domingo, mayo 06, 2018


Teresa Cabarrús, la heroína española que puso fin al Reinado del Terror de Maximilien Robespierre

El romance entre la madrileña y uno de los líderes más sanguinarios de la Revolución francesa, impulsó a la restauración de la paz en la República y la libertad de culto



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«Esta mujer sería capaz de cerrar las puertas del infierno», expresó William Pitt «el joven» -quien fue el primer ministro británico más joven en ocupar dicho cargo- muy admirado por la valentía de Teresa Cabarrús; tras salvar a los prisioneros franceses de morir guillotinados por orden de Maximilien Robespierre, conocido también como el «Incorruptible».
Desde la Revolución francesa, la sensualidad e inteligencia de Teresa Cabarrús -más conocida como madame Tallien o Nuestra Señora de Thermidor- la posicionaron como una pieza clave en la transición política de Francia.
El romance que Cabarrús mantenía con Jean-Lambert Tallien salvó por dos veces su cuello de la «santa guillotina» -como así llamaba su amante al terrorífico artilugio-. De esta manera, el enamorado la sacó de prisión enfrentando a quien había sido su líder y verdad, Maximilien Robespierre; cuya cabeza condenaría a rodar en el patíbulo.
«La actividad de Teresa Cabarrús durante la época del terror fue enorme. Utilizó su influencia para tratar de evitar numerosas ejecuciones durante estos años sangrientos. Salvó tantas vidas que se la llamó entonces, además de madame Tallien, «Notre Dame de Thermidor», relató Carmen de Reparaz en su libro «María Malibran».

La carta

Teresa no era ninguna delincuente, ni había hecho nada que pudiera alterar el orden público; para terminar tras las rejas. Eso sí, tuvo la desgracia de casarse con un aristócrata despilfarrador y cobarde. Y como tras la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789, los nobles pasaron a ser considerados enemigos de la revolución; el conde Jean-Jacques Devin de Fontenay decidió huir, abandonando a su hijo y esposa a merced de la locura jacobina.
«La actividad de Teresa Cabarrús durante la época del terror fue enorme. Utilizó su influencia para tratar de evitar numerosas ejecuciones»
Teresa abandona París y se marcha a Burdeos, donde aparentemente estaba más libre de la inquisición de Robespierre. Sin embargo, un buen día apareció uno de los hombres más crueles de la revolución: Jean-Lambert Tallien, a quien el «Incorruptible» destinó allí para que dejara correr tanta sangre como se le antojase.
El enviado se enamoró de Teresa nada más verla; y aunque ella no se dejaría querer -al menos en ese momento- el destino los uniría poco tiempo después; cuando el Comité de Salud Pública la condenó a muerte por su matrimonio con un «émigré» (como así se le conocía a los nobles prófugos de la revolución). Muy angustiada, Cabarrús le escribió una carta a Taillen, quien no estaba enterado de su paradero; -pues Robespierre lo había mandado llamar desde París-; para que acudiera a salvarla una primera vez.

Nuestra Señora de Termidor

«Robespierre abogaba por la necesidad de la política del Terror como medio para proteger la revolución y depurarla, siendo definidos como «terroristas» (partidarios de la necesidad del Terror). Gracias a él Robespierre estaba en la cima de su poder», relató Bolinaga Iruasegui en su obra «Breve historia de la Revolución francesa».
Teresa pronunció un discurso «la amiga de la Constitución», ataviada con los colores republicanos para ganarse la confianza de la Convención
Tallien logra convencer al Comité de Salud Pública de la amistad de Teresa con la Revolución; y al salvarse la cabeza de la española, se librarían otras muchas de la «santa guillotina» de su amante. Pues la pasión de Cabarrús -a quien comenzarían a llamar madame Tallien- mermó las ansias de sangre de su protector. De esta manera, ambos comenzarían a ganar una popularidad positiva, opacando a Robespierre; quien comenzaría a ver a nuestra compatriota como el mayor de los estorbos de su régimen.
La Convención consideraba a Tallien como un hombre débil que se había dejado seducir por la española. De esta manera, envían a Lacombe –otro de los fieles súbditos del «Incorruptible» - para poner a prueba a la fidelidad de Cabarrús a la revolución jacobina, a su líder y al nuevo credo impuesto «culto a la Razón».
Para ello, Teresa elaboró un texto «la amiga de la Constitución»; el cual pronunciaría durante la inauguración de un templo dedicado a la religión robespierriana en Burdeos. Ataviada con los colores republicanos se ganó la confianza de Lacombe. Sin embargo para el momento que creyó haberse librado de los ojos inquisidores del Comité de Salud Pública, fue encarcelada nuevamente.
El miedo a perderla y el amor ciego por Teresa le impulsó a derrocar a Maximilien Robespierre y su Reinado del Terror.
El opulento estilo de vida de la madrileña provocaba desconfianza a los miembros de la Convención, quienes intuían que seguía manteniendo una estrecha relación con los «émigrés». Si Teresa era enemiga de los valores de la República, la relación sentimental que mantenía con Tallien, comprometería también la cabeza de su amante.
Maximilien Robespierre
Maximilien Robespierre - C.C
Sin embargo la inteligencia de Cabarrús no permitiría un desenlace tan desgraciado. Mientras trataba de esconderse de la muerte, le escribiría una carta desde la Prisión de La Force. Como Tallien tardaba en rescatarla, decidió meter presión emocional: «Muero desesperada por haber pertenecido a un cobarde como tú». En menos de un día, el que en su día fue «el mandado» de Robespierre daría paso a la Reacción Thermidoriana. El miedo a perderla y el amor ciego por Teresa le impulsó a derrocar al «Incorruptible» y su Reinado del Terror.
«El diputado Tallien –quien azuzado por el encarcelamiento de su prometida, la española Teresa Cabarrús, acusó a Robespierre de aspirar a la tiranía. Robespierre se sintió aludido y quiso responder, pero una avalancha de voces ahogó la suya, apoyando a Tallien y pidiendo la detención del Incorruptible y sus adeptos como traidores a la República y la revolución», explicó Iruasegui.

