez en la Iglesia Católica. Constantino escribió a San Atanasio pidiéndole que admitiera al hereje, y el santo le respondió que jamás podía él aceptar como católico a quien se atrevía a negar que Jesucristo es Dios. Y entonces el emperador desterró a Atanasio, hacia Tréveris, ciudad de Alemania. Allá estuvo dos años desterrado, e hizo muy buena amistad con San Maximino el obispo de esa ciudad.
Al morir Constantino, su sucesor dio permiso para que volvieran a sus ciudades los que estaban desterrados, y Atanasio volvió a Alejandría, siendo recibido por el pueblo con grandes demostraciones de alegría. Pero los arrianos y otros enemigos de la verdadera religión le inventaron muchas calumnias y eligieron a un falso arzobispo e hicieron que Atanasio tuviera que irse de la nación por ocho años. Se fue a Roma y allá el Sumo Pontífice se declaró a su favor. (Una de las calumnias que le inventaban era que él había matado a un obispo, y presentaban el brazo cortado del tal obispo. San Atanasio supo dónde tenían escondido al obispo aquel y se fue y se lo trajo y cuando ya lo iban a condenar por ese homicidio les presentó al tal muerto, bien vivo y muy lleno de salud y con ambos brazos).
El emperador Cosntante, que era arriano, expulsó a la fuerza otra vez a Atanasio, porque defendía que Cristo sí es Dios. Y el santo tuvo que estarse escondido seis años entre los monjes del desierto. En estos años escribió sus mejores obras y llegó a una gran santidad.
Al morir Constante, volvió Atanasio a Alejandría, pero poco después subió al trono un apóstata, renegado, llamado Juliano y lo desterró también. (Cuando la policía de Juliano lo iba persiguiendo por el Río Nilo, el santo que iba disfrazado de campesino hizo devolver su embarcación, y al encontrarse con los perseguidores, éstos le preguntaron: "¿Ha pasado por aquí Atanasio? ¿Estará muy lejos?". Y él les respondió: "Sí, pasó hace poco rato y no está lejos". Los otros siguieron río arriba, y no lograron reconocerlo). Al morir Juliano, ya pudo volver el obispo otra vez a Alejandría.
Y llegó un nuevo emperador, Valente, el cual decretó otra vez que Atanasio debía ser desterrado. El santo se refugió en una casa de las afueras de la ciudad, cerca del sepulcro de su padre, y allí estuvo escondido por cuatro meses, durante los cuales escribió una biografía que se ha hecho famosa: La Vida de San Antonio Abad. Pero luego el emperador, por miedo a que en Alejandría estallara alguna revolución, porque los católicos estaban cansados de tanto ver perseguir a su arzobispo, decretó que podía volver otra vez a la ciudad. Y en los últimos siete años ya nadie lo volvió a desterrar. Había estado desterrado por 17 años, en sus 5 destierros.
San Atanasio fue el obispo más famoso de su siglo. Tuvo que vivir en una época sumamente difícil y combatir a enemigos muy peligrosos y traicioneros que pretendían quitarle a la religión católica una verdad fundamental que es la que enseña que Jesucristo sí es Dios. En sus 45 años de sacerdocio no dejó nunca de predicar en favor de Jesucristo. Por eso se dice que después de los apóstoles en la antigüedad quizá ninguno contribuyó más que Atanasio a hacer amar a Jesucristo.
Dice un obispo de su tiempo: "Cuando murió el obispo Alejandro, el pueblo se reunió en el templo durante tres días y gritaba que deseaba por obispo a Atanasio porque les parecía el más santo de los candidatos a obispo". Es que ya desde joven tenía fama de ser santo. Su vida fue un calvario: cinco reyes lo desterraron, pero jamás ninguno logró conseguir que dejara de proclamar que Cristo sí es Dios y que la divinidad de Jesús es la razón de nuestra esperanza.
Atanasio fue el campeón de la libertad de la iglesia frente a los poderes civiles que pretendían meterse en lo religioso que a ellos no les pertenece. Tenía temple de luchador, y se enfrentaba sin miedo a cuantos trataban de negar las verdades de la religión católica. Pero a la vez cumplía lo que decía Jesús: "Sean prudentes como serpientes", y cuando veía que sus adversarios le tenían trampas preparadas, huía muy a tiempo antes de caer en sus garras. Algunas de sus fugas fueron espectaculares. Cuando ya los enemigos se imaginaban que caería en sus garras, él aparecía en otros sitios muy distantes escribiendo y hablando en favor de Cristo y previniendo a los creyentes para que no se dejaran engañar de los herejes.
Hablaba un lenguaje totalmente claro y franco y no iba con rodeos cuando había que defender la verdadera fe. Al pan lo llamaba pan y al vino, vino, gustara o no gustara a los enemigos de la religión.
