miércoles, octubre 05, 2011

Mensaje del Almirante Carlos Büsser

"Se trata de un Hèroe viviente, que me ha honrado con su amitad y lo he presentado en el Salon Auditorium de mi ciudad de Concordia.Ha estado detenido por este gobierno por ser miltar..., y lo HAN TENIDO QUE DEJAR EN LIBERTAD...¡ los argentinos no nos hemos rendido !. EL DIRECTOR.

Cristo Rey

viernes 20 de junio de 2008

Cristo Rey


Cristo Rey (un sermón del Padre Ezcurra).

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Cristo es Rey. Es una palabra que hoy, a veces, se prefiere no usar; suena demasiado fuerte, demasiado duro. Algunos prefieren decir “Maestro”, prefieren decir “Pastor”, prefieren presentar a Cristo como hermano, como amigo, a veces en un plano solamente horizontal, pero sin utilizar toda la fuerza que tiene esta palabra que nos está indicando la pura realidad. Parecería que se avergonzaran algunos de dar testimonio del Rey que está en los cielos. Parecería que nombrar a Cristo como Rey fuera muy duro para un tiempo en el cual a las palabras definidas se las trata de evitar.

Entonces se prefiere no hablar de Cristo como Rey. Tal vez parezca poco democrático. Quisieran hablar de Cristo, como presidente. Y sin embargo Cristo es Rey. Y Cristo es Rey por diversos motivos, que ya hace muchos años señalaba en su enseñanza doctrinal dogmática el Papa Pío XI en la Encíclica Quas Primas, que dio el espíritu que animó a la primera y a la mejor fuerza de la Acción Católica.

Cristo es Rey, en primer lugar por su excelencia. Llamamos rey, en cualquier orden del ser o del conocer, a aquello que es lo primero, a aquello que es lo mejor; entre un determinado ramo de artistas, se llama rey a aquel que ejecuta mejor ese arte; entre las flores se llama la reina a la rosa porque es la más hermosa en su belleza y en su perfume.

El rey indica lo excelente, lo más noble, lo más grande. Y por eso, es Rey el Verbo de Dios cuando asume aquí en la tierra una naturaleza humana, cuando se hace hombre. Y entonces, esa naturaleza humana, esa alma y ese cuerpo asumidos por Cristo es lo más noble, es lo más perfecto, es lo principal de la Creación porque está unido indefectiblemente a la divinidad, al Verbo Creador, al Verbo en el cual, por su Palabra fueron dichas, fueron pronunciadas, fueron creadas todas las cosas.

Cristo es Rey por su propia naturaleza divina, porque es el Verbo de Dios hecho hombre. Es aquello de los cual da testimonio delante de Poncio Pilato cuando él le pregunta: “Tú eres Rey?” “Sí, Yo soy Rey, mi reino no es de este mundo”. Lo cual no significa que Cristo no reine sobre este mundo, sino que su reino no tiene origen en este mundo; no es un reino humano. El poder que tiene Cristo es el poder que ha recibido del Padre; pero es un poder sobre todas las cosas, sobre todas las cosas del cielo y de la tierra.

Cristo tiene ese poder también por derecho de conquista. Pensemos, una vez más, en aquella escena de la tentación en el desierto. El diablo que se muestra a Cristo. Y el diablo que lleva a Cristo sobre un alto monte y le muestra –dice el Evangelio- todos los reinos de la tierra, y le dice: “Todo esto es mío: si me adoras te lo daré”. Le mostró el poder y la gloria de esos reinos y lo tienta ofreciéndoselos.

Donde el pecado está presente, es el demonio el que reina. Y en ese momento, en el mundo no redimido, todos los reinos, todas las ciudades, todas las naciones, las almas de los hombres están en el poder de Satanás. Cristo se niega a aceptar eso de manos del demonio y se lanza a conquistarlo.

Y Cristo, ¿Cómo se lanza a conquistar esos reinos en poder del demonio? Cristo se lanza a conquistarlos con su muerte en la Cruz y con su Resurrección. Cristo reina desde la Cruz.