La purificación de la República

El «Incorruptible» había perdido su hegemonía dentro de la Convención, cuyos miembros comenzaban a sentirse inseguros por las ansias acusatorias de Robespierre. Tallien había colocado al frente de sus milicias a Paul Barras; y aunque el líder del Reinado del Terror había convocado a un ejército que superaba a los thermidorianos, enseguida comenzarían a ver mermadas sus fuerzas.
Tras la derrota de Robespierre, la «Justicia» que en su día aplicó para la «purificación de la República» se convertía en su condena. De esta manera, todos los que pudieron se suicidaron. Pues cualquier escenario resultaba menos violento que una guillotina rodeada por una muchedumbre; sí de todos aquellos espectadores a los que enseñaron a disfrutar el macabro espectáculo desde la caída del Antiguo Régimen.
Robespierre no tuvo tanta suerte. Cuando las tropas de Barras lo hallaron, se lo llevaron junto a otros 21 hombres -que no habían caído durante el enfrentamiento- a prisión para ser ejecutados al día siguiente.
«El 9 de termidor supuso la convulsión final que asentó firmemente la revolución»
«La Guardia Nacional fiel a la Convención, liderada por Barras, penetró en tromba dentro del edificio del ayuntamiento, donde localizaron a los robespierristas. La mayoría se entregaron; otros se suicidaron de un pistoletazo, como Lebas; otros intentaron escapar por la ventana sin éxito, como el hermano menor de Robespierre; y otros, como el mismo Robespierre, no se sabe si intentaron matarse o fueron víctimas de disparo ajeno», relató Iruasegui.
Tras rodar la testa del «Incorruptible» Teresa Cabarrús fue liberada; reuniéndose con su amante, el cual había ascendido al Comité de Salud Pública. Cualquier sinónimo de insurgencia fue eliminado «ipso facto»; y gracias a la española –a quien Tallien adoraba con devoción- se eliminaría el Tribunal Revolucionario y se instauraría la libertad religiosa. La intercesión de Teresa ante aquel hombre de espíritu sanguinario, le mereció el cariño y el respeto del pueblo francés quien la haría pasar a la Historia como «Notre-Dame de Thermidor».
«El 9 de termidor supuso la convulsión final que asentó firmemente la revolución en los cauces liberales de los que, por origen y condiciones, nunca debía de haber salido», escribió Iruasegui.


España desvela la verdad tras los personajes más controvertidos de su historia

La Real Academia de la Historia presenta este 3 de mayo su nuevo Diccionario Biográfico gratuito. Una obra que apuesta por la transparencia a la hora de divulgar nuestro pasado



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No es tan fiero el león como lo pintan. La sabiduría popular suele acertar de pleno, y este caso no es una excepción. Y es que, aunque algunos de los mayores héroes de la historia de nuestro país han adquirido fama de crueles villanos gracias a la Leyenda Negra que hemos interiorizado de forma deleznable, la realidad es que muchos de ellos fueron maltratados por una Europa deseosa de desprestigiar al que, no hace mucho, era el mayor imperio sobre el planeta: el Español. Así pues, ni Carlos IV fue (seguramente) tan cornudo como lo pintan, ni la conquista de América se hizo a base de genocidios.
Este es uno de los grandes objetivos que se ha propuesto (y ha logrado cumplir) el nuevo Diccionario Biográfico que la Real Academia de la Historia ha puesto a disposición de los internautas de forma totalmente gratuita. Un proyecto de proporciones colosales en el que 5.500 historiadores han analizado, objetivamente y sin miedo a la reprimenda foránea, las peripecias de 45.000 de los españoles más destacados de nuestro pasado. Por si fuera poco, la cifra se irá engrosando hasta llegar a un total de 65.000 en el próximo año. Una ventaja que ofrece el que esta obra magna esté alojada en la web de la mencionada institución.

Con todo, y tal y como desveló a ABC Carmen Iglesias, directora de la Real Academia de la Historia, los autores que han colaborado en el nuevo Diccionario Biográfico también han puesto luz sobre personajes controvertidos cuya biografía, hasta ahora, había sido ligeramente endulzada.

Quizá el caso más extremo haya sido el de Francisco Franco quien, en la edición anterior, no era calificado de dictador. En la actualidad, por el contrario, esto ha sido subsanado. «La polémica era más por la omisión de su condición de dictador. Está muy claro que lo fue», afirmaba la experta en una entrevista a ABC. Todo ello, lo bueno y lo malo, ha sido puesto finalmente sobre nuestro ordenador y se encuentra ya al alcance de un «click».

¿Valido poco válido?

Una de las biografías más controvertidas que trata el Diccionario Biográfico es la de Manuel Godoy, valido poco válido de Carlos IV. Un hombre que tenía en su haber títulos como Príncipe de la Paz, príncipe de Bassano o conde de Evoramonte pero que, en la práctica, es recordado por dos penalidades: ser el amante secreto de la reina María Luisa y haber firmado con Napoleón un permiso de paso que permitió al ejército francés arribar sin oposición hasta Madrid en 1808. Por si fuera poco, el morir en el destierro solo y olvidado acrecentó su Leyenda Negra.
Sin embargo, en la biografía que ha elaborado el historiador Emilio La Parra López para el Diccionario Biográfico se carga contra los mitos que rodean a Manuel Godoy y se analiza el por qué se han extendido a lo largo de los años.
«Sus muchos enemigos, y ante todo los parciales del conde de Aranda, quienes constituían el llamado “partido aristócrata” o “aragonés”, aludieron desde el primer momento a “razones inconfesables” [para explicar su ascenso], dando a entender que todo derivaba de la relación amorosa entre Godoy y la Reina. Esta explicación ha gozado de fortuna durante largo tiempo, pero ha sido rectificada por la historiografía actual», determina el experto.


Manuel Godoy
¿Por qué logró un hombre como Godoy, sin hechos de armas a sus espaldas, ascender de forma tan vertiginosa? En palabras de La Parra, porque demostró una fidelidad total a los monarcas desde sus inicios más humildes y porque ofreció una nueva visión en lo que a las relaciones con la Francia de entonces se refiere.
«Carlos IV estaba disconforme con la forma como sus secretarios de Estado habían conducido hasta entonces las relaciones con Francia y, en concreto, no le satisfacían las actuaciones destinadas a garantizar la pervivencia de la Monarquía en ese país», completa el historiador en el Diccionario.
Con todo, en el artículo también se pone de manifiesto la otra cara de Godoy, esa que pocos conocen: la de malversador. «Por otra parte, aprovechó su alta posición para utilizar recursos del Estado en beneficio propio, obtener regalos valiosos y comprar libros, joyas y obras de arte. Su biblioteca y su colección de pinturas de los grandes maestros europeos fueron muy destacadas por su calidad y cantidad», completa el autor.
La conclusión es que, más allá de los mitos y de la Leyenda Negra, hubo un personaje con sus claros y oscuros cuya verdadera historia debe ser conocida.

El otro Fernando

Según desveló Iglesias a ABC, uno de los casos contrarios al de Godoy es el de Fernando VII. La biografía de este monarca, hasta ahora endulzada, ha sido ampliada (y recrudecida, en algunos términos) por el historiador José Manuel Cuenca Toribio. Y es que este experto ha explicado, entre otras tantas cosas, que el llamado «Rey felón» solicitó a Napoleón casarse con una de sus sobrinas para ganarse su beneplácito o, incluso, que cambió en varias ocasiones sus ideas políticas con el objetivo de perpetuarse en un poder que ansiaba.
Sin embargo, Cuenca Toribio también intenta analizar en su extenso artículo las causas que llevaron al monarca a actuar así. Y lo hace desde las primeras líneas: «Fueron sus padres los reyes Carlos IV y María Luisa de Parma, de quienes -especialmente de su madre- recibió desde niño un trato frío y distante, que debió de influir en su carácter receloso y en la doblez de su conducta, siempre al acecho y en guardia ante peligros imaginarios o reales».