Cuando Dios le señala a una persona un oficio muy especial en su Iglesia le concede una personalidad apropiada para el oficio que va a tener que desempeñar. A Atanasio le concedió un temperamento heroico y a la vez le fue alimentando su gran personalidad permitiéndole que en cada destierro lograr ir al desierto o a otros sitios alejados a meditar, a rezar, a estudiar y a prepararse para sus futuros combates.
De uno de sus perseguidores, Juliano el apóstata, se dice que le preguntó por burla a un carpintero católico: "¿Qué está haciendo en el cielo su jefe el Carpintero de Nazareth?". Y que el creyente le respondió: "Está fabricando ataúdes para los que se oponen a su santa religión". Y se cuenta también que Juliano al morir atravesado en una batalla, se arrancó la flecha que lo hería y murió mirando al cielo y diciendo: "Venciste Galileo". En cambio San Atanasio al terminar su existencia pudo exclamar gozoso: mi vida fue un calvario. Me persiguieron pero no pudieron conmigo. Te acompañé en esta vida en tu Pasión Dolorosa, ahora espero acompañarte en tu gloria en la Vida Eterna.
Murió el 2 de mayo del año 373, a los 76 años.
Dijo Jesús: "A quien se declare a mi favor ante la gente de este mundo, yo me declararé a su favor ante mi Padre Celestial y sus ángeles".
HONDO SABER DE DIOS FUE VUESTRA CIENCIA
Hondo saber de Dios fue vuestra ciencia.
su espíritu de verdad os dio a beberla
en la Revelación, que es su presencia
en velos de palabra siempre nueva.
Abristeis el camino para hallarla
a todo el que de Dios hambre tenía,
palabra del Señor que, al contemplarla,
enciende nuestras luces que iluminan.
Saber de Dios en vida convertido
es la virtud del justo, que, a su tiempo,
si Dios le dio la luz, fue lo debido
que fuera su verdad, su pensamiento.
Demos gracias a Dios humildemente,
y al Hijo, su verdad que a todos guía,
dejemos que su Luz, faro esplendente,
nos guíe por el mar de nuestra vida. Amén.
Dios todopoderoso y eterno, que suscitaste a san Atanasio como preclaro defensor de la divinidad de tu Hijo, haz que nosotros, iluminados por sus enseñanzas y ayudados por sus ejemplos, crezcamos en tu conocimiento y en tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
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Dr. Federico Carlos Scharn y Vidal
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8:27 a.m.
Un militar retirado pidió asilo en la Nunciatura y no lo dejaron entrar
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Mariano De VediaLA NACION
Martes 02 de mayo de 2017 • 22:07

El hecho fue protagonizado por el teniente coronel retirado Emilio Guillermo Nani, quien al mediodía se dirigió a la señorial sede de Avenida y Alvear y Montevideo, luego de tomar conocimiento de que un juez federal de Mar del Plata estaría por dictar una orden de detención en su contra.
Así lo confirmó a LA NACION el abogado del militar, el doctor Eduardo San Emeterio, quien explicó que Nani fue atendido por una secretaria de la Nunciatura, quien le informó que el nuncio apostólico, monseñor Emil Paul Tscherrig, no se encontraba en el lugar, ya que hasta el viernes participa de la asamblea plenaria del Episcopado, que se desarrolla en Pilar. "Tampoco pudo hablar con otra autoridad de la Nunciatura, por lo que mi defendido entregó una nota en la que detalla su situación de perseguido político", explicó su abogado.
Nani, de 71 años, combatió en Malvinas y participó en 1989 de la recuperación del cuartel militar de La Tablada -ante el ataque del Movimiento Todos por la Patria (MTP)-, donde fue herido de gravedad, al recibir un balazo en el ojo, por lo que hoy utiliza un parche. En su momento fue condecorado por el entonces presidente Raúl Alfonsín "por haber defendido las instituciones", pero una década después devolvió la distinción al sentirse defraudado por el trato que recibió el Ejército en los sucesivos gobiernos.

Según denuncia el propio militar, el juez federal Santiago Inchausti, titular de los juzgados 1 y 3 de Mar del Plata, "habría resuelto ordenar" su captura para procesarlo por delitos de lesa humanidad. Nani actuó en el Grupo de Artillería de Defensa Aérea 601 (GADA 601), con asiento en esa ciudad. "Nunca fue imputado ni citado en ninguna causa de lesa humanidad", acotó su letrado.
El abogado San Emeterio dijo que no conoce antecedentes de militares que hayan pedido asilo a la Santa Sede. "Pero sí hay varios casos de países que denegaron la extradición de militares por considerar que los delitos que se le imputaban estaban prescriptos", comentó, al citar el caso del capitán retirado Jorge Wagner, liberado en España.