El reinado de Cristo no es fácil. Cristo es Rey, en primer lugar, con una corona de espinas, para llevar después la corona de gloria en la Resurrección. Cristo carga sobre sus espaldas nuestros pecados. Cristo carga la cruz con nuestros pecados sobre sus espaldas. Cristo derrama en la Cruz hasta la última gota de su Sangre para lavar nuestra alma de la inmundicia del pecado, para arrancarnos del poder del demonio.

Cristo se lanza a conquistar aquello que no quiere recibir de las manos del demonio. Y desde entonces toda la historia es como una lucha entre aquellos dos reinos. San Juan, la describe en el Evangelio como una lucha entre la Luz y las tinieblas. El Verbo es la Luz que alumbra a todo hombre, la Luz de la Verdad, la Luz del bien, la Luz de la justicia, la Luz de la bondad. “Y las tinieblas no lo recibieron”. Las tinieblas del error, de la mentira, del engaño, de la maldad, de la injusticia, del pecado. Y toda la historia de la humanidad aparece para San Juan como esa lucha entre la Luz y las tinieblas, entre el Reino de Cristo que es Luz y el reino de Satanás que son las tinieblas.

Cuando Cristo muere, a las tres de la tarde, el Viernes Santo en el Calvario; a las tres de la tarde las tinieblas cubren la tierra y parece que ha triunfado el demonio y que Cristo ha sido derrotado. Pero ese triunfo del demonio es aparente. Y, en la madrugada del domingo, Cristo, como el sol que nace va a resucitar para disipar con su Luz de Cristo resucitado, las tinieblas que parecían que lo habían vencido y será la derrota de las tinieblas.

Pero la lucha sigue y, en la historia de la humanidad, el reino de Cristo y el reino de Satanás se disputan los corazones de los hombres y las naciones y los pueblos. Hasta que al final el triunfo de la Luz será definitivo. Y, en aquella Jerusalén celestial que Cristo vendrá para instaurar en su venida gloriosa, no hará falta luz de lámpara que la alumbre, dice el Apocalipsis, porque “será alumbrada por la luz que sale del trono de Dios y del Cordero”. Y el mal definitivamente derrotado y aquellos que han seguido bajo la bandera y bajo el reino de Satanás, serán, con las palabras del Evangelio: “arrojados a las tinieblas exteriores”. Mientras que los otros verán a Dios en toda la luz y esplendor de su gloria.

Ese será el reino definitivo de Cristo. Aquí en la tierra ese reino es como una semilla en la Iglesia, en las almas en gracia, en las almas de los santos, en aquellos que el Evangelio consigue iluminar e impregnar. Es como una semilla que tiene que crecer y Cristo nos llama, precisamente para continuar su obra, para conquistar las almas de los hombres, para conquistar las familias, para conquistar las naciones.

Pero es como una semilla que va creciendo y ese crecimiento es doloroso y significa cruces y significa luchas. Y ese crecimiento alcanzará su lentitud solamente al final de los tiempos cuando Cristo vuelva por segunda vez. No ya en la humildad, en la oscuridad del pesebre, en la pobreza del pesebre, sino como Rey triunfante sobre las nubes del cielo, en la majestad de su gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, para separar definitivamente la luz de las tinieblas, para someter todas las cosas y someterlo todo al Padre, como dice San Pablo: “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo es de Dios”. Ese será el triunfo definitivo de Cristo.

Pero mientras tanto, Él nos llama para seguirlo y para conquistar un mundo. Y ese seguimiento, lo repito, supone lucha. Porque como en aquella parábola del rey que Cristo cuenta, también hay quienes y, son muchos, exclaman en rebeldía, siguiendo la rebeldía de aquél primer rebelde, del ángel rebelde: “No queremos que Éste reine sobre nosotros”. Y si miramos a nuestro alrededor, es cierto que las tinieblas aparecen más fuertes y más extendidas que la luz y que a veces podemos sufrir la tentación del desaliento.