Fernando VII
A su vez, el historiador explica que la mala relación con Godoy (valido de Carlos IV) aumentó su recelo ante sus allegados: «Esto acrecentó lo taimado de su comportamiento y la reserva permanente de su actitud en los círculos cortesanos y gobernantes».
Pero, al igual que el valido, no todos son sombras en la historia de Fernando VII. Y así lo deja patente Cuenca Toribio en su artículo del mencionado Diccionario Biográfico: «Pese a lo antedicho, el que ha sido el personaje quizá más unánime y perdurablemente odiado de la contemporaneidad española, fue para muchos autores (Marañón, Natalio Rivas, Salvador de Madariaga, el doctor Izquierdo Hernández, todos ellos muy adversos a su memoria) el más inteligente de los Borbones, dotado, además, de algún gusto por la lectura, cierto sentido estético, notable capacidad de análisis político e ingenio mordaz».

Conquistadores

Por descontado, entre los 45.000 personajes de la historia de España no podían faltar conquistadores como Hernán Cortés o Francisco Pizarro. Dos genocidas, según la falsa Leyenda Negra avivada por Fray Bartalomé de las Casas, cuyas gestas se vieron favorecidas por virus como la viruela, y no por su mitificada crueldad para con los nativos. Enfermedades que «no tocaban a los españoles», como explica el hispanista francés Bartolomé Bennassar en el artículo dedicado a Cortés del Diccionario Biográfico.
Héctor López Martínez, el encargado de narrar las peripecias de Pizarro, se atreve también a algo impensable hasta hace poco, tildarle -en palabras de otras fuentes- de un militar «heroico y ambicioso» que supo «armonizar la vida con la muerte».


Francisco Pizarro
El Diccionario Biográfico también dedica una entrada al Gran Duque de Alba (Fernando Álvarez de Toledo), un personaje cuya supuesta crueldad fue exacerbada hasta la saciedad por aquellos deseosos de hacer caer al Imperio Español.
En este caso, con la entrada de Manuel Fernández Álvarez (fallecido en 2010). Este autor define al militar como «uno de los mejores diplomáticos con los que podía contar el rey Felipe». Y otro tanto pasa con la expedición que dirigió a los Países Bajos: «Fue una operación militar que asombró a Europa entera. Siempre al frente de sus tercios viejos, el duque dirigió aquella expedición guerrera bordeando la frontera de Francia, siempre a sus jornadas precisas, y con un estricto control de sus tropas, para que no abusasen de las poblaciones por las que pasaban».

Franco

Finalmente, entre la biografías más controvertidas de esta edición destaca la de Francisco Franco, cuya biografía ha sido reescrita por el académico Juan P. Fusi. La descripción de este personaje es, desde el principio, novedosa: «Franco Bahamonde, Francisco. Ferrol (La Coruña), 4.XII.1892-Madrid, 20.XI.1975. Jefe del Estado y dictador». Y es que, hasta ahora, no había sido tildado de dictador.
«Franco acabó como empezó, firmando penas de muerte y separando vencedores y vencidos hasta el último momento. Pero no fue siempre totalitario. Después de la Guerra Mundial, la desaparición de Hitler y Mussolini le dejó sin aliados. A partir de 1959, con el Plan de Estabilización, surge el desarrollo y cambia la sociedad», explicaba Iglesias a ABC.

San José
P. Leonardo Castellani (1899 -1981)


