viernes, mayo 06, 2011

SAN ATANASIO DR. DE LA IGLESIA

Sostiene una de las patas de la silla de San Pedro en el Magisterio de San Pedro, en el Vaticano.Perseguido,luchó y triunfó.

EL DIRECTOR.

San Atanasio - El Verbo “se hizo hombre,” no “vino a un hombre.”

Posted: 02 May 2011 03:10 PM PDT

san atanasio(El Verbo) se hizo hombre, no vino a un hombre. Esto es preciso saberlo, no sea que los herejes se agarren a esto y engañen a algunos, llegando a creer que así como en los tiempos antiguos el Verbo venía a los diversos santos, así también ahora ha puesto Su morada en un hombre y lo ha santificado, apareciéndose como en el caso de aquellos. Si así fuera, es decir si sólo se manifestara a un puro hombre, no habría nada paradójico para que los que le veían se extrañaran y dijeran: “¿De dónde es éste?” (Mc 4:41) y “Porque, siendo hombre, te haces Dios” (Jn 10:33). Porque ya estaban acostumbrados a oír: El Verbo de Dios vino a tal o cual profeta. Pero ahora, el Verbo de Dios, por el que hizo todas las cosas, consintió en hacerse Hijo del hombre, y se humilló, tomando forma de esclavo. Por esto la cruz de Cristo es escándalo para los judíos, mientras que para nosotros Cristo es la fuerza de Dios y la sabiduría de Dios. Porque, como dijo Juan: “El Verbo se hizo carne....” (Jn 1:14), y la Escritura acostumbra a llamar “carne” al “hombre”... Antiguamente el Verbo venía a los diversos santos y santificaba a los que le recibían como convenía. Sin embargo, no se decía al nacer aquellos que el Verbo se hiciera hombre, ni que padeciera cuando ellos padecieron. Pero cuando al fin de los tiempos vino de manera singular, nacido de María, para la destrucción del pecado... entonces se dice que tomando carne se hizo hombre, y que en su carne padeció por nosotros (cf. 1 Pe 4:1). Así se manifestaba, de suerte que todos lo creyésemos, que el que era Dios desde toda la eternidad y santificaba a aquellos a quienes visitaba, ordenando según la voluntad del Padre todas las cosas, más adelante se hizo hombre por nosotros; y, como dice el Apóstol, hizo que la divinidad habitase en la carne de manera corporal (cf. Col 2:9); lo cual equivale a decir que, siendo Dios, tuvo un cuerpo propio que utilizaba como instrumento suyo, haciéndose así hombre por nosotros. Por esto se dice de él lo que es propio de la carne, puesto que existía en ella, como, por ejemplo, que padecía hambre, sed, dolor, cansancio, etc., que son afecciones de la carne. Por otra parte, las obras propias del Verbo, como el resucitar a los muertos, dar vista a los ciegos, curar a la hemorroisa, las hacía él mismo por medio de su propio cuerpo. El Verbo soportaba las debilidades de la carne como propias, puesto que suya era la carne; la carne, en cambio, ayudaba a las obras de la divinidad, pues se hacían en la carne... De esta suerte, cuando padecía la carne, no estaba el Verbo fuera de ella, y por eso se dice que el Verbo padecía. Y cuando hacía las obras del Padre a la manera de Dios, no estaba la carne ausente, sino que el Señor hacía aquellas cosas asimismo en su propio cuerpo. Y por eso hecho hombre, decía: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a obras y reconoced que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn.10:37-8). Cuando fue necesario curar de su fiebre a la suegra de Pedro, extendió la mano como hombre, pero curó la dolencia como Dios. De manera semejante, cuando curó al ciego de nacimiento, hecho la saliva humana de su carne, pero en cuanto Dios le abrió los ojos con el lodo... Así hacía las cosas, mostrando con ello que tenía un cuerpo, no aparente, sino real. Convenía que el Señor, al revestirse de carne humana, se revistiese con ella tan totalmente que tomase todas las afecciones que le eran propias, de suerte que así como decimos que tenía su propio cuerpo, así también se pudiera decir que eran suyas propias las afecciones de su cuerpo, aunque no las alcanzase su divinidad. Si el cuerpo hubiese sido de otro, sus afecciones serían también de aquel otro. Pero si la carne era del Verbo, pues “el Verbo se hizo carne” (Jn 1:14), necesariamente hay que atribuirle también las afecciones de la carne, pues suya es la carne. Y al mismo a quien se le atribuyen los padecimientos — como el ser condenado, azotado, tener sed, ser crucificado y morir —, a él se atribuye también la restauración y la gracia. Por esto se afirma de una manera lógica y coherente que tales sufrimientos son del Señor y no de otro, para que también la gracia sea de él, y no nos convirtamos en adoradores de otro, sino del verdadero Dios. No invocamos a creatura alguna, ni a hombre común alguno, sino al hijo verdadero y natural de Dios hecho hombre, el cual no por ello es menos Señor, Dios y Salvador.