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El infame rey español que traicionó a su pueblo y pidió ser hijo adoptivo de Napoleón

La historia de estos dos monarcas podría haber quedado olvidada en los más profundo de cajón de las infamias de nuestro país. Sin embargo, esta semana vuelve a estar alumbrada por la actualidad debido a que el pasado 11 de diciembre se cumplieron 202 años desde que Napoleón Bonaparte -experto en lograr por las malas (y en muy pocas ocasiones por las buenas) todo aquello que deseaba- tuvo que tragarse su orgullo entre baguette y baguette y devolver el trono de España a Fernando VII. Todo ello, después de haber sido expulsado a base de fusil, bayoneta, cañón y sangre rojigualda de estos lares. Aquel día, con todo, volvió a la Península un monarca que -aunque deseado, como bien decía su apodo- no había tenido reparo ninguno en plegarse a los deseos del franchute cinco años atrás y cederle por las buenas el territorio español. De hecho, lo que él no fomentó en ningún caso por su poder (la resistencia contra los franceses) lo tuvieron que hacer las gentes de este país mediante narices. Así pues, fue el pueblo el que se enfrentó a la «Grande Armée» del «Pequeño corso» y le devolvió de una patada a París.
La primera traición, la de Carlos IV
Para hallar la primera traición de estos líderes a España es necesario retroceder en el tiempo hasta el final del siglo XVIII. Por entonces dominaba nuestro país Carlos IV... o más bien su valido, Manuel Godoy. Este español era un Guardia de Corps -Guardia Real- venido a más gracias a que, según las tonadillas populares, solía dar «ajipedobes» a la reina María Luisa de Parma («sebo de pija» leído al revés -los españoles nunca nos henos destacado por la sutilidad-). Fuera por lo que fuese (por su valía o por bajarle las enaguas a la, según se dice en las crónicas de la época, feísima reina consorte) lo cierto es que por aquellos años este militar andaba «sisando» el trono al torpe de Carlos. Este, por su parte, andaba más preocupado por cazar en su coto que por los asuntos de gobierno. De hecho, solo metía su morro real de por medio cuando podía sacar algún rédito para su familia. Un monarca bastante corto de entendederas, vaya. O eso opinan algunos historiadores como Roberto Blanco quien, en su obra «Antimitología política de México», le califica de «estúpido, cobarde y cornudo».En esas andábamos por tierras españolas cuando a los franceses se les ocurrió armar un barullo de esos que marcan una época alzándose en una Revolución contra sus monarcas: Luis XVI y María Antonieta. Reyes a los que -por cierto- decapitaron con el curioso invento del doctor Joseph-Ignace Guillotin (la guillotina, para entendernos). Aquello no gustó demasiado a las potencias monárquicas tradicionales -entre ellas España- que, con más miedo que el que un buque hispano cargado de oro tenía en el siglo XVI al pirata Francis Drake, decidieron aliarse para dar hasta en el corvejón a la nueva «France». Armados hasta los dientes y deseosos de vengar a los reyes gabachos fallecidos, los generales hispanos iniciaron la invasión del territorio enemigo en 1793. La contienda, que comenzó bien, acabó en desastre. «La guerra se desarrolló en dos campañas. La de 1793, dirigida entre otros por el General Ricardos, tuvo lugar en el Rosellón francés, región que España había cedido a Francia por el tratado de los Pirineos (1659). La segunda campaña, 1794-1795, estuvo marcada por los éxitos del ejército francés y la invasión de Figueras, San Sebastián, Bilbao y Vitoria», explica la historiadora Elena Castro Oury en su obra «La Guerra de la Independencia española».

Con estos antecedentes cabría esperar que Godoy y Carlos IV hubiesen acabado hasta el sombrero uno, y hasta el cetro el otro, de tanto gabacho por aquí y «fraternité» por allá, pero nada más lejos. Así lo demostró el que, en 1800, el monarca se aliase con los franceses de nuevo (y a pesar de la vergüenza del último tratado de paz) en contra de Inglaterra por su propio interés familiar. «A cambio de la isla de Elba, de la Luisiana americana y de seis navíos que le cedía España, Francia debía convertir a los duques de Parma, Luis y María Luisa de Borbón (hija de Carlos IV) en reyes de un territorio más amplio», destaca Castro Oury. En resumen, el rey (de quien se dice que odiaba la política, que llevaba una cornamenta más grande que un alce y que parecía no enterarse del sermón ni la mitad) vendió una parte del país y se merendó su orgullo para poder situar a su pequeña en una posición de importancia. Todo ello, con Napoleón Bonaparte de por medio, un gran artista en todo lo referente a las mentiras políticas y el arte del engaño. Cabe decir que este pacto, llamado el Tratado de San Ildfonso, terminó llevando a una buena parte de la Armada de su Católica Majestad al infierno.