 
   Hijo ¿por qué has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te estábamos buscando con angustia.
   El Justo.
   Esposo de la Madre de Dios.
   Padre adoptivo del Redentor.
   Lugarteniente de Dios Padre.
   Patrono de la Iglesia Universal.
   Abogado de una Buena Muerte.
   Defensor de todos los Obreros.
   Modelo de todos los Padres de familia,
y al mismo tiempo el Santo de quien menos se sabe, el más humilde y escondido, como una estrella que hay en el cielo tan al lado del Sol que nadie ha visto.
   La Escritura dice de San José una sola palabra: que era justo, lo cual en el lenguaje de la Escritura significa santo, perfecto, cabal. Es tan grande la virtud de la justicia.
   Una virtud perfecta presupone todas: muchos se distinguen en alguna virtud, no hay hombre que no tenga alguna: generoso, leal, compasivo, recto, valiente, franco, piadoso, religioso, sobrio... Pero hay quienes son compasivos y débiles, generosos e incontinentes, fuertes y orgullosos, humildes y pusilánimes.
   Las tres virtudes que resplandecen en lo que el Evangelio nos narra de San José son la castidad, el trabajo y la oración.
  La castidad en el pasaje de San Lucas que cuenta la Anunciación de Nuestra Señora, donde se deduce que San José había ofrecido a Dios su castidad perpetua prenunciando así lo que había de ser después el estado religioso.
   El trabajo humilde y oscuro: “¿Acaso no es este el hijo del carpintero?”.
   La oración de San José está en las dos moniciones del ángel, la de recibir a su esposa[1] y la de huir a Egipto[2]
   La Castidad. La narración de San Lucas es un pasaje delicadísimo. Lucas nos presenta de golpe las cosas ya hechas: una doncella prometida, el anuncio de que va a ser Madre del Mesías. La respuesta de María: “No conozco varón” ni lo conocerá nunca. “No importa”, dice el ángel: “será un milagro”. El milagro será la realización de la profecía de Isaías al rey Acaz: “El Señor mismo os dará una señal: he aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”[3].
   La Virgen consiente. Ese consentimiento es un poema de alabanza a San José, porque supone que los dos jóvenes habían hecho juramento de castidad. San José había aceptado casarse con María y vivir con ella como hermano y hermana. La virgen tenía plena confianza en la fidelidad de San José.
   El Espíritu Santo había inspirado a estos dos jóvenes esa actitud tan insólita en las costumbres de Israel. San José era joven, por lo menos relativamente, pues su misión era proteger y criar a Jesús durante treinta años. El matrimonio virginal de San José y la virgen fue matrimonio válido y no fingimiento porque lo que constituye al sacramento del matrimonio no es la unión conyugal propiamente sino el consentimiento de la voluntad ante el sacerdote. Porque el hombre es un cuerpo y es antes de todo una voluntad.
   San José es así ejemplo de una de las virtudes más necesarias de nuestros tiempos perturbados. La castidad significa el domino del hombre sobre los propios apetitos, aun los más violentos, el respeto a la propia dignidad y al honor ajeno, la limpieza y decoro delante de Dios y delante de los hombres. Perdida esta virtud, trae como consecuencia toda clase de terribles castigos; y el mundo moderno lo sabe perfectamente porque a un especial desenfreno de impureza, vemos cuántas plagas, desórdenes y catástrofes siguen. Sois vasos del Espíritu Santo, Dios mora en vosotros, sois miembros de Cristo, no ensuciéis vuestros cuerpos con torpezas, dice San Pablo.
   El Trabajo. San José fue encargado de una de las misiones más grandes del mundo. Personaje importantísimo. Nos asombramos ante la misión de un Colón, de un San Martín, de un Dus... San José es el eje sobre el que gira la redención –el mayor de los santos fuera de la madre de Dios– y mirad cómo son las vías de Dios: trabajo el más oscuro, humilde, insignificante. Trabajo manual rudo toda la vida. Pero, ¿cómo? ¿Vos, oh, San José, sois padre del Mesías, mandáis al Verbo de Dios, tenéis en vuestra casa a la esperanza de toda la humanidad y estáis haciendo arados, manceras, vigas, puertas, postigos, batientes, ataúdes...?
   No se puede decir que el mundo moderno no trabaje; trabaja quizá demasiado, pero trabaja mal. Ha robado al trabajo su sello divino y humano y ese es quizá el peor crimen de nuestra época, trabajo de bestias, trabajo de esclavos, máquinas, enfermos enloquecidos... Trabajan los pobres explotados por algunos ricos; trabajan ricos esclavizados al dios cruel del Lucro de la Avaricia, del más tengo más quiero; y al dios estúpido del placer frívolo y la diversión incesante que los trae con fiebre continua y se llama Vida Social, Figuración, Vida Mundana. Y sobre este mundo que ha olvidado la dignidad humana y cristiana del trabajo planea la más grande de las revoluciones de la historia.
   La Oración. La oración es necesaria. El mundo moderno anda perturbado porque ha perdido el contacto con Dios. Anda ciego detrás del Placer o del Oro porque no ve ni conoce más a Dios. La oración es necesaria al ser humano. El niño necesita de sus padres para poder llegar a su estado perfecto, a ser adulto. El hombre necesita de Dios para llegar a su Último Fin que es el mismo Dios. Representaos el estado de un hombre sin oración como el estado de un niño sin sus padres, y en medio de un bosque. La oración es necesaria para la salvación. Sin oración no hay salvación. El cielo nos lo da Dios. Nos lo da por nuestras buenas obras, pero nos lo da. “Pedid y recibiréis”. Y nuestras buenas obras nos las da Dios. “Sin mí nada podéis”.
   Por eso la Iglesia nos manda a hacer oraciones vocales, asistir a la misa dominical y a ciertas solemnidades.
   San José hablaba con Dios continuamente y penetraba las palabras de Jesús. ¿Por qué murió antes de la predicación de Jesús? Porque no la necesitaba. ¿Y por qué la Virgen? Porque Jesús necesitaba de ella. La contemplación de los santos, San Ignacio, Santa Teresa, es nada al lado de la de San José.
   Se ora poco en el mundo. A Dios gracias hay santa almas que oran por otras. Pero las naciones no oran, porque en ellas ha triunfado el liberalismo. Y bien, he aquí que las naciones se derrumban. “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. Si el Señor no guarda la ciudad, el centinela vigila en vano”. Las guerras son efectos de los pecados. Dice De Maistre que cuando los pecados, ciertos pecados, se acumulan, estalla la guerra:
   1°: Los vicios nefandos
   2°: la explotación del pobre, claman al cielo.
  Un mundo muere. Que se salve. Y nosotros morimos. La muerte, que tenemos tan olvidada, hecho trascendental para el hombre. Patrón de la buena muerte, salvadnos. Enséñanos a mirar la muerte sin horror y sin desesperación haciendo que nuestra alma penetre, como la tuya, el Misterio Grande de Jesús y de María.
* Publicado en Gladius, n° 52 – año 2001, por envío del Dr. Luis A. Barnada.


Fernando Sánchez de Tovar, el héroe español ignorado que remontó el Támesis e hizo temblar Inglaterra

Tal fue el éxito de la gesta del castellano que otros muchos después que él trataron de emularla. Es, de hecho, el auténtico antecedente del asalto al Medway llevado a cabo por el almirante holandés Michiel De Ruyter en 1667

 

 

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Las cuentas pendientes entre los Trastámara –una dinastía castellana nacida con la muerte de Pedro I El Cruel– y la Inglaterra del Príncipe Negro empujaron a que los españoles se involucraron en la Guerra de los 100 años de parte del bando francés. Las acciones militares de la incipiente armada castellana, entonces dirigida por Ambrosio Bocanegra, desembocaron en la victoria de La Rochella de 1372. Un éxito que demostraba que la flota inglesa no era ni mucho menos imbatible y que Castilla ambicionaba ser una potencia naval en el Atlántico. No obstante, la duda estaba en si la fortaleza castellana procedía de su almirante, el genovés Bocanegra, o era una realidad perdurable en el tiempo.
Castilla había llegado para quedarse por mucho tiempo en el Atlántico. La fábrica de marinos castellanos empezaba a echar humo. Fernando Sánchez de Tovar fue el primero de una larga lista de almirantes castellanos que desarrollarían de forma exitosa su carrera en el Atlántico. De Álvaro de Bazán a Damián Churruca...
Las primeras referencias a Sánchez de Tovar proceden de la guerra entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón. El castellano participó en la expedición naval contra la Corona de Aragón de 1359 como capitán de una galera de Pedro I. Sin embargo, al igual que Ambrosio Bocanegra y su padre, cambió de bando a partir de 1366 para luchar junto al hermano bastardo del Rey, Enrique de Trastámara. El marino castellano entregó Calahorra como parte de su traición a Pedro, a lo que éste respondió matando a su hermano Juan Sánchez de Tovar. Y es que precisamente aquellos métodos brutales de actuar eran los que, con toda probabilidad, le habían empujado a pasarse al bando Trastámara.