La unión de la humanidad y la divinidad en Cristo.

Nosotros no adoramos a una criatura. Lejos de nosotros tal pensamiento, que es un error más bien propio de paganos y de arrianos. Lo que nosotros adoramos es el Señor de la creación hecho hombre, el Verbo de Dios. Porque aunque en sí misma la carne sea una parte de la creación, se ha convertido en el cuerpo de Dios. Nosotros no separamos el cuerpo como tal del Verbo, adorándolo por separado, ni tampoco al adorar al Verbo lo separamos de la carne, sino que sabiendo que “el Verbo se hizo carne” reconocemos como Dios aun cuando está en la carne.

El Verbo, al tomar nuestra carne, se constituye en pontífice de nuestra fe.

“Hermanos santos, partícipes de una vocación celestial, considerad el apóstol y pontífice de vuestra religión, Jesús, que fue fiel al que le había hecho” (Heb 3:1-2). ¿Cuándo fue enviado como apóstol, sino es cuando se vistió de nuestra carne? ¿Cuándo fue constituido pontífice de nuestra religión, si no es cuando habiéndose ofrecido por nosotros resucitó de entre los muertos en su cuerpo, y ahora a los que se le acercan con la fe los lleva y los presenta al Padre, redimiéndolos a todos y haciendo propiciación por todos delante de Dios? No se refería el Apóstol a la naturaleza del Verbo ni a su nacimiento del Padre por naturaleza cuando decía “que fue fiel al que le había hecho.” De ninguna manera. El Verbo es el que hace, no el que es hecho. Se refería a su venida entre los hombres y al pontificado que fue entonces creado. Esto se puede ver claramente a partir de la historia de Aarón en la ley. Aarón no había nacido pontífice, sino simple hombre. Con el tiempo, cuando quiso Dios, se hizo pontífice... poniéndose sobre sus vestidos comunes el ephod, el pectoral y la túnica, que las mujeres habían elaborado por mandato de Dios. Con estos ornamentos entraba en el lugar sagrado y ofrecía el sacrificio en favor del pueblo... De la misma manera, el Señor “en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios” (Jn 1:1). Pero cuando quiso el Padre que se ofreciera rescate por todas y que se hiciera gracia a todos, entonces, de la misma manera que Aarón tomó la túnica, tomó el Verbo la carne de la tierra, y tuvo a María como madre a la manera de tierra virgen, a fin de que como pontífice se ofreciera a sí mismo al Padre, purificándonos a todos con su sangre de nuestros pecados y resucitándonos de entre muertos. Lo antiguo era una sombra de esto. De lo que hizo el Salvador en su venida, Aarón había ya trazado una sombra en la ley. Ya así como Aarón permaneció el mismo y no cambió cuando se puso los vestidos sacerdotales... así también el Señor... no cambió al tomar carne, sino que siguió siendo el mismo, aunque oculto bajo la carne. Cuando se dice, pues, que “fue hecho,” no hay que entenderlo del Verbo en cuanto tal... El Verbo es creador, pero luego es hecho pontífice al revestirse de un cuerpo hecho y creado, que pudiera ofrecer por nosotros: en este sentido se dice que “fue hecho.”

San Atanasio - El Verbo “se hizo hombre,” no “vino a un hombre.”

Virgen de La Salette

Los que hemos leido: “ La que llora..” del gran converso León Bloy y las obligaciones de S.S León XIII a escribir lo percibido por la santa pastora de la vertiente francesa de los Pirineos, realmente es increible constatar lo ESCRITO, con la actualidad “progresista y secularista “ que nos toca vivir. ELDIRECTOR
VIRGEN DE LA SALETTE ¡ORA PRO NOBIS!