Cristo no reina en muchas almas y en muchos corazones. Cristo no reina donde reina el pecado. Cristo no reina en ese hombre que en estos días describíamos como el hombre invertido. No el hombre vertical que Dios creó sobre dos pies para mirar hacia el cielo; no el hombre que tiene por encima de todo la luz de la inteligencia elevada por la fe que le muestra el camino y la voluntad fortalecida por la caridad y que por lo tanto es capaz de dominar las pasiones para entusiasmarse por lo que es bueno y por lo que es verdadero; sino ese hombre invertido, destruido y masificado. Ese hombre que tiene por encima de todo las pasiones, los instintos, las concupiscencias desordenadas y la voluntad debilitada por el pecado para satisfacer los caprichos, la inteligencia enferma para justificar que “lo que a mi me gusta está bien”. Ese hombre herido, ese hombre cerrado a la gracia, ese hombre sin Dios; ese hombre que vive, en la práctica, como si Dios no existiese.
Cristo no reina en esas almas, Cristo no reina en la familia que se destruye, en la familia que se disgrega. Cristo no reina en la familia que está fundada –no sobre la roca sólida que es la caridad de Cristo, el amor de Cristo que asume el amor humano y que lo eleva al plano sobrenatural- sobre la arena movediza de las pasiones y de los sentimientos del corazón humano; de ese corazón que es una veleta que cambia con todos los vientos; fundado sobre lo que es pasajero, sobre una concepción de la vida fácil y hedonista y egoísta. Cristo no reina en la familia que se destruye, donde las dialécticas enfrentan a los padres; donde sufre el bombardeo de la pornografía, el bombardeo del destape. Donde se pierde en la familia toda autoridad; donde se quiere poner en la familia con la potestad compartida, dos cabezas; donde se la ensucia a través de los medios de difusión y de propaganda; donde del sexo y del amor se hace un estercolero y una basura; donde se profana el cuerpo desnudo del hombre y el cuerpo desnudo de la mujer. Cristo no reina allí.

Cristo no reina en las familias dónde se rechaza la vida, donde el hijo se lo mira como un inconveniente, como un problema, como algo que hay que evitar y eso motivado no por razones profundas, sino por un tremendo egoísmo. Cristo no reina donde se asesina la vida desde el comienzo por el aborto. Cristo no reina cuando la familia esta enferma. Cristo no reina en la enseñanza sin Dios, en la escuela sin Dios, donde a los niños se les enseña un montón de cosas, se les atiborra la cabeza de materias sin sentido; pero no se les enseña lo único importante para la vida, aquello que es primero, lo principal de todo, aquello que decía el viejo catecismo: “La ciencia más acabada es que el hombre bien acabe, porque al fin de la jornada, aquel que se salva sabe, y el que no, no sabe nada”.

Pero esa ciencia más acabada, esa ciencia principal, la luz que nos muestra el camino del cielo, está ausente de la escuela argentina. Se pueden divinizar instituciones o ideas humanas; se pueden canonizar traidores elevándolos a la categoría de santos, pero para Cristo no hay lugar en la escuela. Cristo no está presente en la universidad sin Dios, donde hoy vuelve a entronizarse el marxismo, esa religión invertida del odio y de la dialéctica, que ya tantas almas y tantas vidas destruyó partiendo desde la Universidad Argentina.

Cristo no reina en la cultura pornográfica y blasfema, donde no se respetan las cosas más santas y sagradas; donde no solamente se ensucia la familia y el amor en la chabacanería mas barata, sino que se llega a blasfemar de las cosas más santas, se llega hasta ensuciar a la misma Madre de Dios y Madre nuestra del Cielo, como está pasando y es de público debate, en estos días. Pero no es la primera vez que ocurre, que Cristo o que su Madre o que la Santa Iglesia es burlada en el teatro, es burlado en el cine. Y eso con el apoyo de las instituciones oficiales aquello que, solamente entre comillas, lo podemos llamar “cultura”.

Cultura enferma de marxismo; cultura de cuarta categoría; cultura llena de pornografía; cultura destructiva; cultura de revistas inmundas que ensucian nuestros kioscos y que envenenan las almas de los jóvenes argentinos. Allí Cristo está ausente. Allí Cristo no reina.

Cristo no reina en una economía invertida, donde el hombre está al servicio del lucro, de la ganancia, de la producción insensata; donde lo que reina es la mentira, la injusticia, la coima, el fraude, la falsificación. Cristo no reina en una sociedad sin Dios. Y esa es la tragedia profunda de la sociedad argentina.