El digno sucesor de Bocanegra

Con el ascenso al trono de Enrique de Trastámara tanto Bocanegra como Sánchez de Tovar fueron recompensados por sus buenos servicios y puestos al frente de la flota castellana enviada en ayuda de Francia en la Guerra de los 100 años. Así, mientras Bocanegra contaba su botín e identificaba a los ilustres prisioneros tomados en la batalla de La Rochella, entre ellos el yerno del Rey de Inglaterra; Fernando Sánchez de Tovar llevaba a cabo sus propias conquistas en los puertos ingleses del norte de Francia. Entre 1372 y 1373, Castilla y Francia se apoderaron de toda la costa entre Burdeos y Ouessant, dejando aisladas las posesiones británicas en el continente. Como recuerda Víctor San Juan en su libro «22 derrotas navales británicas» (Navalmil), en ese desastroso año para los ingleses «la única leve compensación de la Royal Navy será la captura de siete naos castellanos por el Conde de Salisbury en marzo».
A la muerte de Ambrosio de Bocanegra, Enrique II otorgó una carta de merced a Fernán Sánchez de Tovar con el oficio de Almirante Mayor de la Mar con fecha del 22 de septiembre de 1374. Junto a galeras portuguesas, aliadas con Castilla por el Tratado de Santarem, Sánchez de Tovar se dirigió en esas fechas al Canal de La Mancha. Su plan consistió en una expedición contra la isla de Wight y otros lugares del sur de Inglaterra, así como en una operación conjunta con el almirante francés Jean de Vienne en el sitio de Saint Saveurle-Vicompte. No es de extrañar, en tanto, que la sucesión de derrotas, la incapacidad por enfermedad del Príncipe Negro y la vejez de Eduardo III llevaran a Inglaterra a pedir una tregua en Brujas hacia el año 1375. El país estaba al borde del abismo.
Una tregua solo iba a servir a los ingleses para ganar tiempo. La debilidad del Rey inglés era algo que franceses y castellanos pretendían seguir explotando durante mucho tiempo. En el verano de 1377, el Almirante de Castilla y el de Francia unieron sus escuadras en Harfleur para saquear, una a una, las localidades de la costa sur británica. Empezando por Rye, Folkestone, Portsmouth, Dartmouth, Plymouth… todas ellas saqueadas sin que presentaran apenas resistencia, a excepción de Rottingdean, defendida por el abad Lewes en una defensa desesperada e inútil.
Poco después, las galeras franco castellanas arrasaron la isla de Wight, Hastings y Poole, mientras se sucedían las muertes de Eduardo III y del Príncipe Negro y se hacía con las riendas del país la inestabilidad dinástica.

La gesta del Támesis

A principios de 1380, Fernando Sánchez de Tovar concentró en Sevilla 20 galeras para su plan más ambicioso. Franceses y castellanos a su mando se lanzaron ese verano hacia el corazón británico. Tras incendiar la fortaleza de Winchelsea, las galeras entraron a golpe de remo en agosto por la punta de North Foreland hacia el canal del Rey. Una vez en el curso del Támesis avanzaron sin oposición para acabar desembarcando en Gravesend, sobre la ribera sur. Faltaban pocos kilómetros para avistar Londres, pero Sánchez de Tovar ya había logrado su objetivo de sembrar el pánico en la isla a base de incendios y asaltos.
Tras incendiar la fortaleza de Winchelsea, en agosto las galeras entraron a golpe de remo por la punta de North Foreland hacia el canal del Rey
Tal fue el éxito de la gesta de Sánchez de Tovar que otros muchos después que él trataron de emularla. Sin ir más lejos, cuando Felipe II previó en 1588 que su «Felicísima Armada» se «diera la mano» con el Ejército de Flandes al mando de su sobrino Alejandro Farnesio (lo cual nunca ocurrió), uno de los siguientes pasos barajados era remontar el Támesis para conquistar Londres en un rápido golpe de mano. Asimismo, se considera esta penetración castellana el auténtico antecedente del asalto al Medway llevado a cabo por el almirante holandés Michiel De Ruyter en 1667. Dos gestas que la historia ha tratado de forma muy distinta, ignorando al castellano en la mayoría de textos.
En los siguientes años, Sánchez de Tovar cambió las aguas inglesas por las portuguesas. A la muerte de Enrique le sucedió en el trono castellano su hijo Juan I de Castilla, que también tuvo que luchar para defender sus derechos al trono frente a los descendientes de Pedro «El Cruel». En su caso en Portugal.
En julio de 1380 se firmó en Estremoz un acuerdo secreto que anunciaba una acción angloportuguesa sobre Castilla para sustituir al Rey Trastámara por Juan de Lancaster, casado con la hija de Pedro «El Cruel». La operación fue un fracaso y, de la enemistad con Portugal, se pasó de golpe a la amistad a través de la boda de Juan y la hija del Rey luso. Con la intención de evitar un nuevo desembarco inglés en Portugal, Juan de Castilla reclamó a la muerte del Rey de Portugal los derechos dinásticos de su esposa para establecer un protectorado sobre el reino portugués a partir de 1383.
Sánchez de Tovar participó junto a sus galeras en las operaciones militares en Portugal contra la rebelión –encabezada por el maestre de Avís– desencadenada tras la proclamación de Juan I y su esposa como reyes del país vecino. Las galeras castellanas llevaron en todo momento la iniciativa sobre los rebeldes, pero la aparición de la peste provocó cientos de muertes en las filas castellanas, entre ellas algunos de los más importantes nobles castellanos como Cabeza de Vaca, Juan Martínez de Rojas, Pedro Ruiz Sarmiento, Fernán Álvarez de Toledo y el propio Tovar. El marino castellano falleció en su nave capitana, «La San Juan de Arenas», y sus restos fueron trasladados hasta Sevilla.
Juan I recordaría su figura y su hazaña con gruesas palabras: «Ficieron guerra por la mar y entraron río Artemisa [el Támesis] hasta cerca de Londres, do galeas enemigas nunca entraron»


La tristeza de Juana de Austria, la Infanta engañada por Portugal para casarse con un príncipe moribundo

Muerto su esposo, la hermana de Felipe II se encontró de repente en un país ajeno sin aliados ni amigos, con la sospecha de que había sido el atractivo instrumento empleado por la Reina, Catalina de Austria, para dar un heredero al reino

 

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Desde su retiro en Yuste, un desgajado Carlos, mortificado y radicalizado en sus posturas religiosas, dedicó sus últimos años de vida a criticar cada decisión de su hija Juana, gobernadora de los reinos españoles en ausencia de Felipe II, entonces en el corazón de Europa y en su puesto de Rey consorte inglés.
No es que el Emperador jubilado desconfiara de las facultades de una mujer gobernante, puesto que en el pasado había visto cómo se las gastaban las hembras de su familia en el poder; simplemente es que, ahora que se disipaba algo la depresión que le había llevado hasta aquel remoto pueblo extremeño, empezaba a recuperar el gusto por mandar. A pesar de todo, Juana de Austria demostró un carácter férreo y soportó las cartas de su padre sin quebrarse. El suyo fue un gobierno casi perfecto y el punto crepuscular de una vida trágica.