La segunda infamia: Fontainebleau
En la segunda traición colaboró más activamente Fernando, entonces príncipe. Con todo, fue perpetrada principalmente por la pasividad de Carlos IV y el interés de Godoy. Independientemente de la razón que la motivara, en ella se volvió a vender a España a los franceses. Para encontrar este episodio en las páginas de la historia no es necesario avanzar mucho más allá del Tratado de San Ildefonso. Tan solo hay que llegar hasta 1807. Por entonces la situación no había mejorado demasiado para la maltrecha España. Y es que, tras ser vencida por los galos, el monarca se había visto obligado a plegarse a los deseos del ya líder de la «France» Napoleón Bonaparte, deseoso con dar en todo el morro a los infames lords ingleses que se pavoneaban de él mientras tomaban el té de las cinco.El 27 de octubre se firmó el Tratado de Fontainebleau con BonaparteEn esas andaba la cosa cuando Napoleón, obsesionado como estaba por molestar cuanto más pudiera a los hijos de la Gran Bretaña, tuvo una curiosa idea, bloquear Inglaterra. «El bloqueo continental fue uno de los vértices en la política exterior de Napoleón en su intento de asfixiar la economía británica. […] El bloqueo continental era justamente eso: un embargo. En noviembre de 1806, tras haber logrado o conquistado ventajosas alianzas con las mayores potencias de Europa Continental, Napoleón publicó el decreto de Berlín, prohibiendo a sus aliados y al resto de naciones conquistadas comerciar con el Reino Unido», explica David Odalric De Caixal i Mata -Director General en España de SECINDEF (Security, Intelligence & Defense) Israel International Consulting- en su obra «Historia de los Reyes de Francia y España». Así pues, el «Pequeño corso» estableció por norma de sus santas gónadas que ningún país de aquellos que se quisiesen llevar bien con la nueva «France» podría intercambiar bienes con las islas. La idea: cortar por lo sano sus beneficios económicos de cara al comercio y conseguir, en el límite de lo posible, que sus ciudadanos se muriesen de hambre.
Poco después de decretar la norma, Napoleón dio un paso más y estableció que conquistaría Portugal costase los hombres que costase. O eso le hizo creer a Godoy y a la familia real (entre ellos a Fernando), a quien les dijo que su objetivo era evitar, soldados mediante, que esta región -tradicional aliada de Inglaterra- siguiese comerciando con Gran Bretaña. Su idea no era mala pues, tal y como explicó a los líderes hispanos, tan solo necesitaba un camino seguro por España para llegar hasta tierras enemigas. Para ello, solicitó un permiso de paso que ofrecía suculentas ventajas a nuestro país. «El 27 de octubre de 1807 […] se firmó el Tratado de Fontainebleau con Napoleón Bonaparte. [Se estableció que se llevaría a cabo] la conquista de Portugal por los ejércitos españoles y franceses para, una vez ocupado el reino lusitano, hacer efectivo el bloqueo continental a los ingleses», explica el historiador Luis Suárez Fernández en su obra «Historia general de España y América». ¿Qué conseguía nuestro país a cambio? En principio, congraciarse con el «Pequeño corso». Algo que buscaba también Fernando quien, por cierto, estaba siendo juzgado por conspirar para quitar a su padre del trono a bofetadas.

El principio de la mayor traición de Fernando
Todavía le quedaban por pasar todo tipo de vergüenzas a la monarquía española. La siguiente situación absurda fue protagonizada por Carlos IV el 17 de marzo de 1808. Por entonces, los españoles estaban ya cansados de que los franceses campasen -como el que anda por su salón- en España. A todo ello se sumaba la tensión generada por la mala situación económica y la pésima política exterior de «Manolito» Godoy. Hartos de aguantar, y encorajinados por el príncipe Fernando (ansioso de dar un puntapié a su padre y ponerse él en el trono) los españoles se lanzaron sobre el Palacio de Aranjuez para obligar a Carlos IV a abdicar en favor de su pequeño y, ya de paso, dar un buen susto al preferido del rey, no muy apreciado por las gentes. La victoria fue doble, pues lograron que el monarca cediese la poltrona a su hijo (que pasó a ser denominado Fernando VII) y capturaron al valido, quien solo se libró de ser asesinado por la divina providencia y alguna palabra del nuevo dirigente. Instantáneamente, Carlos corrió a pedir ayuda a Bonaparte enviándole, para empezar, una carta en la que se rebajaba ante él y le trataba como a su superior.«Señor mi hermano: V.M. sabrá sin duda con pena los sucesos de Aranjuez y sus resultados, y no verá con indiferencia a un Rey que, forzado a renunciar a la Corona, acude a ponerse en los brazos de un grande monarca, aliado suyo, subordinándose totalmente a disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda familia y la de sus vasallos. No he renunciado a favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte, pues ésta última seguido después de la de la reina. Yo fui forzado a renunciar; pero asegurado ahora con plena confianza en la magnanimidad y el genio del gran hombre que siempre ha mostrado ser amigo mío, yo he tomado la resolución de conformarme con todo lo que este mismo grande hombre quiera disponer de nosotros y de mi suerte. Dirijo a V.M.I. una protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me entrego y enteramente confío en el corazón y amistad de V.M. con lo cual ruego a Dios que os conserve en su santa y digna guardia. De V.M.I. su rey afecto hermano y amigo. Carlos».