Nuestra Patria argentina nació cristiana; nació cristiana con aquellos hombres que vinieron de España trayendo juntas la espada de los conquistadores y la Cruz de los misioneros, que iban a ganar un continente para el rey en cuyos dominios no se ponía el sol, pero que iban a ganar también un continente para Cristo.

Nuestra Patria nació cristiana con aquellos que le dieron la independencia, con aquellos que hicieron que nuestra bandera tuviera los colores del manto de la Virgen Inmaculada y que tuvieron a la Virgen como Señora de la Merced o como Señora del Carmen, como Patrona de los Ejércitos que nos dieron al libertad. Esos hombres como San Martín y Belgrano, que no se avergonzaban de llevar el Escapulario, de rezar el rosario enfrente a sus tropas. Esos fueron los que dieron origen a la Argentina.

La Argentina nación cristiana y nació mariana; nació con la herencia del cristianismo, con la herencia cristiana y católica que recibimos de Europa con la empresa misionera de España. Pero después sí, después vinieron los doctorcitos porteños, los hombres de las logias y del puerto, de espaldas al país y de cara deslumbrada hacia las grandes naciones del mundo anglosajón masónico y protestante. Y esos quisieron hacer otra Argentina distinta, de espaldas a su historia, de espaldas a su tradición y de espaldas a su fe.

Y esa es la tragedia argentina: que los argentinos nos hemos ido olvidando de Dios. ¿Y qué pasa cuando los hombres se olvidan de Dios? Si nos olvidamos de ese padre que tenemos en los cielos, dejamos de ser hermanos aquí en la tierra. Entonces nos enfrentamos por intereses de clases, por intereses de partidos, por intereses económicos, por intereses de sector, por intereses localistas. Y llegamos a odiarnos, llegamos a matarnos entre nosotros, porque cuando no somos hijos de un Padre común en el cielo, el hombre se transforma en lobo para el hombre. Cuando se niega la autoridad de Dios como la fuente de toda autoridad, la autoridad no sube desde abajo. Al negar la fuente de toda autoridad, entonces ya no hay más autoridad ni en el trabajo, ni en la familia, ni en la escuela, ni en la política, ni en ningún lado.

Cuando los hombres se olvidan de Dios y de los mandamientos de Dios y quieren construir un paraíso en la tierra, de espaldas a Dios, lo que consiguen construir en la tierra es un infierno de odio, de engaño, de mentira y de miseria. Es posible, decía el Papa, construir un mundo sin Dios; pero sin Dios sólo es posible construirlo en contra del hombre, destruyendo al hombre.

Y esa es la tragedia de nuestra Patria: que se ha olvidado de sus orígenes cristianos y la única solución que tiene la enfermedad profunda que afecta a la sociedad argentina, no está en los parlamentos, ni en los discursos de los políticos, ni en los programas económicos, ni en las plataformas partidarias, sino que está en la vuelta a Cristo, en la conversión del corazón, en que nos acordemos que esta Argentina es cristiana y mariana y empecemos a vivir como cristianos, no solamente en lo íntimo de nuestra conciencia, sino en la dimensión, en la proyección social de toda nuestra militancia en cualquier campo que sea. Como lo señala el Concilio Vaticano II, como una empresa y misión de laicos, sanear, purificar las estructuras inficionadas por el pecado e impregnar todos los ambientes del mundo con el espíritu del Evangelio.

Cristo no reina en la sociedad ni en la política, donde lo que importa es subir un escalón más arriba aunque para eso haya que pisarle la cabeza al vecino; donde lo que importa es la facha, la apariencia y la imagen y, para eso, no se para en las promesas falsas, en el engaño, en las trampas, en la especulación.