De la luna de miel al funeral

Nacida el 24 de junio de 1535 en Madrid, la hermana pequeña de Felipe II contrajo matrimonio a la edad de dieciséis años con su primo hermano, el Príncipe heredero de Portugal, Juan Manuel de Portugal. Un matrimonio que obedecía a la insistencia política de los Austrias por aumentar los vínculos con los Avis y, tal vez, conseguir algún día que se unieran ambos países. Todo entraba así dentro de la normalidad diplomática, salvo por la salud frágil de Juan Manuel, que era el único de los nueve hijos de Catalina de Portugal (la última hija de Juana La Loca) que llegó a la edad adulta. A su esposa le fue ocultada la naturaleza de la salud del portugués y se cerró el matrimonio sin estimar que, en su caso, iba a ser difícil que viviera muchos años.
Ya en los dos meses que duró la luna de miel, Don Juan Manuel mostró síntomas de salud quebradiza y apenas pudo salir a cazar o a dedicarle tiempo a los asuntos de Estado. Cuando cayó enfermo por primera vez desde que estaba casado, ella se ocupó día y noche de su cuidado, y ante la recomendación de los médicos de alejar a los dos enamorados, él respondió con un pasional: «Prefiero morir» antes de estar lejos de Juana.
Cuando Felipe II viajó al norte de Europa a solucionar los entuertos de su padre, se acordó de su hermana abandonada y la llamó para que ocupara la regencia de los reinos españoles
Para sorpresa de pocos en su familia, Juan Manuel murió de diabetes juvenil el primer día del año 1554, lo cual también se le ocultó a su esposa. Aunque en este caso se hizo por una buena razón. Juana estaba embarazada del que iba a ser el futuro Rey de Portugal y se temía que la noticia afectara al bebé. Hasta el día 20 de enero no se le dio la nueva después de un largo y doloroso parto. Enloquecida por la muerte de su marido, la primera reacción de Juana fue querer cortarse la magnífica cabellera dorada que tanto le gustaba a Juan Manuel, si bien el Rey padre evitó que cometiera tal sacrilegio en el último instante. Lo que si decidió fue desprenderse de todas sus joyas y vestidos, para usar a partir de entonces solo el negro. Viviría de luto el resto de su vida.
Juana se encontró de repente en un país ajeno sin aliados ni amigos, con la sospecha de que había sido el atractivo instrumento empleado por la Reina, su tía Catalina de Austria, para dar un heredero al reino, a sabiendas de que Juan Manual iba a morir joven como el resto de sus hermanos. Todos parecieron olvidarse de aquella reina viuda y triste, salvo su hermano.
Cuando Felipe II viajó al norte de Europa a solucionar los entuertos de su padre, se acordó de su hermana abandonada y la llamó para que ocupara la regencia de los reinos españoles. Carlos I habría preferido que fuera su hermana María de Hungría quien gobernara, y no su hija, pero debió conformarse con Juana. Ella tampoco podía estar completamente cómoda con la designación: tuvo que dejar en Portugal a su hijo Sebastián para que fueran otros quienes le educaran.

La guerra contra el cascarrabias de su padre

El resultado de su gobernación en España fue bastante notable, siendo las veladas críticas de Carlos algo intrínseco al cargo, fuera quien fuera el que lo ostentara. Tampoco ayudaba la delicada situación del reino, empezando por la agotada hacienda real y siguiendo por la corrupción. El Emperador se encolerizó cuando, en marzo de 1557, supo que una partida de plata y oro procedente de las Indias había sido desvalijada al atracar en Sevilla. Exigió a la gobernadora Juana que rastreara el destino del dinero y castigara a los culpables de la Casa de Contratación en una carta abarrotada de velados reproches contra su hija. Carlos incluso amagó con salir de Yuste en esas fechas. «En verdad —escribió el Emperador—, si cuando lo supe, yo tuviera salud, yo mismo fuera a Sevilla a ser el pesquisidor de donde esta bellaquería procedía; y pusiera a todos los de Contratación en parte (en la cárcel)».
Las cartas dirigidas a Juana, una mujer extremadamente inteligente y bella, mantuvieron en todo momento un venenoso tono de desconfianza. Así, durante el brote de luteranismo que se descubrió sobre esasa fechas en Valladolid y se extiende hasta Sevilla y Llerena, Carlos reclamó la enérgica actuación de la Inquisición contra los herejes y volvió a amenazar con salir de Yuste para solucionar en persona el problema. No era nada personal contra Juana: aquella versión cascarrabias del Emperador también le destinaba reproches a su otrora fiel general, el Duque de Alba, y al propio Felipe II.
Presentación de Juan de Austria a Carlos V en Yuste. Eduardo Rosales,
Presentación de Juan de Austria a Carlos V en Yuste. Eduardo Rosales,
Y ciertamente Felipe II se sintió tan desbordado por los acontecimientos y la guerra con Francia como para pedirle a su fiel amigo Ruy Gómez de Silva que persuadiera en la primavera de 1557 al Emperador de retornar al mundo de los vivos: «Suplicando a Su Majestad tenga por bien socorrerme en esta coyuntura […] Al solo rumor de esta noticia esparcida por el mundo, estoy cierto que mis enemigos quedarán turbados». No obstante, Carlos respondió con un no rotundo, a pesar de que su estado de salud había mejorado desde que estaba en Yuste y de que en cartas anteriores se había ofrecido a volver. No estaba dispuesto a abandonar su retiro; y con la victoria ese mismo verano en San Quintín contra los franceses ni siquiera se exigía ya su presencia.
Juana sopesó tomar votos como franciscana, que era lo que se esperaba de una hermosa viuda sin intenciones de volver a casarse, pero finalmente decidió que lo que quería ser, de verdad, era jesuita
Tras su gobierno, Juana sopesó tomar votos como franciscana, que era lo que se esperaba de una hermosa viuda sin intenciones de volver a casarse, pero finalmente decidió que lo que quería ser, de verdad, era miembro de la Compañía de Jesús. Imposible según las reglas escritas por San Ignacio de Loyola, que apartaba a las mujeres de la orden y hasta de su labor pastoral. Pero por enchufe de Francisco de Borja, la princesa Juana de Austria se saltó las normas y formuló sus votos en secreto bajo pseudónimo, convirtiéndose en la primera y última mujer jesuita de la historia. Murió por un cáncer de útero en 1573, con treinta y ocho años, lamentándose en sus últimos días de haber dejado a su hijo en Portugal cuando solo era un bebé para atender las órdenes de su hermano. Y de hecho, el carácter de Sebastián I iba a revelarse todo menos equilibrado. Educado en la idea literaria de las cruzadas medievales, Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África en 1578, a pesar de que su tío Felipe II y los principales consejeros del reino trataron de evitarlo por todos los medios.
Su muerte abrió de par en par las puertas para que Felipe II se hiciera con el trono luso.