Bayona, cuando se vendió España a Napoleón
Tras San Ildefonso, Fontainebleau y Aranjuez se sucedió en nuestro país la mayor traición que pudo cometer Fernando VII, entonces ya rey, a España. El calendario marcaba todavía 1808, y las cosas parecían pintar bien en un principio para el nuevo monarca quien -tras haber mandado a tomar por donde amargan los frutos de dureza extrema a su padre- se había congraciado con los franceses recibiéndoles cómo si de auténticos camaradas se tratasen en España. De hecho, sería bien conocida su orden de que el ejército español no se enfrentase a ellos pasara lo que pasase. Y no era para menos, pues la «Grande Armée» gabacha venía bien fogueada de sus cientos de batallas a lo largo y ancho de Europa. Fue precisamente amparándose en esa amistad que el nuevo líder quería tener con los invasores con la que Napoleón jugó para llevar a Fernando VII y Carlos IV hasta Bayona, una región ubicada al suroeste de Francia en la que el «Pequeño corso» pretendía ganar el trono para sí. Joachim Murat -cuñado del Emperador y encargado de someter a España- fue el elegido para convencer a su novísima majestad de que acudiese a entrevistase con el «Empereur». Su persuasión funcionó.Napoleón compró a Carlos IV con una pensión y una residencia en FranciaLograr que Carlos IV acudiese a Bayona fue mucho más sencillo, pues el antiguo rey había solicitado con gimoteos (metafóricos, eso sí) una y otra vez a Napoleón que le devolviese al trono de España mediante las leyes, las armas, o lo que fuese. Por tanto, fue hasta allí encantado. Una vez con ambos en la ciudad, el francés se propuso obtener para sí el trono. La tarea era ardua, pues sabía que Fernando VII -ávido de poder- no se lo iba a otorgar a un extranjero. Por ello (y porque no reconocía al nuevo monarca como legítimo) fijó sus objetivos en el llorón de Carlos. Si lograba que el hijo abdicase en su padre, podría ofrecer un buen retiro al viejo monarca a cambio de que le diese el poder. Su solución para este juego a tres bandas fue sencilla: comprar a Fernando. «El Emperador ofreció a Fernando la parte de Portugal destinada a la ex reina de Etruria. A cambio, Fernando tenía que renunciar al trono español. En principio, en un arranque de valentía extraño en él, Fernando se negó, pero […] a los pocos días entregó a su padre la corona», determina Oury. Todo ello fue salpicado con una pensión de unos cuantos millones de reales al año. Tras unas breves dudas, y sabiendo que Bonaparte estaba del lado de su padre, vendió a la misma España que le había alzado en el poder mediante el motín de Aranjuez a los franceses.

Eso, a cambio de que dijesen «au revoir» a su poder y se lo cediesen a él. La realeza aceptó de buena gana y corroboró el pacto con esta carta: «Su Majestad el rey Carlos, que no ha tenido en toda su vida otra mira que la felicidad de sus vasallos […] ha resuelto ceder, como cede por el presente, todos sus derechos al trono de España y de las Indias a Su Majestad el emperador Napoleón, como el único que, en el estado a que han llegado las cosas, puede restablecer el orden; entendiéndose que dicha cesión sólo ha de tener efecto para hacer gozar a sus vasallos de las condiciones siguientes: 1º. La integridad del reino será mantenida: el príncipe que el emperador Napoleón juzgue debe colocar en el trono de España será independiente y los límites de la España no sufrirán alteración alguna. 2º. La religión católica, apostólica y romana será la única en España. No se tolerará en su territorio religión alguna reformada y mucho menos infiel, según el uso establecido actualmente». Nuevamente se había vendido a nuestro país.
El «lamebotas» que quiso ser hijo adoptivo de Napoleón
Después de firmar el absurdo tratado de Bayona, Fernando VII pasó a ser un prisionero de lujo de Napoleón Bonaparte en Francia. El 10 de mayo, poco después de aceptar las condiciones del «Pequeño corso» , viajó junto a su hermano Carlos María Isidro hasta el castillo de Valençay, ubicado en la región de igual nombre. Lo que buscaba el francés llevándole hasta allí es que no pudiera escapar. Y lo tendría difícil, pues la construcción estaba en pleno centro del país. Una vez en su nueva residencia, y tal y como explicó en sus memorias su confesor real (Blas de Ostaza) el monarca se dedicó en principio a cultivar su alma asistiendo muchas veces a misa (algunas de ellas, como monaguillo). Por la tarde oraba a la Virgen y, tras escuchar un sermón de su sacerdote, rezaba el rosario en comunidad. Sin embargo, con el paso de las semanas se fue acostumbrando a su prisión y empezó a realizar todo tipo de actividades recreativas tales como montar a caballo (en lo cual era pésimo) o bordar. Posteriormente, y como se diría en la actualidad, empezó a sentir el síndrome de Estocolmo hacia su captor, el infame gabachuzo.Así lo denota el que, durante la boda de Napoleón con María Luisa de Austria, gritase lo siguiente: «¡Viva el Emperador, nuestro Augusto soberano, viva la Emperatriz!». «Fue esta una muestra pública evidente de la sumisión al emperador», explica el catedrático en historia Emilio La Parra López en su obra «Diarios de viaje de Fernando VII (1823 y 1827-1828)». A su vez, y tal y como explica este experto, su absoluto servilismo al francés quedó claro cuando le dio las gracias por el palacio que le servía de cárcel y, un mes más tarde, le felicitó de la siguiente forma por meter con calzador al trono de España a su hermano José: «No podemos ver a la cabeza de ella [España] un monarca más digno, ni más propio de sus virtudes». Sin embargo, el culmen de este «lamebotas» se sucedió cuando dio la enhorabuena al galo por sus victorias contra los españoles y, finalmente, cuando solicitó ser hijo adoptivo suyo mediante la siguiente carta: «Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos».
