La Caridad sin Verdad sería ciega, La Verdad sin Caridad sería como , “un címbalo que tintinea.” San Pablo 1 Cor.13.1
lunes, noviembre 02, 2015
El Purgatorio: Testimonio de Fray Daniele
Publicado el:
El amigo del Padre Pío que estuvo en el purgatorio
Fray Daniele Natale, fue un sacerdote capuchino
italiano que se dedicó a misionar en medio de tierras hostiles durante
la Segunda Guerra Mundial. Socorría con prisa a los heridos, enterraba a
los muertos y ponía a salvo los objetos litúrgicos. En este escenario
transcurría su misión cuando en 1952, en la clínica “Regina Elena”, le
diagnosticaron un cáncer de Bazo.
Con esta triste noticia se fue a ver al Padre Pio,
su amigo y guía espiritual, quien le insistió tratar su enfermedad.
Fray Daniele viajó a Roma y encontró al especialista que le habían
recomendado, el doctor Riccardo Moretti. Este médico, al principio, no
quería realizar la operación, porque estaba seguro de que el paciente no
iba a sobrevivir. Al final, sin embargo, influenciado por un impulso
interior, decidió internarlo.
La intervención se llevó a cabo al día siguiente por la mañana. Fray
Daniele, a pesar de que le habían administrado la anestesia, siguió
consciente. Sentía un gran dolor, pero no lo manifestaba; al contrario,
estaba satisfecho de poder ofrecer su sufrimiento a Jesús. Al mismo
tiempo, tenía la impresión de que el dolor que estaba sufriendo, estaba
purificando cada vez más su alma de pecados. Al cabo de un momento
sintió que se dormía. Los médicos, sin embargo, afirmaron que después de
la intervención, el paciente había entrado en coma y permaneció en este
estado durante tres días, tiempo en que después falleció. Se expidió el
certificado médico de su defunción y acudieron los familiares para
rezar por el difunto. Sin embargo, pasadas unas horas, para asombro de
los allí reunidos, de repente el muerto volvió a la vida. PARA PEDIR MISAS GRATUITAMENTE POR SUS AMIGOS Y FAMILIARES DIFUNTOS HAGA CLICK AQUI
Tres horas de purgatorio
¿Qué le había pasado a Fray Daniel durante aquellas escasas horas?
¿Dónde había estado su alma? Prontamente el religioso capuchino contaría
su propia experiencia con el purgatorio en el libro Fra Daniele
raconta… . De este escrito, les compartimos los siguientes fragmentos: “Yo estaba de pie delante del trono de Dios. Lo vi, pero no como
un juez severo, sino como un padre afectuoso y lleno de amor. Entonces
me di cuenta de que el Señor lo había hecho todo por amor mío, que había
cuidado de mí desde el primer hasta el último instante de mi vida,
amándome como si fuera la única criatura existente sobre esta tierra. Me
di cuenta también, sin embargo, de que no sólo no había correspondido a
este inmenso amor divino, sino que lo había descuidado del todo. Fui
condenado a dos-tres horas de purgatorio. «Pero, ¿Cómo? -me pregunté-
¿Sólo dos-tres horas? ¿Y después voy a permanecer para siempre junto a
Dios, eterno Amor?». Di un salto de alegría y me sentí como un hijo
predilecto. (…) eran unos dolores terribles, que no se sabe de dónde
venían, pero se sentían intensamente. Los sentidos que más habían
ofendido a Dios en este mundo: los ojos, la lengua… sentían mayor dolor y
era una cosa increíble, porque ahí en el Purgatorio uno se siente como
si tuviera el cuerpo y conoce, reconoce a los otros como ocurre en el
mundo”.