Alfonso el Casto, el padre de la Reconquista 
Nada auguraba que su papel en la historia sería decisivo. Cuando falleció octogenario, Asturias era un Reino sólido, indoblegable a la dominación sarracena, embrión de lo que llegaría a ser la España reconquistada 


Alfonso II de Asturias vino al mundo en Oviedo, alrededor del año 760, destinado a gobernar un pequeño feudo montañoso acorralado por el arrollador avance musulmán. Su madre, Munia, era una jovencísima cautiva vascona capturada en el transcurso de una operación de castigo. Su padre, Fruela, un príncipe feroz, despiadado y fratricida, que murió asesinado en su propia corte cuando su hijo era todavía un niño. Nada auguraba al joven heredero al trono que su papel en la historia resultaría decisivo. Sufrió múltiples traiciones e intentos de derrocamiento. Combatió sin descanso a lo largo de toda su vida. Cargó el peso de la corona durante más de medio siglo, en una época de turbulencia en la que sobrevivir a la enfermedad y la guerra constituía un milagro cotidiano. Cuando falleció octogenario, en el año 842, Asturias era un Reino sólido, indoblegable a la dominación sarracena, embrión de lo que llegaría a ser la España reconquistada.
Las crónicas de ese tiempo, tanto cristianas como musulmanas, relatan en la Península, y especialmente en Asturias, escenas muy parecidas a las que hemos contemplado recientemente en el califato del terror establecido por los yihadistas en territorio de Siria e Irak: Cabezas cortadas de soldados enemigos expuestas en picas en la plaza pública (Mosul, 2014), formando pirámides en ciertas encrucijadas de caminos estratégicos, o decorando las almenas de un alcázar (Córdoba, 792). Cuerdas de prisioneros conducidos al sacrificio o la servidumbre. Mujeres reducidas a la condición de esclavas sexuales para disfrute de los guerreros. Tierra quemada, ayer y hoy, con el propósito empecinado de imponer la religión de Alá.
Alfonso II abrió los ojos en una tierra verde, completamente distinta en sus paisajes a la del Oriente Medio actual, aunque asolada por el mismo fanatismo. Se enfrentó una y otra vez a guerreros beréberes en su mayoría, recientemente islamizados, cuya brutalidad no conocía límites. No es que en el bando cristiano imperara el pacifismo o infundieran respeto los derechos humanos. Nada parecido a esos conceptos contemporáneos existía en la época de la que hablamos, más próxima a la barbarie que a nuestra idea de la civilización. Ello no obstante, nuestro príncipe se sintió desde muy temprana edad depositario del legado cultural recibido de los godos y consideró un deber sagrado protegerlo, conservarlo e incluso acrecentarlo en las medida de lo posible. ¿Cuáles eran los elementos esenciales de esa herencia? La defensa de la fe cristiana y la recuperación de la unidad política y territorial que había tenido la Hispania visigoda antes de la invasión del 711. A esa tarea dedicó Alfonso la totalidad de sus energías, hasta el extremo de renunciar a casarse. De ahí el apodo con el que ha llegado hasta nosotros: «El Casto».

Este rey, tan poco conocido hoy como determinante para el devenir de nuestra nación, es uno de los pocos ejemplos de soltería que nos ofrece la historia. No se le conocen hijos, ni legítimos ni bastardos. Su existencia debió de revestir una dureza que resulta difícilmente imaginable. Gracias a su fortaleza, a su voluntad, su resistencia, su valentía, su inteligencia, su visión de futuro, su astucia, su perseverancia y, también, su salud de hierro, la España en que vivimos hoy es inequívocamente occidental y democrática, otorga iguales derechos a hombres y mujeres, separa los asuntos de Dios de los del César y cree en la libertad. En mi calidad de española, mujer, madre de una hija, demócrata y liberal, mi gratitud hacia él es infinita.

Ocho siglos de lucha

De su mano empezaron ocho siglos de lucha incansable para reconquistar nuestro pleno derecho a formar parte de Europa, no ya por posición geográfica, sino por vocación, religión e idiosincrasia. Si, como ha subrayado acertadamente Stanley Payne, España es el único país islamizado que ha conseguido librarse del yugo, se lo debemos en gran parte a él.
Su bisabuelo, Pelayo, se había alzado en armas contra las huestes musulmanas en la batalla de Covadonga. Su abuelo y homónimo, Alfonso el Cántabro, había yermado el valle del Duero con el fin de dificultar el avance de los ejércitos sarracenos hasta la Cornisa Cantábrica, obligándoles a cargar con su propio avituallamiento. Hubo «reyes holgazanes» que pactaron el pago de tributos a cambio de paz (siempre han existido cobardes dispuestos a tal felonía, para evitar enfrentarse al conquistador sarraceno o en el empeño de contentar a los terroristas de ETA), y otros que iniciaron un combate destinado a prolongarse ochocientos años. Pero el Casto fue el primero en comprender el alcance de ese formidable propósito, crear pilares sólidos sobre los cuales asentarlo, dar forma política a la magna empresa que empezaba, establecer las alianzas indispensables para hacerla posible, y unificar a los pueblos llamados a protagonizarla. Dicho de otro modo, él inventó el concepto de Reconquista que ahora algún «intelectual» sectario, insumiso a las fuentes documentales de la época, a la historiografía y a la más elemental lógica, se permite no ya poner en cuestión, sino directamente negar.
¡Cosas veredes, Sancho, en esta España cuya «gauche divine» considera el cristianismo un paradigma de opresión a la vez que ve en el Islam la quintaesencia del progreso!
A diferencia de los caudillos que le habían precedido en el poder, Alfonso II no se contentó con ser alzado sobre el escudo por sus guerreros, sino que fue solemnemente coronado y ungido por un prelado de la Iglesia, con el fin de sumar la legitimidad de orden divino a la razón de la fuerza. Recuperaba de ese modo la tradición visigoda, reproducida igualmente en la organización de su palacio y su gobierno, así como en sus fueros y leyes. No en vano había sido educado en el monasterio de Samos, fundado por refugiados venidos del sur, impregnados del saber aprendido de San Isidoro. Era ambicioso y prudente a partes iguales. Culto, gran estratega y mejor político. También un amante de la arquitectura y el urbanismo, que dotó a su ciudad natal de iglesias, palacios e incluso acueductos. Alguna de esas obras todavía sigue en pie.

La unión del norte

Gracias a su sangre y a su habilidad, logró unir bajo su estandarte a vascos, gallegos, cántabros y astures, pese a que los dos primeros habían mostrado a menudo su tendencia a la rebelión. Nada hay realmente nuevo bajo el sol de esta piel de toro... Merced a su autoridad, no impuesta sino voluntariamente aceptada, consolidó un Reino cuyas fronteras abarcaban desde Navarra hasta el Finisterre y desde el mar Cantábrico a la cordillera, con algunos focos de repoblación al otro lado de esas montañas.
Y eso que durante media centuria sufrió ofensivas prácticamente anuales, que, partiendo desde Córdoba, arrasaban lo que hoy es Cantabria y Vizcaya, entrando por Álava, o devastaban Galicia. A menudo esas aceifas golpeaban ambas regiones simultáneamente. La superioridad numérica de los mahometanos era tal que el ejército de Alfonso solo podía tratar de emboscarlos en algún punto estratégico cuando iban de retirada, cargados de esclavos y botín. En el empeño de doblegar a los cristianos norteños, los soldados de la media luna destruían sistemáticamente sus cosechas y hasta desarraigaban los frutales empleando para ello yuntas. No lograron someterles.
Alfonso II tejió una sólida alianza militar con Carlomagno, mantenida después con notables beneficios mutuos por los sucesores del emperador. También consiguió el apoyo de otro poderoso «aliado», cuya ayuda resultaría crucial en los siglos venideros. Fue durante su reinado cando se descubrió (o inventó) el sepulcro del apóstol Santiago en un bosque cercano a Iria Flavia. La peregrinación que hizo el Rey desde Oviedo hasta allí, para postrarse a los pies de esas reliquias, fue el origen de un Camino jacobeo cuyos beneficios para España resultan incalculables. También ese tesoro inmaterial, patrimonio de la Humanidad desde 2015, se lo debemos a él.
Como dejó escrito uno de sus biógrafos, «llevaba en el pecho la armadura y sobre la armadura, la cruz». Es, sin lugar a dudas, uno de los grandes hombres que nos ha dado la Historia. Existen pocos monumentos erigidos en su memoria y hasta de los libros de texto parece haber desaparecido. Una muestra más de la proverbial ingratitud española hacia sus héroes.