"Los sacerdotes, ministros de mi Hijo, por su mala vida, por sus irreverencias y su impiedad al celebrar los santos misterios; por su amor al dinero, a los honores y a los placeres, se han convertido en cloacas de impureza... Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo



EL BAJO VUELO DE LA CALANDRIA - Hugo Esteva

EL BAJO VUELO DE LA CALANDRIA

Hugo Esteva

¿Alguien vio a una calandria “surcando el cielo”, como se suele decir en lenguaje dudosamente poético? Imposible: la calandria vuela bajo. Ligera, elegantona, voraz, ávida de lo ajeno –todo eso sí-, pero nunca se la ve subir más allá de la copa de algún árbol, y no de los más altos.

Su papel está a la altura de lo cotidiano; lo que hasta podría ser una virtud para administrar lo pequeño, lo inmediato. Pero cuando una Calandria se empina en lugares de decisión que afectan la vida de un país entero, el vuelo rasante no alcanza. Es más, perjudica por lo miope.

Me dirán que los horneros, trabajadores pájaros nacionales, tampoco vuelan muy arriba. Pero es que ellos no tienen pretensiones. Les bastan la cotidiana construcción que arranca con la primera luz, el honesto y guardián cuidado del nido, y ese modo alegre que tienen de anunciar que el día se abre después de la tormenta.

Tampoco faltará el que observe que el tero, con todo su aplomo, anda más que nada marchando por el piso. ¿Pero lo ha visto subir a lo más alto corriendo a caranchos cuatro o cinco veces más grandes que él, cuando de proteger a su cría se trata? Es entonces, en la pelea, cuando el tero mira lejos y adquiere el sentido de la proporción que después es parte de su equilibrada personalidad.

La calandria, en cambio, vuela bajo, prepoteando a todo pájaro chico que asome la cabeza en lo que considera su territorio y, de tanto en tanto, mandándose una picada para llevarse lo que usted no debería haber descuidado en su parrilla. Le aseguro, amigo, a la Calandria no hay que facilitarla.

Como consecuencia de ese estilo, la Calandria nunca ha tenido interés por los temas grandes de ningún orden. Y aunque ella llene sus frecuentes discursos con abundantes palabras ajenas, se le nota también ahí el vuelo bajo. Lo peor es que tanto ella como el Pingüino –que, obvio, no volaba, pero se pasaba el día especulando- han hecho alarde de no haber leído casi nada en la vida, como diciendo que no les hacía falta.

Resulta que ahora, cuando la Calandria tiene que inventar el mito del Pingüino, no se le ocurre nada. Y tiene que recurrir a otras “mentes” para encontrar su discurso; ella, tan afecta por naturaleza al canto ajeno, como es sabido. Ha echado mano de algunos caranchos de toda la vida, de esos carroñeros que siempre la pasaron bien y que ahora, después de muchas traiciones y panquequeadas, readquieren su viejo –reviejo- discurso juvenil. Pero también alquila a algunos pichones amansados por el sueldo, poco menos que caranchos domésticos, que por todos los medios y con mucha plata salen a inventar un Pingüino que nunca existió. Están los que, con toda imprudencia porque el Pingüino tenía mucha cara de villano de dibujo animado, lo quieren transformar en ridículo héroe de historieta. Pero también están otros, más vivos, que le quieren atribuir virtudes de pensador y de estadista: total, ya no jode más.

Toda esta historia, más mantener los actos pagos, los “intelectuales” a sueldo, los militantes empleados, y todos los demás frenos y aceleradas que uno no alcanza a ver, pero que están, le va resultando muy caro a la Calandria. ¡Con razón hay días de largo llanto en que dice no dar más! Y la pájara se endeuda y se endeuda, en todo sentido. Porque aunque la oculten, la deuda está y crece, y porque las aves de rapiña exteriores no se la van a olvidar por el hecho de aquí se digan discursos de alquiler; ni tampoco la vamos a olvidar todos los locales sobre cuyos hombros va a terminar cayendo.