Mientras tanto -explica- no habían pasado más que unos pocos momentos
de esas penas “y ya me parecía que fuese una eternidad. Entonces pensé
en ir a un hermano de mi convento para pedirle que rezara por mí, que yo
estaba en el Purgatorio. Ese hermano se quedó maravillado, porque
sentía mi voz, pero no veía mi persona, y él preguntaba «Dónde
estás?,¿Por qué no te veo?» (…). Sólo entonces me di cuenta de estar sin
cuerpo. Me contentaba con insistirle en que rezara mucho por mí y me
fui de allí. «Pero, ¿Cómo? –me decía a mí mismo- ¿No deben ser sólo dos-
tres horas de purgatorio…? ¡y ya han pasado trescientos años!» al menos
así me lo parecía. De repente se me aparece la Bienaventurada Virgen
María y le supliqué, le imploré diciéndole «¡Oh, Santísima Virgen María,
madre de Dios, obtén para mí del Señor la gracia de retornar a la
tierra para vivir y actuar sólo por amor de Dios!». Me di cuenta también
de la presencia del Padre Pío y le supliqué también a él: «Por tus
atroces dolores, por tus benditas llagas, Padre Pío mío, reza tú por mí a
Dios para que me libere de estas llamas y me conceda continuar el
Purgatorio sobre la tierra». Después no vi nada más, pero me di cuenta
de que el Padre Pío le hablaba a la Virgen. Después de unos instantes se
me apareció de nuevo la Bienaventurada Virgen María (…) ella inclinó su
cabeza y me sonrió. En aquel preciso momento recuperé la posesión de mi
cuerpo (…) con un movimiento brusco, me liberé de la sábana que me
cubría. (…) los que me estaban velando y rezando, asustadísimos se
precipitaron fuera de la sala para ir en busca de los enfermeros y de
los doctores. En pocos minutos en la clínica se armó un jaleo. Todos
creían que yo era un fantasma”.
Al día siguiente, por la mañana, Fray Daniele se levantó por sí mismo
de la cama y se sentó en un sillón. Eran las siete. Los médicos pasaban
normalmente alrededor de las nueve. Pero ese día, el doctor Riccardo
Moretti, el mismo que había redactado el certificado médico de defunción
de Fray Daniele, había llegado más temprano al hospital. Se paró en
frente de él y con lágrimas en los ojos le dijo: «Sí, ahora creo en Dios
y en la Iglesia, creo en el padre Pío…».
Fray Daniele, tuvo ocasión para compartir más de cuarenta años con el
rostro de Cristo sufriente hasta el 6 de julio de 1994, fecha en que
falleció a los 75 años en la enfermería del convento de los Hermanos
Capuchinos de san Giovanni Rotondo. Durante 2012 se abrió una causa de
beatificación y es hoy considerado Siervo de Dios.
__________
Norberto Quantín nació en
Buenos Aires el 4 de diciembre de 1938. Hijo de una maestra y un pianista,
recibió de entrada una influencia espiritual distinta de lo común. Fue al
colegio primario en una escuela pública. Se recibió de bachiller en el Colegio
Nacional de Buenos Aires y de abogado en la Universidad de Buenos Aires. Así y
todo, nunca fue liberal.
El mismo día de su
casamiento, bendecido por el padre Julio Meinvielle, viajó a Madrid con una beca
del Instituto de Cultura Hispánica para especializarse durante dos años en
materias de Seguridad. Vivió entonces intensamente la que llamaba España alegre
del Franquismo, libre de los complejos y las culpas debilitantes que la atacaron
después con la “cultura” liberal/marxista.
De regreso, entró a la
Justicia Penal donde fue cumpliendo una ascendente carrera hasta ser Fiscal de
la Cámara Penal. Carrera que no dudó en poner en riesgo cada vez que tuvo que
dar una mano a un camarada nacionalista en problemas políticos. Formó un grupo
de colaboradores de grandes fidelidad y capacitación, y encabezó los
procedimientos cada vez que tuvo que investigar a la habitual corrupción, bajo
el Gobierno que fuere. Apuró a las mafias –entre ellas la de los medicamentos
“truchos”-, apuró a los jueces malacostumbrados o de malas costumbres, pero fue
comprensivo –como buen porteño de ley que disfrutaba caminarse entera su ciudad
para mirarla con los mejores ojos- con el delincuente común, al que siempre vio
como prójimo.
A diferencia de tantos
funcionarios temerosos, nunca dejó de defender “a cielo abierto” sus ideas
católicas y nacionalistas. Vuelto de España ayudó a la fundación de Patria
Grande, refugio –entre otras- de la Guardia de San Miguel que orientaba Roque
Raúl Aragón. Allí coincidimos para fundar el Partido de la Independencia, de
feliz memoria y trunco destino, al cabo de la guerra de Malvinas y contra el
gobierno de la rendición que encabezaba Raúl Alfonsín. Entonces puso de
manifiesto que cuidaba más a la patria que a su carrera durante decenas de
episodios de los que hubiera escapado despavorido cualquiera de sus colegas del
Poder Judicial. Y allí demostró la calidad de su pluma redactando las crónicas
del periódico “Independencia” con gracia e ironía fuera de lo
común.