Cristo tiene que reinar, Cristo tiene que reinar. Cristo nos llama para conquistar un reino y nosotros le hemos dicho que sí. Él es rey por una realeza que le viene del por su propia naturaleza y con una realeza que Él se ganó con su sangre en la Cruz por derecho de conquista. Para esa empresa el Señor nos llama, para que Cristo comience por reinar en el alma de cada uno de nosotros, en nuestras inteligencias, por una fe firme, sin dudas, sin vacilaciones y capaz de iluminar nuestra vida como una antorcha, como una luz. Que reine en nuestros corazones por el amor y por la caridad verdadera, que es mucho más que el mero sentimentalismo horizontal.

Que Cristo reine en una familia fundada verdaderamente en Él, en esa Roca sólida, en el amor de Cristo. Que la familia sea imagen de esa unión de Cristo con su Iglesia; unión definitiva, de una vez para siempre, sin divorcios, unión fiel, sin infidelidades, sin trampas, sin engaños; unión que tiene que ser sacrificada y fecunda, porque en la vida cristiana y en la familia cristiana, también está presente la Cruz.

Que Cristo reine en la enseñanza, porque toda la acumulación de verdades parciales no sirve para nada sin la referencia a la única verdad. Que Cristo reine en la Patria. En una Patria donde lo económico esté sujeto a lo social y lo social a lo político y lo político esté sujeto a lo moral y todo eso esté abierto por arriba hacia Dios. Esa es nuestra empresa. Esa es la empresa para la cual, con esta evangelización de la cultura, tenemos que comenzar a iluminar las mentes de los hombres.

Nuestro catolicismo no puede ser, como lamentablemente lo es hoy en tantas partes, un catolicismo de sentimientos baratos, de slogans fáciles, un catolicismo devaluado, un catolicismo falsificado como vino con mucho agua; un catolicismo que pone entre paréntesis algunas verdades que resultan más difíciles para la inteligencia y algunos mandamientos que resultan dolorosos para cumplir en la vida. No puede ser nuestro catolicismo sólo un sentimiento barato. Tiene que ser un catolicismo firme, esclarecido, militante; tiene que ser un catolicismo fuerte; tiene que ser un catolicismo de combate y de conquista.

El espíritu misionero de la Iglesia, es el espíritu de conquista del Reino de Cristo. Y solamente si la entendemos así y no como un horizontalismo humanista que se queda en el plano meramente humano y que pierde la dimensión vertical, solamente así, podemos hablar de la civilización del amor.

Si pensamos que Cristo nos dice que, en el amor, en el verdadero amor de caridad, se resumen todos los mandamientos. Entonces sí, la civilización del amor es una civilización donde la Ley de Dios y el Espíritu del Evangelio está impregnando la vida de los individuos y las relaciones entre los hombres. Y entonces, hablar de civilización del amor es lo mismo que hablar de reinado de Cristo o de proyección social del reinado de Cristo, más allá de lo que se quedaría en un mero sentimentalismo superficial. Cristo nos llama para esa empresa de conquista.

Decíamos recién cuáles son las palabras con que la define el Concilio Vaticano II: “Sanear las estructuras inficionadas por el pecado e impregnar los ambientes sociales con el espíritu del Evangelio”. Y por eso siguen siendo válidas aquellas palabras y aquel llamado del Papa Pío XII, donde nos decía que es todo un mundo el que hay que rehacer desde los cimientos, que hay que transformar de salvaje en humano y de humano en divino. Es decir, conforme al corazón de Dios.

Esa es la empresa y es difícil. Vamos a ponerla en manos de nuestro Rey y vamos a ponerla sobre todo, en las manos de la Reina, de María Santísima. Ella es Reina. Es Reina porque es la Madre del Rey. Pero no solamente por eso; sería un título honorífico solamente; es Reina porque junto a Cristo es conquistadora. Es Reina porque Ella es la primera victoria de Cristo.

Cuando el demonio le dijo a Cristo, mostrándole todos los reinos de la tierra: “Todo esto es mío” –el demonio no mentía- pero se equivocaba. Cristo pudo haberle contestado: “Todo es tuyo, sí, pero mi Madre, no”. María Inmaculada estuvo protegida por el poder de Dios, desde el instante mismo de su concepción. Jamás en Ella tuvo parte el demonio; por eso María es la primera derrota del demonio y es la primera victoria de Cristo Rey. Por eso María aparece aplastando la cabeza de la primer serpiente. Esa es la función y es la misión de María en la empresa de conquista para el reinado de Cristo.
Que hoy, como siempre, nos ayude Ella para aplastar la cabeza de la serpiente y para que Cristo reine, para que la sangre de Cristo purifique las almas de los hombres, la familia argentina, la Patria Argentina.