El hornero, que se levanta temprano, yuga de sol a sol y conversa con todo el mundo, ve esto con claridad. Y como es casero –y no tordo, para poner los huevos en cualquier nidada y abandonar a los pichones en hogar ajeno- se preocupa por el futuro. Con ese entresijo fue a charlarle al tero, que estaba rastrillando y rastrillando sin encontrar demasiado para comer. El pájaro serio le comentó:

“Disfrazada, pero reina: eso es lo que quiere ser.

Tiene poco por delante y capaz que va a vencer

En la primera pulseada; pero le digo que, en vez,

Se le va a poner muy fea cuando gobierne después.

Hay mucha gente endeudada, mucha gente con temor,

Mucha gente con subsidios y mucho hombre sin honor.

Ésta hipoteca el futuro a manos de unos rateros

Que quieren llevarse todo y dejar a la patria en cuero.

Y si, como dijo el otro, sólo nos une el espanto,

A mí se me hace que es poco para que la quieran tanto.

No dura, hornero, no dura. Pierda cuidau compañero,

Se van a comer entre ellos: no son de Dios, son del fiero.”

Y siguió escarbando con tenacidad.

Julio Meinvielle - Complot Contra la Iglesia

Audio - Julio Meinvielle - Complot Contra la Iglesia

julio meinvielle








Histórica conferencia dictada el 3 de Agosto de 1968 por el padre Julio Meinvielle.





Se trata de unos de los teólogos más grande de nuestra América Latina; numerosos libros; nombro uno solo que debería todo católico conocer " Concepción Católica de la Politica ", tantas conferencias... Desgraciadamente fallecido. Fue mi amigo. Lo presenté en la Municipalidad de mi ciudad, en una conferencia valiente ,como fue siempre su vida católica testimonial.
El Director

Joseph Ratzinger - La Resurrección como Misión

papa ratzinger Entre los relatos del nuevo testamento en torno a la resurrección de Cristo, ninguno tiene rasgos tan personales, ninguno está tan inmediatamente orientado a la vida del resucitado sobre la tierra y a sus encuentros con diversas personas como el del evangelio de Juan. Comienza ya con una curiosa carrera de dos discípulos hacia la tumba del Señor en la que podemos ver una anticipación de la tensión entre carisma y ministerio, y a la vez una indicación sobre cuál es la única competición que se puede dar entre ellos: la competición por conseguir más fe, más amor dispuesto al servicio. La primera aparición del resucitado es a María Magdalena; la mujer, triste y desconsolada, ha comprobado que la tumba está vacía, pero no saqueada: los paños y las vendas están puestos en su lugar, sólo ha desaparecido el cadáver. No puede explicarse qué es lo que ha sucedido, y hace venir a los discípulos, que tampoco entienden nada. Luego ve a un hombre; tiene que ser el hortelano, piensa, y tal vez sepa él qué ha pasado: «Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, e iré a buscarlo», le dice (20, 15). Sólo al oír su voz lo reconoce. Esto ya es algo extraño; por otra parte, en todos los encuentros del resucitado sucede algo parecido: por ejemplo, los dos discípulos que se dirigen a Emaús van con el Señor sin reconocerlo; la interpretación de las escrituras que él les hace enciende su corazón, pero no es hasta que parte el pan cuando se les abren los ojos, y en el momento en que lo reconocen, desaparece. Estas observaciones nos hacen notar que Jesús no es un muerto vuelto a la vida como Lázaro o como el hijo de la viuda de Naím; en ese caso no sería ningún problema reconocerlo pasados un par de días. Al resucitar no vuelve a enlazar con el punto en donde concluyó el viernes santo, para llevar de nuevo durante un breve espacio de tiempo una vida intramundana. Tiene una nueva forma de vida, y sin embargo sigue siendo el mismo. Pero sólo cuando lo ve el corazón pueden reconocerlo los ojos.