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El levantamiento del 2 de mayo: el sangriento origen de la «úlcera de Napoleón»

A finales de 1807, las primeras tropas napoleónicas cruzaron el Bidasoa y entraron en España, un lugar que serviría de tumba a muchos de ellos. En apariencia, el general Jean-Andoche Junot se dirigía a la conquista de Portugal, donde llegaron el 20 de noviembre de ese año, pero los planes de Napoleón iban más allá, y sus tropas fueron tomando posiciones en las principales ciudades españolas. Cuando el general galo puso las cartas sobre la mesa, lejos del apoyo popular con el que creía contar, se produjeron los primeros levantamientos en el norte de España y la jornada del 2 de mayo de 1808 en Madrid.
La paciencia de los ciudadanos de la capital llegó a su límite cuando observaron que Napoleón pretendía trasladar a los últimos miembros de la familia real española fuera de Madrid. Así, Joaquín Murat –general del Pequeño Corso– solicitó el 27 de abril en nombre de Carlos IV la autorización para el traslado a Bayona de la reina de Etruria María Luisa y el Infante Francisco de Paula. «¡Traición! ¡Traición! ¡Nos han llevado al Rey y se nos quieren llevar a todas las personas reales! ¡Mueran, mueran los franceses!», gritó la multitud congregada desde primera hora en el Palacio Real al ver cómo trasladaban al Infante. El tumulto se avivó aún más cuando el Infante se asomó al balcón, lo que fue aprovechado por Murat para mandar un destacamento de la Guardia Imperial al palacio, acompañado de artillería, para hacer fuego contra la multitud.
Levantamiento y guerra
Ese mismo día, el 2 de mayo de 1808, la revuelta se extendió por toda la ciudad buscando vengar a los caídos en los aledaños del palacio. La multitud de madrileños salió a la calle armados con todo tipo de rudimentarias armas y lo hicieron sin el apoyo oficial del ejército español, puesto que los altos mandos dependían de la Junta de Gobierno que estaba a las órdenes de la Corona, entregada en esos momentos a la voluntad de Napoleón.El levantamiento popular de carácter espontáneo, pero largamente larvado con la fricción de las tropas francesas con la población, dio lugar a partidas de barrio comandadas por caudillos espontáneos y a toda una suerte de medidas desesperadas. No obstante, la lucha entre artesanos, panaderos y gente humilde contra un ejército profesional se saldó en tragedia para los madrileños. Los 30.000 hombres de Murat se ensañaron con la población mal armada y varios cientos de madrileños, hombres y mujeres, sin distinción de edad, murieron en la refriega. Así y todo, la resistencia al avance francés fue mucho más eficaz de lo que Murat había calculado, especialmente en la puerta de Toledo, la puerta del Sol y el Parque de Artillería de Monteleón, pero finalmente se impuso la superioridad de las armas y Madrid terminó bajo la jurisdicción militar.

Tras los episodios revolucionarios, Murat desplegó una salvaje represión en la que fueron «arcabuceados todos cuantos durante la rebelión han sido presos con armas». En el Salón del Prado fueron fusiladas 32 personas el mismo día 2 de mayo, mientras que otras 11 personas fueron ejecutadas en distintos puntos de la ciudad (Cibeles, Recoletos, Puerta de Alcalá y Buen Suceso). Al día siguiente, los franceses fusilaron a 24 personas en la montaña del Príncipe Pío y otros 12 en el Buen Retiro.
La represión no fue capaz de apagar el fuego, ni mucho menos. El mismo día de la revuelta, el alcalde de Móstoles, cercano a la capital, firmó el conocido como Bando de Independencia, redactado por Juan Pérez Villaamil, que alertaba sobre la masacre cometida en Madrid por las tropas napoleónicas y llamaba al auxilio de la capital por parte de otras autoridades, incitando a la nación a armarse contra los invasores franceses. Dicho bando tuvo una enorme repercusión a lo largo de la geografía española.