Padre Alberto Ignacio Ezcurra.
[este y otros sermones del Padre Alberto Ignacio Ezcurra fueron compendiados en el libro:Tú Reinarás. San Rafael, Kyrios, 1994, pp. 151-164.]

Nicolas Marquez

Ante el escándalo acontecido con las llamadas “viviendas populares” de las Madres de Plaza de Mayo, el grueso del periodismo y de la dirigencia política opositora acaba de descubrir que Sergio Schoklender es un personaje poco confiable, entre otras cosas por su pasado parricida (que ahora destacan con horror pero que ocurrió a modo de escándalo nacional el 30 de mayo de 1981).
Estos pusilánimes jamás se asustaron del enorme poder político que el kirchnerismo vía Bonafini le otorgó a Schoklender (hoy demonizado tardíamente), para hacer negociados y entuertos. Esta tolerancia vergonzosa para con el parricida por parte de la disidencia se rompió recién ahora, porque la consabida cobardía especulativa que detentan estos sectores prefiere cargar tintas contra un ex convicto (¿qué le hace una mancha más al tigre?) antes que osar llevar adelante una crítica más profunda y cuestionar “la dignidad de las Madres.
Cabe señalar que fueron las intocables Madres quienes le dieron al parricida en cuestión ese protagonismo, encargo y poderío. Asimismo, es dable agregar que las Madres de Plaza de Mayo no son seres angelicales sino mujeres que durante la guerra antisubversiva perdieron un hijo. A partir de esta desdicha, su dolor deviene en tan respetable y entendible como por ejemplo el que debemos sentir por Juan Carlos Blumberg (satanizado hasta el tuétano por haber tenido el snobismo de hacerse llamar ingeniero siendo que no lo era) y tantos otros padres o madres que perdieron un hijo en diversas circunstancias.
El aspecto diferenciador en todo caso, es que salvo excepciones, los hijos de las Madres de Plaza de Mayo (así lo confesó Mario Firmenich y la propia Hebe de Bonafini) no murieron o desaparecieron por una fatalidad sino por ser integrantes de organizaciones como Montoneros y el ERP, que como se sabe, practicaban el secuestro, el infanticidio además del terrorismo urbano y rural.
Queda fuera de discusión que si una madre (cualquiera sea) perdió un hijo, esta padece un dolor irreparable que debe ser considerado y respetado. ¿Pero ello amerita canonizarla, inmunizarla o exculparla de toda felonía que pudiera practicar? Mil veces no, máxime cuando la vileza es cometida con motivo y ocasión del uso y explotación del dolor de madre.
En el tema que nos ocupa, las Madres de Plaza de Mayo han sido apologistas habituales de muchas formas de inmoralidad y crimen organizado: la ETA, las FARC, Al Qaeda, Montoneros y el kirchnerismo (entre otras organizaciones). Estas glorifican además el terrorismo de estado castrista, enaltecen dictaduras pre-modernas de Medio Oriente, aceptan premios y viajes de la tiranía de Hugo Chávez y mantienen simpatías y contactos con el narcotráfico colombiano capitaneado por el cártel marxista que supo fundar el extinto Manuel Marulanda (Tirofijo).
¿No es todo esto mucho más grave que un mero desmanejo empresarial con viviendas estatales?, ¿acaso a estos opositores de plastilina les escandalizan una serie de cheques impagos y no todo el rosario de perfidias señaladas y cuya verosimilitud es de público conocimiento?
Con críticos y opositores así (tan falto de agallas, de convicción, de pasión y de criterio): ¿debe sorprendernos que a la postre haya kirchnerismo para rato?