Paralelamente, colaboró en
todo sentido con la Fraternidad San Pío X, fundada tras los pasos de Monseñor
Marcel Lefebvre. Entre las cosas que con más agrado emprendió en sus últimos
años estuvieron los cursos de formación cultural de los que participaban no sólo
seminaristas, sino jóvenes en general, en La Reja. Sólo eso, si no hubiera
tantas otras razones, justificaría que hoy esté enterrado allí, junto a la
iglesia de la Congregación.
Su generosidad fue
proverbial hacia familiares, amigos e inclusive gente muy lejana, y diversas
nobles instituciones. Quien nunca supo de ella fue el padre Leonardo Castellani,
que no hubiera aceptado contribuciones directas de nadie y menos de un joven
empleado judicial. Porque Quantín y Margarita, su esposa, se ocuparon muy bien
de ocultar su ayuda económica, mientras acompañaban de muchas otras maneras al
genial sacerdote y “ermitaño urbano”. Entre tantas, colaborando con la reedición
de “Su majestad Dulcinea” y difundiendo permanentemente su
obra.
Culto, conocedor de la
técnica de su profesión, de vivacidad y rapidez intelectual sobresalientes,
Quantín pisó firme y con absoluta libertad en la Justicia, dejando atrás y
también castigando a malos jueces. Eso le valió tener discípulos fieles, y ganar
además la admiración de muchos desconocidos. Entre ellos, Gustavo Béliz, que le
pidió lo acompañara como Secretario de Seguridad cuando fue nombrado Ministro de
Justicia en los comienzos del gobierno de Néstor Kirchner. Norberto aceptó, a
pesar de la merma salarial que implicaba, seguramente tentado por todo lo que
hubiera podido hacer en un momento de creciente descalabro de la sociedad a
manos del delito.
Con un grupo de alta
capacidad de trabajo, enseguida se entendió con lo mejor de las fuerzas
policiales y de seguridad. Experto en su oficio penal, puso rápidamente en jaque
a muchos de los mecanismos delictivos. Entre ellos a los del robo de autos,
jaqueando con eficacia a los desarmaderos. La respuesta de los intereses
bloqueados no se hizo esperar y arreglaron con el presidente Kirchner, que se
volcó inmediatamente en contra de su honesto Secretario. El resto es bien
conocido: un hombre de la categoría de Quantín tuvo incluso que medirse con la
voluminosa mediocridad de un tipo turbio como Luis D’Elía, y hasta soportar un
juicio absurdo.
Ahí comenzó la enfermedad
final de Norberto, que no pudo soportar el traspié. Arrancó un progresivo
deterioro neurológico que lo fue privando de sus condiciones intelectuales más
brillantes. Pero aún así, en los últimos momentos lúcidos, era claro que su
lucha espiritual por lo mejor seguía en pie. Esa ha de ser la razón de su muerte
plácida.
Hugo Esteva
Massa propicia la derrota de
Scioli para conquistar peronismo
Infolatam Madrid, 28 de octubre de
2015
Las claves
Sergio Massa fue respaldado en
primera vuelta por más de cinco millones de votos (el 21,3%).
(Infolatam, por Rogelio
Núñez)-.El velado, pero constante,
apoyo de Sergio Massa a Maurico Macri supone una
apuesta a largo plazo del líder antikirchnerista. Su idea es contribuir a la derrota
de Daniel Scioli y por ende del kirchnerismo que encabeza
Cristina Fernández para, después, asaltar el baluarte peronista y
convertirse en su nuevo líder.
Las elecciones del 25 de octubre han
convertido a Massa en el fiel de la balanza para que Macri o
Scioli lleguen a la Casa Rosada.
El líder del peronismo
antikirchnerista tiene detrás de sí a los cinco millones de votos (21,3%) que se
inclinaron por Unidos por una Nueva Alternativa (UNE) lo cual le da una gran
fortaleza.