Esto es lo que queda muy claro en el diálogo que mantienen Jesús y la Magdalena. Su voz, al llamarla por su nombre, ha hecho que ella se despierte y vea; ahora hay que olvidar la cruz, le llama «maestro», y espera que todo sea como antes. Pero es rechazada: «no me toques», le dice el resucitado; tal vez sería más correcto traducir: «No intentes sujetarme, pues aún no he subido al Padre. Ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (20, 17). ¿Cuál es el significado de estas palabras? ¿Por qué el hecho de que Jesús aún no haya ascendido impide que se le toque? ¿ Se le podría tocar si ya hubiese subido? ¿ Es que tal vez tiene prisa en terminar la etapa terrena de su ascensión? Todo se hace aún más extraño si se añade a ello la historia de Tomás, en la que parece suceder todo lo contrario: Jesús ofrece sus manos y su costado a Tomás para que las toque, para darle la certeza de que realmente es él (20, 27). ¿Por qué aquí sí es posible lo que se le niega a Magdalena? Mirando atentamente, es esta escena la que explica la otra. Lo que quiere Magdalena es volver, después de ese feliz encuentro de la mañana de pascua, a la antigua comunidad, dejar detrás de sí la cruz como una pesadilla. Desea ver de nuevo a «su maestro» como en los días anteriores. Pero todo esto va en contra de la esencia del acontecimiento que se ha producido; ya no se puede pretender tener a Jesús como su «rabí», olvidándose de la cruz. El es ahora el que ha sido elevado al Padre, y está abierto a todos los hombres. Ya sólo se le puede tocar como a aquel que está con el Padre, como el que ha sido elevado. La paradoja es clara: aquí en la tierra, en una cercanía meramente terrena, ya no se le puede tocar. Se le puede tocar si se le busca junto al Padre, si uno deja que él lo tome consigo y lo lleve de camino con él. Tocar significa ahora adoración y misión. Por eso Tomás puede tocar: se le enseñan las heridas, no para que olvide la cruz, sino para hacerla inolvidable, se trata de una llamada a dar testimonio. Y así, el acto de tocar de Tomás se convierte en un acto de adoración: «Señor mío y Dios mío» (20, 28). El evangelio entero desemboca en este momento, en el que el acto de tocar las heridas de muerte producidas por los poderes del mundo que lleva Jesús se convierte en el conocimiento de la gloria de Dios.

Esto hace comprensible el diálogo con María Magdalena: ya no existe una amistad privada con Jesús, que sea puramente humana y se quede en el círculo cerrado de unos amigos. Después de su paso por la muerte, pertenece a todos. Sólo se le puede tocar si se adopta esa nueva actitud, si se sube con él y, de regreso del Padre y del Hijo, se encamina uno hacia todos los hombres. En lugar de intentar retenerlo, hay que escuchar la misión: ve a los hermanos (20, 17). Reconocer al resucitado significa ponerse en camino siendo él el punto de partida. La línea «horizontal» y la «vertical» no se contradicen, sino que se exigen mutuamente: él está con todos los hermanos porque ha subido, porque está con el Padre. Y si nosotros «subimos», si adoramos, entonces salimos de la limitación de nuestra propia existencia, dejamos que él nos envíe, y participamos de su expansión a nuestro modo. La fe, la adoración y el servicio se entrelazan aquí de manera inseparable y muestran el dinamismo de la existencia que sigue la indicación que nos da el resucitado de entre los muertos y subido al Padre para que transformemos el mundo.

Si observamos la otra escena que habíamos citado, la de los discípulos de Emaús, nos encontramos de nuevo con lo mismo: no es la mera compañía del Señor (la pertenencia externa a la iglesia, podríamos decir) la que hace que se le reconozca, sino la escucha de su palabra y la comunidad al partir el pan. El modo de encontrar al Señor es celebrar el culto a Dios en la doble forma de palabra y sacramento; el amor, al comer con él, abre nuestros ojos. Y el que ha sido reconocido desaparece, impulsándonos así a que sigamos caminando.

Esto pone de relieve en qué se parece y en qué se diferencia nuestra situación como cristianos en la historia de la de aquellos primeros testigos. Sólo ellos pudieron ver al resucitado y convencerse, gracias a la inmediatez, de la realidad corporal de aquella vida resucitada de la muerte; sin el realismo de este primer encuentro, su misión hubiera partido del vacío. Pero tanto para ellos como para los hombres de todos los tiempos tiene validez la afirmación de que el resucitado no es objeto de contemplación y curiosidad externa. Que sólo se le puede «tocar» si se sigue su camino, si se «sube»; que el acto de tocar ha de tomar la forma de adoración y de misión, teniendo como centro la fracción del pan y extendiéndose en el amor diario y el servicio que de él nace. Quien siga el camino de Jesús, quien le escuche, quien ame, ése puede también hoy —ciertamente de forma distinta a la de los primeros testigos— tocar al resucitado: él está vivo y nos va precediendo. Para conocerle hay que seguirle.