Nicolás Márquez

EL OLOR QUE NO SE OLVIDA... DE CRISTY


Malvinas en la ONU

MALVINAS EN LA ONU

En la reciente reunión de la ONU realizada en Nueva York el 21 de setiembre pp., la Sra. Presidente Dra. Cristina Fernández, en su exposición de alrededor de 25 minutos se refirió a muy importantes temas de la Política Exterior Argentina cuales son PALESTINA, MALVINAS e IRÁN. En ese orden. Como argentina, hubiera deseado que el tema prioritario y excluyente fuera LA CUESTIÓN MALVINAS.
Sin embargo, en esta oportunidad, la Presidente fue más precisa y contundente al mencionar detalladamente la gran cantidad de resoluciones y documentos emitidos por diversos foros internacionales y regionales, sobre la discusión de Soberanía de las Islas y de los cuales a través de 30 años, el Reino Unido ha hecho caso omiso.
Lamentablemente el efecto de tal mención se vio desmerecido por su alusión a los esgrimidos DDHH de una “guerra sucia” que no tienen absolutamente nada que ver, con una GUERRA como la de MALVINAS la cual con la sola e ineludible motivación de la defensa de la PATRIA usurpada, sin diferencias ni políticas, ni ideológicas, ni sectoriales, solo en cumplimiento del deber, con una movilización  de más de 20.000 hombres afectados a ella y más de 20.000 familias afectadas por ella, ofrecieron sus verdaderos DERECHOS HUMANOS, sin pedir revanchas ni venganzas, dando al mundo ejemplo de HONOR y JUSTICIA, aun en la transitoria derrota.
La causa de la indiferencia despreciativa del enemigo debe buscarse en la incapacidad de los sucesivos gobiernos y respectivas cancillerías argentinas a partir del 83 que firmaron tratados indignos como los de Lisboa y Madrid, que abrieron un “paraguas”, aislando el tema esencial de Soberanía, que no repudiaron la pretendida autodeterminación de los isleños, que aceptaron el oprobio de pisar suelo paterno munidos de Pasaporte...
Que admitieron pasivamente el atropello ingles inscribiendo a Malvinas como “Territorio de ultramar”, “País ribereño”, aumento de la zona de exclusión a 350 millas, y otros avances del usurpador en materia petrolífera, pesquera, turística e incluso pretender reabastecer sus buques en puertos argentinos, sin que en ninguna de las oportunidades abiertas al mundo que ha tenido Argentina, como la reciente en la ONU, se los denunciara con fuerza y convicción.
La pueril amenaza de suspender los vuelos de LAN a Malvinas, seguramente habrán provocado una sonrisa compasiva en Mr. Cameron. El espacio aéreo argentino, fue y es violado constantemente. La fastuosa pista de aterrizaje del millonario ingles construida en la Patagonia no puede pasar inadvertida por las autoridades argentinas. Las maniobras navales son permanentes y de rutina en aguas en litigio. Pero todo esto y más, está suscrito en acuerdos firmados por nuestros representantes de modo que no queda lugar para “el pataleo...”
La respuesta inglesa no se hizo esperar: “DE ESO NO SE HABLA”
¡¡¡ HASTA LA PRÓXIMA, ARGIS...!!!
I’M SORRY...
PERO...
Se cumplen 30 años en el 2012 de que nos fueron arrebatadas nuevamente, como en 1833, hace 180 años, “manu militari” nuestras AMADAS ISLAS y en ellas, sin firmar tratados las Cruces de Darwin imponen SOBERANÍA.
María Delicia Rearte de Giachino
DNI 1605228
¡¡¡MALVINAS VOLVEREMOS!!!
Mendoza, 24 septiembre 2011
Día de Ntra. Sra. de la Merced