Una plataforma que, a corto plazo, le
puede convertir en hacedor de presidentes, aunque él no sea el dueño de los
votos, y que a medio plazo le permitiría transformarse en líder único de un
peronismo reunificado.
Massa ha logrado en estas elecciones alzarse con el
respaldo del peronismo tradicional. Esa es su plataforma para el segundo
capítulo de su historia: conquistar todo el peronismo. Para ello le resulta
fundamental la derrota de Daniel Scioli que a su vez arrastraría tras de
sí la de Cristina Kirchner.
Sergio Massa, tercero en los
comicios tras el oficialista Daniel Scioli y el conservador Mauricio
Macri
Y eso porque desde la muerte de
Juan Domingo Perón existe una ley no escrita: líder peronista que pierde
el poder nacional acaba perdiendo también el poder dentro del Partido
Justicialista.
Andrés Malamud, profesor de la Universidad de Lisboa, lo
explica muy bien en un artículo en El Estadista: “El ciclo biológico del
liderazgo es una descripción correcta… Isabelita, Saadi, Cafiero, Menem y
Duhalde lo vieron escurrirse entre sus vivísimas manos. Pretender que Cristina
lo conserve desde El Calafate sin contar con presupuesto estatal, Cadena
Nacional, gobernadores ni ministros refleja una capacidad psicodélica para
eternizar el presente”.
Por esa razón, el proyecto a largo
plazo de Massa pasa por la derrota de Scioli el 22 de noviembre
ante Macri lo cual le despejaría el camino para reinar al interior del
peronismo. “Ahora vamos por el peronismo”, filtró una fuente massista al portal
Perfil.com.
Con esa perspectiva se entienden los
repetidos guiños de Massa a Macri con quien le une su animadversión hacia
Scioli y el kirchnerismo.
El primero de esos guiños ocurrió el
martes cuando Massa dijo que “la gente el domingo dijo que no quiere
continuidad… El problema es de Scioli si no puede romper con el kirchnerismo. De
todos modos, eso lo tiene que responder Scioli y la ciudadanía juzgarlo.
Nosotros vamos a defender el voto de la gente, no la candidatura de un
candidato. No buscamos cargos. No buscamos trabajo. Buscamos defender lo que la
gente votó”.
Massa sueña con liderar el
peronismo
Y el segundo este miércoles en la
presentación de su documento de toma de postura del massismo ante le balotaje en
un hotel de Puerto Madero.
Massa cuenta con el apoyo, al menos hasta ahora,
de Juan Manuel de la Sota, caudillo peronista de Córdoba, y de Roberto
Lavagna. Sobre todo De la Sota puede acabar siendo un rival para dominar el
peronismo pero ahora es un firme apoyo a su estrategia de hundir definitivamente
a Cristina Kirchner y al kirchnerismo.
De La Sota ha dejado claro que no apoyará al
oficialismo y apuesta a ser una figura decisiva en la reconstrucción del
peronismo que quedará golpeado si Scioli pierde el balotaje: “Hay que seguir a
la sociedad que votó por un cambio y recuperar las instituciones que destruyó el
kirchnerismo”.
Como concluye Joaquín Morales
Solá en el diario La Nación, “si bien se mira, a Massa le conviene más el
triunfo de Macri que el de Scioli. Esa derrota sciolista en la segunda vuelta
dejaría al peronismo sin conducción: ni Cristina ni Scioli podrían sobreponerse
a la debacle. Massa pudo haber tenido un competidor por la futura conducción del
peronismo en Aníbal Fernández, pero éste también perdió. Massa podría erigirse
en el único líder de la necesaria y previsible renovación peronista que
sobrevendría a una eventual derrota el 22 de noviembre”.
El secreto peor guardado de la historia de España: las mujeres guerreras «de puñal guardado en la liga»
De la «Monja Alférez» a la gallega que mató a un
abanderado inglés durante el ataque inglés de 1589 a La Coruña, son
muchos los casos de mujeres que destacaron en el área militar en época
donde su participación estaba limitada a casos de emergencia extrema
Pintura de Agustina de Aragó junto a una batería de artillería - Ferrer Dalmau
Entre la polémica surgida hace unos años con el vilipendiado Diccionario Biográfico Español, la entonces ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde,
añadió otro elemento crítico al alertar de que entre los volúmenes
había una «escasísima presencia de mujeres» (solo un ocho por ciento de
biografías) por lo que esperaba se revisasen «esos conceptos que no parecen muy contemporáneos».