Joseph Ratzinger, «El Camino Pascual», (orig. It. “Il camino pasquale”, 1985)

Oyarbide



EDITORIAL
Oyarbide

Algunas de las causas penales más notorias de la actualidad nacional son instruidas por un juez que hace diez años evidenció conexiones con el ambiente de la prostitución porteña y que hace pocas horas contoneó caderas y torso sobre un escenario junto a la inspiradora presencia de uno de sus amigos dilectos, el cuartetero cordobés Carlos "La Mona" Jiménez.
Algo no anda bien con nuestra justicia. Algo no anda bien porque esas causas que tramita el juez Norberto Oyarbide son de rango e influencia tal que bien pueden considerarse problemas de Estado. Rebasan lo particular legal y afectan, bien miradas, el tejido institucional del país.
Sospechoso, en el pasado, de tantas oscuras tramas, ¿necesitaba este magistrado añadir ahora una imagen de bailantero meloso, baboso y añoso?

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia

Hemeroteca

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia

Vidas de sacrificio, caridad o incluso guerra vivieron los otros nueve Papas, cuya beatificación duró siglos... Karol Wojtyla es el primero en 2.000 años que la recibe de su inmediato sucesor

Día 30/04/2011 - 23.33h
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ABC
De izq. a dcha. y de arriba a abajo: Victor III, Urbano II, Eugenio III, Gregorio X, Inocencio V, Benedicto XI, Urbano V, Inocencio XI, Juan XXIII y Juan Pablo II

Juan Pablo II será mañana en el décimo Pontífice beato proclamado por la Iglesia Católica. El décimo de los 265 Papas que ha habido a lo largo de la historia, y el primero, además, en ser beatificado por su inmediato sucesor: Benedicto XVI. Nunca un Papa había recibido esta condición tan pronto como Karol Wojtyla, quien, seis años después de su muerte, accede a este estadio sagrado en el camino de su canonización. Estos fueron sus beatos predecesores por orden cronológico:

- Victor III (1086 al 1087): Dauferio de Fausi era el hijo único de una familia noble de Benevento empeñada en casarle, y de la que tuvo que huir en varias ocasiones para poder dedicarse a la Iglesia en libertad. Él insistía en que su «nobleza de alma era mayor que la de su nacimiento». Su familia finalmente aceptó con la condición y comenzó una peregrinación de años que llamó la atención del mismísimo Papa León IX, quien, en 1054, lo hizo ir a Roma.

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia
Víctor III

Dirigió sabiamente el monasterio de Monte Cassino durante 30 años y se convirtió en fiel consejero del Papa Gregorio VII. Se dice que fue este quien le designó como sucesor en el lecho de su muerte, aunque el intentó retrasar su nombramiento y llegó a huir cuando este se produjo. Finalmente, su papado duró apenas uno meses, sin que hayan quedado rastros de milagros ni en vida ni tras su muerte, a pesar de los cual, León XIII propuso su beatificación.

- Urbano II (1088-1099): fue el sucesor de Victor III, un italiano llamado Odón de Chantillon, el siguiente beato. También de ascendencia noble, su Papado estuvo marcado, además de por establecer la Curia Romana (órganos de gobierno del Vaticano) tal y como funcionan en la actualidad, por los conflictos de poder y por impulsar la Primera Cruzada en Oriente Próximo. Fue allí, en la toma de Jerusalén, donde murió con 57 años.

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia
Urbano II

Aunque existen indicios del culto a la figura de Urbano II desde poco después de su muerte, en 1099, su beatificación no fue propuesta formalmente hasta que el arzobispo de Reims presentó la causa correspondiente en 1878. El 14 de julio de 1881, el Papa León XIII dio su aprobación a la propuesta y beatificó a Urbano II.

- Eugenio III (1145-1153): el italiano Bernardo Paganelli fue el papa número 167 de la Iglesia desde que fue elegido, el 15 de febrero de 1145, cuando era abad del monasterio cisterciense de Tre Fontane y, por tanto, ajeno al colegio cardenalicio.

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia
Eugenio III

Su papado, caracterizado por los enfrentamientos con el Senado romano, que le exigía la renuncia al poder temporal, y por sus sucesivas huida de Roma, estuvo marcado por la Segunda Cruzada. Murió cuatro años después de terminada esta, pero no fue beatificado hasta 1872, con el papa Pío IX.