lunes, octubre 03, 2011

La sangre nueva del Ejército Argentino

† Instrumentos † Cristianos †

† Instrumentos † Cristianos †

Posted: 28 Sep 2011 05:59 PM PDT
San Miguel, San Gabriel y San Rafael Arcángeles
La Libertad de Creer - Programa transmitido el domingo 7 de agosto de 2011 con el tema "Ángeles y Arcángeles”.
Los ángeles son seres espirituales creados por Dios por una libre decisión de su Voluntad divina. Son seres inmortales, dotados de inteligencia y voluntad.
Debido a su naturaleza espiritual, los ángeles no pueden ser vistos ni captados por los sentidos.
En algunas ocasiones muy especiales, con la intervención de Dios, se han visto y oído materialmente. La reacción de las personas al verlos u oírlos ha sido de asombro y de respeto. Por ejemplo, los profetas Daniel y Zacarías.
En la Biblia encontramos algunos motivos para que los ángeles sean representados como seres brillantes, de aspecto humano y alados. Por ejemplo, el profeta Daniel escribe que un "ser que parecía varón" -se refería al arcángel Gabriel- volando rápidamente, vino a él (Daniel 8, 15-16; 9,21). Y, en el libro del Apocalipsis, son frecuente las apariciones de ángeles que claman, tocan las trompetas, llevan mensajes o son portadores de copas e incensarios; otros que suben, bajan o vuelan; otros que están de pie en cada uno de los cuatro puntos cardinales de la tierra o junto al trono del Cordero, Cristo.
La presencia y la acción de los ángeles aparece a lo largo del Antiguo Testamento, en muchos de sus libros sagrados. Aparece frecuentemente, también, en la vida y enseñanzas de Nuestro Señor, Jesucristo, en la Carta de san Pablo, en los Hechos de los Apóstoles y, principalmente, en el Apocalipsis.
Como ejemplo, está la milagrosa liberación de San Pedro que pudo huir de la prisión ayudado por un ángel (Hechos Capitulo 12, Versículo 7 y siguientes). También, aparece un ángel deteniendo el brazo de Abraham, para que no sacrificara a su hijo, Isaac.
Los ángeles nos comunican mensajes importantes del Señor en determinadas circunstancias de la vida. En momentos de dificultad, se les puede pedir luz para tomar una decisión, para solucionar un problema, actuar acertadamente y para descubrir la verdad.
Por ejemplo, tenemos las apariciones a la Virgen María, a San José y a Zacarías. Todos ellos recibieron mensajes de los ángeles.
Los ángeles cumplen, también, las sentencias de castigo del Señor, como el castigo a Herodes Agripa (Hechos de los Apóstoles) y la muerte de los primogénitos egipcios (Exódo 12, 29).
Los ángeles presentan nuestras oraciones al Señor y nos conducen a Él. Nos acompañan a lo largo de nuestra vida y nos conducirán, con toda bondad, después de nuestra muerte, hasta el trono de Dios para nuestro encuentro definitivo con Él. Este será el último servicio que nos presten pero el más importante. El arcángel Rafael dice a Tobías: "Cuando ustedes oraban, yo presentaba sus oraciones al Señor", (Tobías Capitulo 12, Versículos del 12 al 16).
Ellos nos animan a ser buenos pues ven continuamente el rostro de Dios y también ven el nuestro. Debemos tener presentes las inspiraciones de los ángeles para saber obrar correctamente en todas las circunstancias de la vida. "Los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente", (Lucas Capitulo 15, Versículo 10).

San Miguel.
Este nombre significa: "¿Quién como Dios? O: "Nadie es como Dios".
La Iglesia Católica ha tenido siempre una gran devoción al Arcángel San Miguel, especialmente para pedirle que nos libre de los ataques del demonio y de los espíritus infernales. Y él cuando lo invocamos llega a defendernos, con el gran poder que Dios le ha concedido. Muchos creen que él sea el jefe de los ejércitos celestiales.

San Gabriel.
Su nombre significa: "Dios es mi protector".
Al Arcángel San Gabriel se le confió la misión más alta que jamás se le haya confiado a criatura alguna: anunciar la encarnación del Hijo de Dios. Por eso se le venera mucho desde la antigüedad.
San Gabriel es el patrono de las comunicaciones y de los comunicadores, porque trajo al mundo la más bella noticia: que el Hijo de Dios se hacía hombre.

San Rafael.
Su nombre significa: "Medicina de Dios".
Fue el arcángel enviado por Dios para quitarle la ceguera a Tobías y acompañar al hijo de éste en un larguísimo y peligroso viaje y conseguirle una santa esposa.
Su interesante historia está narrada en el día 7 de febrero. San Rafael es muy invocado para alejar enfermedades y lograr terminar felizmente los viajes.