Obviamente la historia no puede plegarse a conceptos contemporáneos, ni
es contemporáneo el peso que las mujeres han tenido en ella hasta
fechas más recientes. Más allá de las Reinas, algunas nobles, poetisas,
escritoras y pintoras, el bajo número de españolas célebres está
condicionado por su escasa participación en la historia militar,
un elemento que vertebra la trayectoria de cualquier país. Pocos
imaginan, sin embargo, que en España los casos de mujeres guerreras –las
que triunfaron en un terreno siempre vetado para ellas– son demasiados
cómo para guardar el secreto.
«Difícil es disuadir a la mitad de los habitantes de Europa de que casi
todas nuestras mujeres fuman y de que muchas llevan un puñal en la liga»
«A mí me han preguntado los extranjeros si en España se cazan leones;
a mi me han explicado lo que es el té, suponiendo que no le había
tomado ni visto nunca, (...). Difícil es disuadir a la mitad de los
habitantes de Europa de que casi todas nuestras mujeres fuman y de que
muchas llevan un puñal en la liga», escribía Juan Valera,
novelista y diplomático, en 1868, sobre la percepción que se tenía de
España en el extranjero. Eran los tópicos resultantes de la leyenda negra contra lo español
y de varios siglos de aislamiento respecto a Europa, pero también
suponía los resquicios de las mujeres que se destacaron como milicianas
durante la Guerra de Independencia.
La mujer más destacada en la guerra fue Agustina Zaragoza Doménech
«la Artillera», la heroína de los sitios de Zaragoza. Esta catalana se
casó con un militar profesional trasladado a Zaragoza en medio de la
guerra con los franceses. Entre el mito y la realidad, Agustina acudió a
la puerta llamada del Portillo durante el sitio de Zaragoza en busca de
su marido y acabó, por las circunstancias del combate, disparando un cañón sobre las tropas francesas que corrían sobre la entrada.
Los asaltantes franceses, temiendo una emboscada, abrazaron la retirada
al sufrir el disparo de Agustina. Nuevos defensores acudieron a tapar
el boquete a tiempo, salvando la ciudad una vez más.
El capitán José Rebolledo de Palafox recompensó a la
joven supuestamente con el distintivo de subteniente de la unidad de
artillería, aunque probablemente todo se limitó a permitir que Agustina
ingresara dentro del cuerpo como soldado raso. Sea como fuere, Agustina
continuó en su empeño de defender su ciudad de los franceses vestida con
enaguas y «con este atavío de aspecto de soldado». En algunas ocasiones
incluso pegó sobre su labio un bigote postizo para incrementar su aire
feroz. Tras dos meses de frenética resistencia, la ciudad maña no pudo
aguantar la presión napoleónica y cayó irremediablemente. Después de
Zaragoza, la artillera catalana también participó en el sitio de Tortosa, fue tomada prisionera por los franceses y, cuando fue liberada como parte de un intercambio de prisioneros, intervino en las batallas de los Arapiles y Vitoria. Sus gestas fueron contadas por el poeta Lord Byron, aunque sin dar su nombre, en la obra «Childe Harold's Pilgrimage» publicada en 1812.
«Quen teña honra, que me siga»
Mientras Agustina se batía en Zaragoza contra los franceses, otras
heroínas populares adquirieron gran peso durante la Guerra de
Independencia. Así fue el caso de Manuela Malasaña –la joven madrileña que murió durante el levantamiento del 2 de mayo– o de Clara del Rey
–que fue herida de muerte ese mismo día en el Parque de Artillería de
Monteleón–. El relato nacional de una mujer guerrera que defiende su
tierra frente a una invasión extranjera es, en cualquier caso, un mito
recurrente en distintos países de Europa, pero además traza un
antecedente directo con la historia de María Pita, la defensora de La Coruña en 1589 frente a la Contraarmada Inglesa. Tras el desastre de la Armada española en 1588,
Isabel I de Inglaterra ordenó a Francis Drake lanzar un contraataque
contra España, la conocida como «Contraarmada», que curiosamente tuvo un
destino tan trágico como el de su precursora española.