La úlcera de Napoleón
Aquello fue el origen de una guerra que costó en total 110.000 bajas a los franceses, según los trabajos de Jean Houdaille, a los que hay que añadir en torno a 60.000 muertos de las tropas aliadas que acompañaron la invasión. Una catástrofe militar que fue denominada como la «úlcera española» de Napoleón, y que junto a la «hemorragia rusa» llevaron al colapso del imperio galo. El esfuerzo y los recursos destinados a la Península Ibérica entorpecieron la campaña en Rusia, donde Napoleón perdió 380.000 soldados.Pero quien más sufrió los rigores de la guerra fue la propia España. Se calcula que la población neta vivió un descenso demográfico, entre guerras, hambrunas y represión, de más de 560.000 personas, que afectó especialmente a Cataluña, Extremadura y Andalucía. El Estado terminó en bancarrota; y la industria y la agricultura destruidas casi en su totalidad. Sin hablar de la gran pérdida en el patrimonio cultural.

Derrotado y agotado, Napoleón Bonaparte revisó al final de su vida desde su exilio en Santa Elena los errores que habían provocado su fracaso militar: «Todas las circunstancias de mis desastres vienen a vincularse con este nudo fatal; la guerra de España destruyó mi reputación en Europa, enmarañó mis dificultades, y abrió una escuela para los soldados ingleses. Fui yo quien formó al ejército británico en la Península».
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lunes, mayo 01, 2017
El dramático combate aéreo y la caída de un piloto argentino que se eyectó en Malvinas al borde de la muerte
El entonces mayor Gustavo Piuma sufrió gravísimas heridas. Lo rescató un helicóptero. Su recuperación fue larga y durísima. Su hijo Maximiliano sigue sus pasos: es piloto y mayor: el grado de su padre hace 35 años. Ambos estuvieron en Infobae. Una entrevista inolvidable
Esta es la breve y extraordinaria historia de Gustavo Piuma, piloto argentino. Y las que siguen, las palabras de su encuentro con la muerte… o la salvación.
Malvinas, Mayo 21. Su bautismo de fuego. Y su testimonio.
"Llegó el momento. Por fin mi primer combate real: la batalla aérea de San Carlos. Vuelo en una escuadrilla de tres aviones: el del capitán Donadille, el del teniente Senn, y el mío. Tenemos la misión de atacar un buque inglés en el estrecho de San Carlos, llamado 'el corredor de las bombas…'".
"Mi avión es un Mirage 5 Dagger. Velocidad Match 2.2: dos mil doscientos kilómetros por hora. Un minuto es una distancia enorme, y un segundo es demasiado tiempo para tomar la decisión correcta. Pero no estábamos solos: ¡dos Sea Harrier ingleses se acercaban!".
"Digo '¡cuidado, Senn!' Virage, zigzag, evasión… Subo a cuatro mil metros, bajo a mil, veo el misil que viene por el flanco…
La Royal Air Force abate nuestra escuadrilla. El primero en recibir un
impacto fue Senn, después Donadille, y finalmente yo, que me lancé a perseguir al avión que derribó a mis compañeros".
"Grito '¡Dios mío, qué me pasó!' La última imagen que tengo con el avión controlado es Senn colgado en el aire, eyectado, y así, la certeza de que estaba vivo".
"Hay un ruido ensordecedor, una explosión en la cabina de mi avión, que se da vuelta sin control y enfila hacia un cerro…
La manija superior de eyección me queda lejos… La velocidad de mi
avión, muy averiado, es de ochocientos kilómetros por hora, y la altura,
de apenas cuarenta metros".
"Pero la palanca de eyección inferior permitió el milagro… La fuerza del cohete de eyección me elevó a sesenta metros, y el choque con el aire me desmayó. Caí en tierra…
Descubrí que tenía hundido el esternón, una lesión en la columna, un
ojo cegado por un golpe, la boca sangrando a causa de una herida
interna, y un pie y por lo menos dos costillas, fracturados".
"Soy un hombre de fe, me enojé con Dios. Le dije 'No tenés derecho a quitarme la vida'. Pero armé mi kit de eyección, me propuse vivir, y le pedí perdón".
El entonces mayor Piuma –hoy brigadier retirado–, que en esta tarde de viernes 29 está en Infobae con su hijo Maximiliano, también piloto, tenía entonces 38 años.
–¿Era un profesional de primera línea?
–Tenía gran experiencia al mando de aviones de combate A4. Pero
pilotear el Mirage 5 Dagger, que recién empezaba a ser conocido, fue un
desafío extremo.
–¿Cómo se enteró de la recuperación de las Malvinas?
–Por el radio reloj despertador. Empezó a sonar una marcha que conocía poco, y pensé "¡Zas! Otro golpe militar".
–¿Qué marcha era?