- Gregorio X (1271-1276): en el papado de Teobaldo Visconti abundan los ejemplos de caridad, humildad y fervor religioso con los que rápido conquistó la simpatía del pueblo cristiano. Diariamente, cuentan, lavaba los pies de algunos pobres, repartía abundantes limosnas entre los más necesitados y llevaba una vida austera, no tomando alimento más que una vez al día y entregándose a la oración todo el tiempo posible.

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia
Gregorio X

Durante su Pontificado, sin embargo, también tuvo tiempo para participar en la última cruzada. Su principal iniciativa, sin embargo, fue la convocatoria del XIV Concilio Ecuménico, celebrada en 1274 en Lyon, en la que logró la reconciliación con la Iglesia Ortodoxa y creó medidas para terminar con los abusos en la iglesia. No volvió a ver Roma, pues murió cuando regresaba de Lyon.

- Inocencio V (1276): este religioso francés, Pierre de Tarentaise, fue el primer papa dominico, aunque su Papado duró tan solo seis meses, antes de ser envenenado por los herejes. Tiempo le dio a desarrollar una política pacifista, buscando la reconciliación entre güelfos y gibelinos en Italia, restaurando la paz entre Pisa y Lucca y mediando entre Rodolfo de Habsburgo y Carlos de Anjou.

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia
Inocencio V

Se le recuerda, demás, porque, tras ser elegido Papa, siguió vistiendo el hábito blanco de la orden de predicadores de la que procedía. Desde entonces, el papa siempre lleva sotana blanca.

- Benedicto XI (1303-1304): Nicolás Boccasini también tuvo un Papado muy corto y también murió envenenado, por orden de Guillermo de Nogaret.

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia
Benedicto XI

Fue mucho más pacífico que su antecesor, Bonifacio VIII, iniciando la abolición de la excomunión dictada contra Felipe el Hermoso de Francia, pero no fue beatificado hasta abril de 1736, por iniciativa de Clemente XII, y su nombre fue introducido en el martirologio romano por disposición del Papa Benedicto XIV en 1748 Su día festividad se celebra el 7 de julio.

- Urbano V (1362-1370): Guillaume de Grimoard fue el Pontífice número 200 de la Iglesia y su principal objetivo fue volver a asentar la sede de la institución en Roma, condición que había perdido en 1309, después de que Clemente V la estableciera en Avignon.

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia
Urbano V

Logró ubicarse de nuevo en lo que hoy es el Vaticano, dedicándose después a reconstruir la ciudad. Pero se le recuerda principalmente por ser considerado el primer papa humanista de la historia, ya que fundó las universidades de Cracovia y Viena. Como el resto de Papas, no fue declarado beato hasta siglos después: en 1870, por Pío IX.

- Inocencio XI (1676-1689): el Pontificado de Benedetto Odescalchi se caracterizó por los esfuerzos para bajar los gastos de la Curia, lo que le llevó a vivir de manera austera y a intentar que cundiera el ejemplo en otros cardenales. Pocos años después, logró que los ingresos superaron a los gastos.

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia
Inocencio XI

Su proceso de beatificación duró, al contrario que el de Juan Pablo II, siglos: se inició en 1714, pero Francia lo suspendió en 1744, retomándose en el siglo XX debido a nuevos hallazgos sobre su persona. Fue Pío XII quien lo beatificó el 7 de octubre de 1956, en una celebración que ABC cubrió ampliamente.

- Juan XXIII (1958-1973): el italiano Angelo Giuseppe Roncalli, conocido como el «Papa Bueno», fue beatificado precisamente por Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro en el año 2000, con un milagro «tan espectacular», decía ABC, que la Iglesia lo aprobó en tan solo un mes.

Juan Pablo II: el décimo beato de la historia de la Iglesia
ABC
Juan XIII, en 1958

La hermana Caterina Capitani, desahuciada en su leche de muerte y con la tumba ya preparada a causa de una perforación gástrica con fístula, puso una imagen de Juan XXIII cerca de la herida y este se le apareció diciéndole, según relata ella misma: «No tengas miedo, se ha acabado todo. Estás curada completamente».