Malasaña y su hija batiéndose contra los franceses, por Eugenio Álvarez Dumont- Museo del Prado
A falta de la experiencia española para la organización de una operación de grandes dimensiones,
que tampoco había servido de nada a éstos, la aventura de la escuadra
inglesa acabó en un irremediable desastre. El primer objetivo fue La Coruña, que albergaba a algunos barcos supervivientes de la Empresa inglesa todavía en reparación. Y aunque los ingleses tomaron parte de la ciudad, la actuación heroica de las milicias, entre las que se contaba la popular María Pita,
forzaron la huida de los extranjeros sin obtener botín. Cuando los
ingleses abrieron una brecha en la muralla y comenzaron el asalto de la
ciudad vieja, María Pita acudió a esta posición y mató a un alférez inglés con una espada.
La historia de Pita, no en vano, guarda muchas similitudes con la que luego protagonizaría Agustina de Aragón. Se dice que la gallega mató al alférez inglés precisamente con la espada de su marido fallecido durante el asalto, Gregorio de Recamonde,
en un relato muy parecido al de la defensora zaragozana, que se unió al
combate contra los galos por acudir junto a su marido artillero. Según
la leyenda, acuchilló al inglés al grito de «Quen teña honra, que me
siga» («Quien tenga honra que me siga»), lo cual desmoralizó a la tropa
inglesa, compuesta por 12.000 efectivos, provocando su retirada. Junto
con María Pita, otras mujeres de La Coruña ayudaron a
defender la ciudad, siendo el caso mejor documentado el de Inés de Ben,
herida en la batalla, aunque ninguna adquirió tanta notoriedad.
Tras la contienda, Felipe II concedió una pensión a
Pita que equivalía al sueldo de un alférez más cinco escudos mensuales.
La guerrera gallega, que se casó otras dos veces (en total fueron cuatro
veces), es hoy en día recordada, entre otras cosas, por la estatua de
bronce que decora la Plaza de María Pita, en la ciudad
de La Coruña, donde se representa a la heroína alzando una lanza y a sus
pies el cuerpo sin vida del alférez inglés.
Retrato de Catalina de Erauso
Otro caso de una mujer que consiguió romper todas las barreras
sociales que encontraban quienes querían empuñar una espada en el siglo
XVI fue la casta Monja Alférez.
Bien es cierto que se valió de un enorme ardil para ese propósito:
hacerse pasar por un varón. La historia documentada de Catalina de
Erauso, nacida en San Sebastián el 10 de febrero de 1592, empezó cuando
con cuatro años ingresó en un convento, donde las novicias la humillaban
y la maltrataban. A los 15 años, Catalina de Erauso
logró escapar de allí y se disfrazó de hombre para no ser reconocida. A
partir de ese momento pasó toda su vida disfrazada bajo la identidad de Francisco Loyola
y, solo al final de la misma, confesó que era una mujer. No en vano,
Catalina llegó a ser durante esos años de mentiras y fingimiento
conocida por su exitosa senda de conquistas amorosas con otras mujeres
y, lo que es más esperable dadas sus habilidades como espadachín, por
ser un excelente soldado en el ejército español que luchaba contra los guerreros indígenas de Chile. Tras batirse contra un jefe indígena y quedar herida de poca gravedad, Catalina de Erauso fue ascendida a alférez.
El carácter pendenciero del alférez conocido como Francisco Loyola,
algo habitual entre los soldados españoles de la época, le costó con los
años que fuera expulsada del ejército y fuera finalmente prendida por la justicia en Perú.
Viéndose ante la posibilidad de ser ejecutada por sus delitos, Catalina
reveló su auténtica identidad y su condición de virgen. A partir de
entonces, como el historiador José Luis Hernández Garvi relata detalladamente en «Adonde quiera que te lleve la suerte»
(Edaf, 2014), se convirtió en un personaje mediático, incluso recibido
por el Papa, que viajó por toda Europa ante el interés de reyes y
plebeyos. Cansada de su popularidad, que en realidad era una suerte de
asombro por lo que se consideraba en la época un bicho raro, Catalina de
Erauso volvió a hacerse pasar por un hombre, un mercader español en América, hasta sus últimos días.