–La de Malvinas. Comprendí que "la cosa", esta vez, venía por otro lado…
–¿Primera reacción?
–Enorme emoción, y ansiedad por llegar a mi destino, la VI Brigada Aérea, en Tandil.
–¿Qué pasó al llegar?
–Al rato ya éramos más de sesenta pilotos planificando y calculando si
la autonomía de los Mirage nos permitiría, o no, llegar a Malvinas.
–¿Se sintieron en condiciones de combatir? ¿Tuvieron dudas?
–De combatir, siempre. Pero nuestra fuerza aérea no tenía práctica en combate naval. Los hombres y las máquinas estábamos entrenados para atacar objetivos terrestres fijos…
–¿Siguiente paso?
–Entre los preparativos y la entrada en combate pasó un mes. Pero yo libré mi propia guerra…
–Entre los preparativos y la entrada en combate pasó un mes. Pero yo libré mi propia guerra…
–¿Razón?
–Para ser incluido en una escuadrilla de ataque, más allá de mi poca experiencia en Mirages.
–¿Es cierto que escribió en una pizarra su nombre para ir a la guerra?
–Sí. Fue el 30 de abril. Respondí al pedido de los superiores: era
necesario mandar tres aviones y sus pilotos a la base aérea de San
Julián para aprestos de combate. Escribí en una pizarra mi nombre, el del entonces capitán Dellepiane, y el del teniente Juárez. Y agregué: "A la guerra se va por antigüedad". ¡Yo no podía perderme eso!
–¿Cómo reaccionaron en su casa?
–Yo tenía esposa y cuatro hijos. Le dije a ella que partía al sur. Y me alentó: "Está bien. Es tu decisión y tu profesión" (Al recordar el episodio se quiebra: su esposa, María Cristina Fonrouge, ya no está en el mundo).
–¿Es cierto que lo retaron, a pesar de su rango?
–Sí… Al llegar a Comodoro Rivadavia –escala inevitable–, mi jefe me
reprendió. Me había pedido no volar un avión que conocía poco. Me ordenó
regresar. Le dije "Sí.. sí", pero llevé el avión a San Julián, ¡y allí
me quedé!
–¿Cómo fue su recuperación física y mental después de su caída?
–¡Durísima! Largos períodos de somnolencia, y otros tantos de lucidez. Interminables peripecias físicas y psíquicas. Pero nunca me entregué. Dios da sentido a la vida. Entendido esto, el hombre se resigna a su destino…
–¿Cómo lo rescataron?
–Unas veintiocho horas después de caer vi la escarapela celeste y blanca del helicóptero que me salvó.
–¿Supo quiénes lo derribaron?
–Vi las caras y los gestos de los pilotos enemigos. Los que me derribaron se llamaban Ward y Thomas… Mis verdugos… Pero también dos camaradas con los de después de la guerra tuve buena relación. (Coincidencia:
"Ward" es el nombre del soldado inglés imaginario que Borges usó para
su inolvidable poema "Juan López y John Ward" sobre la guerra de
Malvinas).
–¿Alguna anécdota sobre el rescate?
–El piloto del helicóptero creyó que yo era inglés y me dijo en un inglés básico "What's problem!".
–El piloto del helicóptero creyó que yo era inglés y me dijo en un inglés básico "What's problem!".
–¿Respuesta?
–"¡Qué problem ni problem, soy el mayor Piuma de la Fuerza Aérea Argentina!".
Su hijo Maximiliano (39) viste su mameluco de vuelo. Curioso: treintaidós años después de la guerra le tocó pilotear el último vuelo de un Mirage: el fin de esa máquina en el plantel de armas de la aviación militar.
–¿Sos piloto por imposición familiar?
–No. Pero su ejemplo influyó. Llevo el apellido con honor, aunque a veces pesa un poco ser el hijo de una leyenda de la fuerza…
–Cuando empezó la guerra tenías cuatro años. ¿Qué recordás de entonces?
–Tres momentos, a pesar de mi edad: la partida de mi padre, la noticia sobre su posible muerte, y el reencuentro.
–María Cristina, tu madre, murió joven…
–Sí, a los cuarenta y cuatro años, el tres de febrero del noventa, de cáncer.
–¿Qué recordás de ella?
–Era una mujer muy creyente, muy piadosa, una patricia… Mi viejo tuvo
un derrame cerebral en Israel, mientras estaba con los cascos azules.
Los médicos dijeron que era una secuela de su eyección. Mi madre se hizo cargo de nosotros cuatro, y de él, que estuvo internado varios meses.
La guerra mata.
La guerra templa.
En el cielo, el mar, la tierra.
Esta fue una historia de la guerra.
Pero no una más.
Nuestra.
La guerra templa.
En el cielo, el mar, la tierra.
Esta fue una historia de la guerra.
Pero no una más.
Nuestra.
Publicado por
Dr. Federico Carlos Scharn y Vidal
en
10:13 p.m.
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