viernes, abril 27, 2018

              HECHOS Y CIFRAS DEL ABORTO

                                   

           
            El solo buen sentido indica que –a menos que surjan accidentes naturales o artificiales que lo impidan- un ovocito fecundado se transforma, al cabo del período gestacional, en un niño que es persona humana tanto desde el punto de vista biológico como jurídico. Pero la Naturaleza agrega un dato objetivo que obliga a ser leído con seriedad: apenas el primero de millones de espermatozoides penetra en el ovocito maduro que la mujer deposita en la Trompa de Falopio durante un ciclo fértil, la membrana celular del óvulo bloquea el ingreso de ningún otro, mostrando la inmediata protección que el gameto materno brinda a esa nueva vida, portadora de un código genético que lo hará único –y en esto no hay exageración sino precisión científica- en toda la historia de la humanidad.
            Desoyendo este claro mensaje biológico que habla a nuestra más elemental inteligencia pero a nuestra más fina sensibilidad, hay quienes pretenden que esa primera célula, portadora de la herencia materna y paterna en combinación singular desde el primer instante de la concepción, no es “persona” hasta que no se dan determinadas circunstancias que le son externas. Unos dicen que ha de esperar unas horas, hasta implantarse en el útero. Otros, que lo será cuando se desarrolle su sistema nervioso. Los más imaginativos, como el divulgador Karl Sagan (Parade Magazine, April 22, 1990, pág 4), han pretendido que el futuro hombre va pasando como embrión las etapas que atribuyen a la nunca probada científicamente teoría de la evolución; así el vientre materno alojaría sucesivamente una ameba, un pececito, un renacuajo, hasta que lo habitara un pichón de hombre. Todas son formas de justificar que, practicando el aborto durante esos períodos, no se estaría eliminando a un ser humano. La teoría más audaz es la que indica que los neonatos “no son funcionalmente humanos hasta que devienen tales en el proceso de socialización” (Ashley Montagu): así se justificaría el infanticidio.
            Todo lo anterior tiende a tranquilizar la conciencia de los promotores del aborto, que justifican su postura señalando que defienden a menores pobres que recurren por eso a prácticas no controladas e inseguras. Pero si esto pudiera ser parcialmente cierto antes de la legalización del aborto, dejaría de serlo luego de sancionada la ley. Sin embargo en Italia -país al que nos parecemos, si los hay- lo sucedido fue que: “Sólo el 8% de las mujeres que abortan tiene menos de 20 años y sólo el 19% es estudiante; el 43% se cuenta entre las empleadas y el 38% entre las amas de casa”. El perfil de la mujer que aborta allí desde la legalización que tuvo lugar por el plebiscito de 1978, “es el de una edad comprendida entre los 30-35 años, ama de casa o empleada, de condición económica discreta, de nivel de instrucción media, católica practicante con dos hijos, es decir el de un típico exponente de la burguesía media: en el 70% de los casos esta madre considera que desde la concepción el hijo es un ser humano, pero recurre al aborto no obstante ello por razones no fundamentales, llamémoslas contingentes, pero suficientemente fuertes como para debilitar cualquier visión religiosa y moral que hasta hace poco eran consideradas el eje estabilizador del individuo en la sociedad actual” (Massi, Gianbattista . “Etica en Medicina”, Fundación Alberto Roemmers, Buenos Aires 1982). El Profesor Massi, Director del Instituto de Clínica Obstétrica y Ginecológica de la Universidad de Florencia, visitó nuestro país y brindó una conferencia en la Academia Nacional de Medicina donde agregó que, luego de la legalización y la aceptación social implícita, “un conjunto de datos culturales y epidemiológicos nos obliga a reconocer que existe la tendencia a percibir el aborto no como la reparación dolorosa de una contracepción fracasada, sino como un método anticonceptivo propiamente dicho… Un comentario típico de muchas mujeres es: ‘La píldora es un mal, la espiral es un mal, el aborto es un mal, pero elijo este último (gratuito y legal) con la esperanza de que no me ocurra con frecuencia’ ”.
            A su vez, ya está claro en los países occidentales que la legalización del aborto provoca más abortos. “Desde Roe vs Wade (el caso líder para la legalización en EEUU, 1973) el número de abortos realizados en los Estados Unidos aumentó de 744.000 a 1.500.000. Los abortos terminaron el año pasado con un tercio de todos los embarazos en la nación. Más de un millón de adolescentes se embarazó y el 38% se hizo un aborto” (Walter Isaacson, Time, abril 6, 1981). Y esto tiene un innegable impacto demográfico y sociológico, que puede ser suicida en un país que necesita población como el nuestro.
            Finalmente, los promotores del aborto aducen que se reducirán las muertes maternas. Vale la pena indicar que en 2015 (último año publicado por el Ministerio de Salud de la Nación, Dirección de Estadísticas e Información de Salud (DEIS) del Ministerio, (deis.msal.gov.ar)) el total de muertes por embarazos terminados en abortos (se cuentan siete otras causas además del aborto clandestino) fue de 55. Entre ellos sólo 1 en menores de 15 años y 5 por debajo de los 19 años. La mayor parte sucedió en mujeres entre los 25 y los 29, similar al perfil detectado en Italia.
            Pero además conviene agregar, a las complicaciones tardías de los abortos (endometritis, sinequias y esterilidad), la experiencia de los sacerdotes acerca del daño psíquico de las mujeres que han abortado: hasta la vejez siguen confesando una y otra vez su aborto porque, contradiciendo al sacramento de la reconciliación en que creen, nunca se perdonan.
            Las evidencias del deterioro que provoca la legalización son mucho más numerosas de las que caben en este espacio limitado.  Vale para más información consultar el reciente artículo de  Ségolene du Closel sobre las consecuencias del aborto en Francia, luego de 43 años de su legalización (www.infobae.com/opinion/2018/04/16).
Quien vaya a votar a favor del aborto debe saber, entonces, que estará dañando a las personas por nacer, a las madres, y a la Patria.

Hugo Esteva
                                    Profesor Titular de Cirugía
                                    Universidad de Buenos Aires
                                    MN: 35.165