Ilustración de Inés Suárez
También en el Nuevo Mundo se gestó la historia de una de las españolas más combativas. La extremeña Inés de Suárez fundó Santiago de Chile junto a Pedro de Valdivia y mantuvo una relación considerada escandalosa con este conquistador.
Tras quedarse viuda de su primer marido, un aventurero que llevó a su
mujer consigo al otro lado del Atlántico, conoció a Pedro de Valdivia e
inició algo más que una amistad con él, mientras la esposa de Valdivia, Marina Ortiz de Gaete, esperaba pacientemente en España.
Cuando a finales del año 1539 Pedro de Valdivia inició su expedición a
Chile, Inés no dudó en acompañarlo previa autorización del explorador Francisco Pizarro.
Inés viajaría como sirvienta de Pedro para no escandalizar a la
Iglesia, lo cual hizo igualmente. La principal ocupación de Inés durante
las refriegas y enfrentamientos con los caciques locales fue la de
asistir a los heridos y a las tropas. En uno de los episodios más
oscuros de la conquista de América, la joven convenció a los conquistadores españoles para decapitar a los siete caciques que habían conseguido capturar y lanzar sus cabezas a los enemigos para amedrentar sus ánimos.
Inés y Pedro de Valdivia mantuvieron una relación
que se alargó más de diez años, aunque ni la Iglesia ni el virrey
aceptaron aquella situación en ningún momento. Finalmente obligaron a
Pedro a traer a su esposa a America. La extremeña también se vio
obligada por la presión social a casarse por segunda vez, siendo el
elegido el capitán Rodrigo de Quiroga, con el que terminaría sus días lejos de las contiendas militares de su juventud.
La «Leona de Castilla» y los comuneros
Prácticamente en el mismo periodo de la conquista de Chile vivió María Pacheco y Mendoza, la fiera esposa del general comunero Juan de Padilla.
Casada con un hombre de rango inferior al linaje de ella y de poca
ambición, fue María Pacheco quien empujó a su marido a que se uniera en
1520 al levantamiento contra Carlos I de las Comunidades. Así, coincidiendo con la salida del Rey para la elección imperial en Alemania,
se produjo una serie de revueltas en las principales ciudades
castellanas que tuvieron por protagonistas a miembros de la nobleza
media como Padilla.
No obstante, la revuelta duró poco tiempo y en la batalla de Villalar fueron hechos prisioneros los principales líderes comuneros, entre ellos, Juan Bravo, Francisco Maldonado y Juan de Padilla,
que fueron ejecutados en esta misma localidad. Cuando María Pacheco
recibió la noticia de la muerte de su marido cayó en una depresión y se
encerró en el luto unos días. Pero al convertirse Toledo en el último reducto comunero, «la Leona de Castilla» apartó el luto de un zapazo para dirigir con el obispo de Zamora, Antonio de Acuña,
la resistencia desesperada frente a las tropas realistas. Y aunque el
resto de los dirigentes comuneros de la ciudad se inclinaron por
capitular, la viuda de Padilla logró evitar la rendición hasta extremos
heróicos y, habiendo huido el obispo Acuña en dirección a Francia, se
elevó como el máximo mando en Toledo.
María Pacheco de Padilla después de Villalar (1881)- Wikimedia
La resistencia de Toledo se alargó nueve meses más allá de la batalla de Villalar,
durante los cuales María llegó a apuntar los cañones del Alcázar contra
los toledanos para mantener el orden. Finalmente, la superioridad de
las tropas reales forzó la caída de la ciudad. Gracias a la ayuda de los
familiares que militaban en el bando realista, María Pacheco logró huir
disfrazada de la ciudad con su hijo de corta edad con el objetivo de
exiliarse en Portugal. Allí fallecería casi una década después sin
lograr jamás el perdón del Monarca, pese a la insistencia de su hermano
menor, el poeta Diego Hurtado de Mendoza, que era uno de los hombres de mayor confianza de Carlos I. Suyas son las palabras del poético epitafio de la «Leona»: «Si preguntas mi nombre, fue María/ Si mi tierra, Granada; mi
apellido/ De Pacheco y Mendoza, conocido/ El uno y el otro más que el
claro día/ Si mi vida, seguir a mi marido;/ Mi muerte en la opinión que
él sostenía/ España te dirá mi cualidad/ Que nunca niega España la
verdad».